Monarquía y democracia

Florentino Portero

El rey Juan Carlos se encuentra en la República Dominicana, inaugurando un autoexilio forzado por las circunstancias y el Gobierno de la Nación. No es el primer rey de España que se ve obligado a abandonar el territorio patrio. Lo tuvo que hacer Carlos IV, tras una compleja y taimada abdicación. Lo hizo Isabel II, tras un pronunciamiento de espadones, entre los que se encontraba alguno de sus antiguos amantes. Lo hizo Alfonso XIII, abandonado por las clases urbanas y las elites políticas a la vista de sus graves errores. Lo ha hecho Juan Carlos I, ya emérito, ante el escándalo de su vida privada y financiera.

En todos los casos sus augustas majestades habían hecho méritos suficientes para perder la confianza de los españoles. Perdieron primero la autoridad, seguida después por el trono.

En todos los casos aquellos exilios estuvieron animados por intereses particulares. Napoleón quería convertir España en un Estado satélite del Imperio francés. Los espadones reformistas estaban convencidos de que los Borbones no tenían remedio y optaron por instaurar una nueva dinastía, como si las monarquías fueran de quita y pon. Alfonso XIII se vio desbordado por quienes veían en la institución un dique para la modernización y confiaban en la forma republicana para alcanzar sus objetivos. Juan Carlos I se va empujado por quienes quieren poner fin al sistema político de la Constitución de 1978 –que implica la asunción de la Transición, la forma monárquica, la unidad del Estado, la afirmación de que España es una nación y su condición democrática– para dar paso a otro más acorde con su visión de los nuevos tiempos.

En todos los casos los remedios fueron peores que las enfermedades. La Guerra de la Independencia, con sus epígonos en la descomposición del Imperio y una Hacienda en ruina. La fallida monarquía de Amadeo de Saboya, la I República, el cantonalismo, con el trasfondo de las guerras en Cuba y Filipinas. El desastre de la II República, traicionada por los propios republicanos, y la Guerra Civil. Siempre, una sociedad fracturada y enfrentada.

El sueño de la razón genera monstruos. La ingeniería política y social da la espalda a la experiencia, auténtica fuente de conocimiento. Sólo las sociedades inmaduras apuestan por los cambios bruscos. La Monarquía es mucho más que una forma de jefatura del Estado. Representa la continuidad en el tiempo de una comunidad. Las monarquías son anteriores a las naciones. Éstas surgen en su seno, amparadas por ellas. Es la institución, no la persona que la representa, lo que cuenta.

Hace algunos años escribí en estas mismas páginas sobre una situación que viví en primera persona. Eran los primeros años 80. Ya gobernaba el Partido Socialista. Una noche, en Toledo, Adolfo Suárez charlaba con un reducido número de historiadores sobre cómo se había desarrollado la Transición. En un momento dado apuntó: "Hay que proteger al rey Juan Carlos de sí mismo". Aquel castellano, sencillo y muy humano, había entrevisto aspectos de la personalidad del monarca que se desarrollaron más adelante sin que se le pusiera freno. Con ello el monarca quedaba preso de sus políticos y cómplice de sus manejos. Unos le amparaban, otros le dejaban hacer, con alguno las relaciones fueron difíciles.

No intento ser original, pues se ha repetido hasta la saciedad que lo que está en marcha es una operación contra la institución, paso previo a un nuevo sistema político. Que los comunistas sean contrarios a la Monarquía y a la democracia es lo normal. Por eso son comunistas. Lo sorprendente es que formen parte del Gobierno de una Monarquía constitucional. El problema no son los comunistas. El Partido Socialista conspiró contra la Monarquía de Alfonso XIII, dio un golpe de Estado contra la II República y, ¡cómo sorprendernos!, rompe con la Constitución de 1978 para ensayar un nuevo sistema político con independentistas y comunistas. Al tiempo, arruina con su incompetencia la Hacienda nacional y endeuda a nuestros biznietos.

La mayoría parlamentaria, con el Partido Socialista a la cabeza, arrincona a la Monarquía con el objetivo final de ir a un cambio de régimen, que ni será monárquico, ni democrático ni próspero. Depende de nosotros el impedirlo. Pero eso no será posible si esta sociedad adormecida y cobardona no reacciona en defensa de su libertad y su dignidad.

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