Zaplana, no. Gallardón, menos

Federico Jiménez Losantos
Con puntualidad inexorable, los efectos de la anunciada retirada de Aznar empiezan a producir consecuencias trascendentales en la vida interna del PP. Para que la voluntad del líder sea el único elemento político y realmente voluntario en trance tan peculiar, ya se sabe que a todos los presidentes autonómicos de obediencia aznarista, con la notoria y notable excepción de Ruiz Gallardón, se les ha pedido que sigan al frente de sus huestes regionales para los comicios del 2003. Lo cual no significa nada para Martínez Sieso, Pedro Sanz o Ramón Luis Varcárcel, pero sí y mucho para Eduardo Zaplana, el único de los barones autonómicos con afanes sucesorios y vitola de presidenciable. De forma indirecta pero implacable, Aznar descarta así de un plumazo al presidente de la Comunidad Valenciana como posible candidato a la Moncloa. Otro tanto hace con Gallardón, al menos como candidato por el Partido Popular. El futuro del inquieto político madrileño pasa, probablemente, entre las tapias y veredas de la empresa privada y el círculo de las bellas artes polanquistas. Alberto no tiene nada de Viriato. Veremos cómo se porta Roma, insensible a cualquier tapia que no sea su propio muro.

Este modo de decapitación por elusión, esa forma silenciosa de sacarse de encima al rival aprovechando su propio empuje recuerdan extraordinariamente la defenestración paulatina, sigilosa e implacable de los numerosos vicepresidentes de Alianza Popular cuando Aznar fué elegido por los barones y proclamado por Fraga sucesor en el partido y en el aspirantazgo a la Moncloa. Alguno todavía no sabe cómo dejó la política, tal vez porque no se dió cuenta de cómo la política, o sea, el jefe político, le dejaba a él.

Pero aunque los devotos del incipiente dogma de la infalibilidad de Aznar jaleen con el entusiasmo habitual y aplaudan como prueba de severo raciocinio e inteligencia política esta doble decisión excluyente -Zaplana, no; y Gallardón, menos-, alguien, o sea, el único que puede hacerlo, tendría que explicarnos por qué lo que en el presidente del Gobierno es un síntoma de salud moral y un ejemplo cívico queda terminantemente prohibido al resto de la tribu. Por qué razón, salvo el mero prurito personal, Aznar creó un modelo de aparente renuncia al Poder y, a continuacíón, rompió el molde.

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