Cumbre de la OTAN

Zapatero, al otro lado de la pancarta

Federico Jiménez Losantos
El Presidente del Gobierno capaz de sacar a traición sus tropas de Irak, el que hizo de la condena a Bush, Aznar y Blair (sin olvidar al anfitrión de las Azores, Durao Barroso) un referente básico de su política, el que se convirtió en el más fiel escudero de Francia y Alemania siempre que fuesen enemigos de los USA, el que hizo ministro de Exteriores a un amigo incondicional del terrorista Arafat, el que durante año y medio desfiló con los nostálgicos del Gulag detrás de una pancarta cada vez más grande que decía "Contra la guerra" y llamaba a Bush "asesino", en fin, el hombre que llegó al poder en España manipulando el más terrorífico atentado islámico perpetrado nunca contra Europa y se apresuró a conceder a los terroristas la victoria simbólica de retirarnos de Irak, debutará hoy como estrella al otro lado de la pancarta. Como en su día lo hiciera Felipe González tras anunciar un referéndum para sacar a España de la OTAN (según pacto firmado en Moscú con el PCUS de la extinta URSS) aunque acabara haciéndolo para seguir dentro.
 
Para preparar su visita a los cuarteles de la OTAN en Turquía, el "desertor" Zapatero no ha dudado en convertirse en "renegado", anunciando que España enviará tropas a Afganistán para luchar contra el terrorismo islámico, ese mismo al que concedió la victoria política en Madrid, refrendada a toda prisa en Irak. ZP viaja a la OTAN cuando acaban de publicarse informes de abusos y malos tratos a los prisioneros talibanes que dejan pequeños los abusos de Abu Grahib en el Irak, tan utilizados por Zapatero contra Aznar y el Gobierno del PP. Quizás, tras descubrirse casos de malos tratos y torturas en las cárceles catalanas, el Presidente del Gobierno de España, tan sensible a los problemas políticos reales e incluso ficticios en Cataluña, se sienta más solidario de los gobernantes responsables de la violencia que de los presos violentados, aunque los de Barcelona fueran infinitamente menos peligrosos que los de Kabul o de Bagdad.
 
Un realismo gallináceo, rastrero, demasiado presente en la política norteamericana y occidental suele medir a los aliados por lo difícil de su atracción y no por lo leal de su compromiso. En ese sentido, nadie más enemigo que Zapatero se ha acercado tan rápido a Bush. Pronto veremos si éste olvida las afrentas a su amigo Aznar para entenderse con su sucesor, igual que su padre se amigó con Felipe tras la primera Guerra de Irak (tan condenada por el Papa como la II, por cierto, sin que nadie se acordase en la Izquierda de pedir la excomunión de González y de Serra, ni siquiera de Marta Sánchez). ZP y su fiel Moratinos podrían haber llevado a Jiménez Villarejo para detener a Bush y, una vez allí, apuntarlo como voluntario forzoso para Afganistán. No se sabe qué resulta más repelente, si ver a los políticos de la Izquierda española a un lado de la pancarta o al otro, porque, evidentemente, no creen lo que dicen en ninguno de los dos. Es un espectáculo entre grotesco y nauseabundo.
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