Vuelve el felipismo en pleno

Federico Jiménez Losantos
La inexperiencia, no reñida con la infatuación, del futuro presidente del Gobierno le ha conducido a una forma curiosa de formar gobierno que consiste en adelantar nombres —o que se los adelanten— un mes antes de formar Gabinete. El resultado es el previsible. Si ni siquiera gente tan recelosa como González y Aznar, cada uno en su estilo, supieron controlar las crisis y carambolas indeseadas en las cuarenta y ocho horas últimas que preceden a la formación de Gobierno, darse casi cuarenta y ocho días de quinielas es una garantía de caos. Bien es verdad que, mediante esa especie de globos-sonda suicidas, lo que pierde en autoridad el presidente lo gana en plasticidad y acomodo a los poderes fácticos, de su partido o de su entorno. Es una forma de asegurar cien días de tranquilidad aunque sea a costa de cincuenta meses de ineficacia.
 
Con tanto tiempo por delante y dada la volatilidad de criterio que está demostrando, no es fácil saber en qué quedarán finalmente las promesas de Zapatero; pero empieza a ser facilísimo desentrañar la clave última de su Gobierno: la vuelta en pleno del felipismo. Con Fernández de la Vega volvería una de las llamadas “estrictas gobernantas” del biministro Belloch (la otra fue Margarita Robles). Con Pedro Solbes volvería, sin más promoción ni sucesión, directamente... Pedro Solbes. Lo cual representaría la peor humillación posible para Jordi Sevilla, que empezó como jefe de gabinete y algo más de Solbes, el ministro encargado de maquillar —porque remediar era imposible— el desastre de Solchaga y que tras haber cumplido bastante bien aquella tarea deslucida y tras haber apostado por el ignoto Zapatero, y ganar, se vio desplazado parlamentariamente el segundo año por Caldera en el debate de Presupuestos, se ha visto ninguneado cruelmente por la súbita privanza de Miguel Sebastián en vísperas de las elecciones y, ahora, vería con estupor difícilmente digerible cómo el hombre del futuro es el del pasado, su antiguo jefe, que a lo mejor le ofrece repetir en algún cargo de confianza. ¡Qué dura es la política!
 
La condición giratoria, vulgo veleta, de Zapatero, está conduciendo, sin embargo, a que se impongan los viejos nombres de las últimas administraciones felipistas, sin apenas contrapeso de una nueva generación del PSOE, que si claramente inferior en nivel intelectual, difícilmente lo será en el orden moral. Rubalcaba, Marín, De la Vega, Solbes e incluso Bono —aunque sea como adorno—, componen un friso que parece mostrar una debilidad estructural de Zapatero: haber querido ser siempre Felipe González. De ahí esa querencia por sus ministros, que por otra parte equivale a una sumisión total al Grupo Prisa, el felipismo destilado. Los prohombres felipistas, porque de momento no hay prohembras, sólo pueden pintar menos, tener menos ideas y suponer menos cambios ocho años después. Pero está claro que Polanco —y por ende González— pintan mucho más. No es el eterno retorno de lo mismo. Es el retorno de lo mismo, pero peor.
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