Una sucesión contra el sucesor

Federico Jiménez Losantos
Era inevitable que un político tan importante como Rajoy pero que, en principio, no aspira a la sucesión de Aznar como candidato presidencial del PP suscitase de nuevo la gran pregunta: ¿por qué no ha de presentarse de nuevo Aznar en el 2004? Eso mismo se planteó en publico Manuel Fraga hace unos meses y se respondió con un exabrupto afirmativo, entre el delirio de los presentes y el rubor satisfechísimo del propio Aznar. Sin embargo, no estamos ante la típica salida, tan racional como sentimental, del Moisés de la Derecha española, que después de tantos padecimientos y desastres se muestra orgulloso de ver a su Josué -en este caso, su José- en la Tierra Prometida de la Moncloa. Es el Vicepresidente Político de un Gobierno que preside Aznar el que se manifiesta en esos términos. Y es normal que en la opinión pública cale la impresión de que el propio Aznar no es ajeno a las palabras de su segundo.

Pero también es verosímil que Rajoy -no precisamente un legionario - haya intervenido ante un problema cada vez más grave y que empieza a dificultar de forma evidente el funcionamiento normal del Gobierno y del PP. No es posible mantener un régimen de terror silencioso y de silencio aterrado en torno a un problema que por su propia naturaleza debe ser público y sólo siéndolo se convierte en solución. No es posible decretar el estado de pánico ante el Jefe en una materia de la que dependen los sueldos y las ambiciones de todos y cada uno de los que le rodean. Ser faraón en 2000 d.C. tiene sin duda grandes ventajas en lo que se refiere al culto de egolatría y a la definición dinástica, pero tiene el pequeño inconveniente de que no es muy compatible con la democracia ni con la información ni con la pluralidad política de las sociedades abiertas. Pluralidad hacia fuera y pluralidad hacia adentro, porque, aunque se agradezca el cambio, no es normal que Aznar se lleve mejor con Zapatero que con cualquiera de los legítimos aspirantes a la sucesión.

Tampoco es bueno para el Gobierno en muchos sentidos, pero sobre todo en uno que está en la raíz de los últimos desastres político-informativos: Aznar tiende tradicionalmente al autismo tanto como recientemente a la autocomplacencia. Eso significa que interviene en todas las materias, es ministro de todas las carteras y además no habla con el ministro oficial, por lo que éste no sabe muy bien cuál es la política de su departamento. Resultado: el "Yellow submarine", también conocido como "Tireless". Por otra parte, la política de trituración de vanidades y ambiciones acometida por Aznar contra Rato, Zaplana, Arenas e incluso Mayor -no hay que citar siquiera a Gallardón- ha tenido tanto éxito que, como mostró recientemente la encuesta de "Época", la gente no se cree ya que Aznar vaya a cumplir su palabra. Y es natural: si va a haber sucesión no debería estar prohibido aspirar a ella, salvo que la política de sucesión diseñada por Aznar esté hecha tan a su gusto y servicio que vaya directamente contra el sucesor. Ese es el problema de fondo. Y el fondo del problema.
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