Una sala de mucha pena

Federico Jiménez Losantos
Es difícil saber si los magistrados de la Sala Segunda del Supremo,
la Sala de lo Penal, han decidido rechazar las razonabilísimas recusaciones de Liaño a dos jueces tan recusables como Bacigalupo y Martín Pallín por no darle ya la razón al juez víctima de PRISA o porque preparan el alzamiento en armas del felipismo judicial contra el Gobierno y empiezan a hacerse fuertes y a darse mutuamente ánimos machacando al que vienen machacando
impía e impunemente desde hace tres años.

Todo lo que se diga acerca de Bacigalupo y Ancos será poco y suave al lado de lo que piensa la gente sobre ese tribunal, sobre esa Sala y sobre el Supremo en general. Pero también tememos que todo lo que se añada sobre la desconfianza ciudadana en la Justicia como producto de casos como el de Liaño resultará poco elocuente y nada persuasivo en unos señores que han demostrado sobradamente que sus convicciones partidistas y sus relaciones
personales pasan por encima de todo y de todos para servir a uno. A Uno con mayúscula, que está empeñado en demostrar que en España primero manda él, luego nadie y luego, pero solo muy luego, el Gobierno de la nación.

La relación personal y profesional de Bacigalupo con uno de los
abogados de Polanco, así como la estrecha relación personal de Martín Pallín con Juan Luis Cebrián son del dominio público. No debería haber hecho falta que Liaño los recusara, como no debería haber hecho falta que lo hiciera con García Ancos, empleado de Narcís Serra entre tribunal y tribunal. Pero ni ellos vacilaron en el linchamiento ni parece que en esa sala quepa un mínimo de respeto a la estética, ya que no a la ética, a la hora de responder a las fundadísimas quejas del chivo expiatorio de Don Jesús.

No sabemos lo que harán los señores del Supremo, aunque nada bueno esperamos de ellos. Sí sabemos que cuando, más pronto o más tarde, en España o en Estrasburgo, se constate la atrocidad del linchamiento al que, prevaliéndose de sus togas, sometieron a un juez cuyo problema no es ser inocente, sino ser demasiado inocente, algunos de los que ahora se pasean por los salones tendrán que pasearse por las alcantarillas. Pero ellos cuentan con que para entonces ya no se distingan. Como en ciertos tribunales españoles.
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