Opinión

Tres años del 11-S: el enemigo estaba dentro

Federico Jiménez Losantos
Tres años después del 11-S y seis meses después del 11-M la única conclusión que se impone es que el enemigo de la libertad, el auténtico peligro para la civilización occidental está en casa, que toda la fuerza de los Ben Laden y compañía es eso: la compañía. Pero esa fuerza que hace realmente temible al terrorismo islámico es la misma que tenía contra las cuerdas a las democracias liberales en los años setenta, es la misma que entregó Vietnam, Laos y Camboya al comunismo, y trató de hacer otra Cuba en Granada, Nicaragua o El Salvador. Es la misma que ahora ha utilizado la guerra de Irak para acabar con los gobiernos liberal-conservadores, es la misma que ha aprovechado, si no colaborado, con los asesinos de Madrid para acabar con el Gobierno del PP. Es la misma que utiliza la ONU como escudo contra la única potencia con la capacidad y la voluntad de defender el bien llamado mundo libre. Es Chomsky y es Kerry, es Ramonet y es Chirac, es Cebrián y Zapatero.
 
A estas alturas, nadie puede ya dudar de que el comunismo no cayó por la presión de las democracias sino por la conjunción de un gobernante afortunado y admirable, Ronald Reagan, que sí creía en la libertad y que con su impenitente optimismo americano y su insólita disposición a luchar provocó la caída de un Muro de Berlín y de una URSS que estaban en peor estado del que ellos y nosotros suponíamos. Pero desde entonces, los que con el Imperio Soviético perdieron su única referencia política real han sido capaces de sobrevivir haciendo lo único que siempre han sabido: minar el sistema de libertades desde dentro, desacreditar sus valores, luchar en todos los ámbitos contra la herencia de Occidente, cuyo bimilenario fruto es precisamente ése, el de la libertad, único capaz de crear una continua y creciente prosperidad a los humanos dispuestos a correr ese riesgo.
 
Pero no nos engañemos: para la gran mayoría de los periodistas, de los profesores, de los políticos e incluso de los ciudadanos de los países occidentales, tanto europeos como americanos y asiáticos, la libertad es una especie de regalo, un derecho con el que piensan que nacen y que deben disfrutar como los niños sus juguetes: hasta romperlos. No sabemos lo que sucederá en las elecciones norteamericanas, si John Kerry, el típico demócrata indeseable, ganará las elecciones a un Bush con más voluntad que acierto, aunque siempre en los USA nos haya salvado su voluntad. Pero en la Unión Europea hemos visto desde el 11-S la misma abyección que hasta ahora habíamos leído en los libros de historia sobre el apaciguamiento ante Hitler. Abyecta Alemania, abyecta Francia, pobre y desgraciada España, que de ser el país más firme en la lucha contra el terrorismo se ha convertido en el más débil, en un despojo militar y un pingajo diplomático. En España ha demostrado el terrorismo que, contando con la quinta columna de siempre, la de los enemigos del liberalismo y de la democracia, puede hacer y deshacer Gobiernos, cambiar resultados electorales y provocar colapsos militares y políticos. A Occidente le han declarado la guerra los islamistas pero la mitad de Occidente sólo quiere que esa guerra la pierdan los norteamericanos. Esa es la verdad.
 
Seguiremos defendiendo la libertad los que ni queremos, ni podemos ni sabemos hacer otra cosa. Pero cada día es más difícil luchar contra esta conjura de los necios, contra esta ruleta rusa que está cargando la frivolidad de unos intelectuales y una clase dirigente en los países occidentales que no merecen sino la extinción a la que juegan. Sabemos lo que combatimos, pero debemos reconocer con quién nos enfrentamos. No es Ben Laden, es Chirac. No son los talibanes, son los socialistas y comunistas, los millonarios de izquierdas, los progres de salón, los funcionarios de la rendición. Son los de hace tres años, y treinta, y ciento treinta. Son los de siempre.
A continuación