Teodoro fabrica para Casado un gran partido que quepa en el PSOE

Federico Jiménez Losantos

Como era previsible, el congreso del PP andaluz desembocó en una dramática interrogación: "¿cuánto resistirá el PP con Teodoro al mando?" La respuesta, con muecas de preocupación: "poco, esto va cada vez peor". Y es que Génova, léase Teodoro, para escapar del empantanamiento en el frente que abrió en Madrid contra Ayuso, ha abierto otro contra Moreno en Andalucía para forzarle a convocar elecciones y así decir que gana el PP, no Ayuso. Y como guinda, mandó a sus mindundis a insultar a Cayetana, por el libro que tres días antes dijo y mandó decir que nadie iba a leer. Lo tremendo, grotesco hasta la obscenidad, es que Ana Beltrán y Montesinos demostraran que no lo habían leído y que no por eso dejaban de insultarla.

Tres movimientos criminosos

Esos tres movimientos estratégicos -atacar a Ayuso, desestabilizar a Moreno y escupir a Cayetana- prueban que Teodoro valdrá para matón de pueblo, no para poner orden en un partido que quiere convertir en cuartel. Cada uno de ellos es un fracaso personal. Los tres juntos son un fracaso de otro, de Casado, que ha permitido, alentado y hasta encabezado el primero y peor; cuando, sentado junto a Ayuso, proclamó candidato a Almeida. De paso, lo delató como el Judas de lo mejor que le ha pasado en muchos años a la derecha: el nacimiento de una inesperada redentora del PP en Madrid.

Eso se valora así en todas partes, y también en el congreso andaluz, saboteado por el Rey Lobo de Murcia y su villarejo, el Señor Lobo de Cs. Pero difundir una grabación ilegal guardada varios meses y usarla según la conveniencia particular del Secretario General delata una forma gangsteril de hacer política, propia de ese personaje violento y sectario que describe Cayetana y que no vacila en perjudicar al PP para mantener una cuota de poder que crece según mengua la autoridad de Casado, si le queda alguna. El problema de Teodoro y de Casado, su socio y rehén, es que se olvidan de los que han apuñalado y no han muerto, como es el caso de Andalucía.

Porque además de perder Murcia, de tratar de impedir en vano que Ayuso convocara elecciones y de emprender una campaña de destrucción personal contra ella mediante esos dossiers que ha denunciado Cayetana en la presentación de su libro, razón última de la bilis de las teomediocridades, Teodoro se las ha arreglado para perder Granada y romper el PP de Sevilla, haciendo lo que mejor se le da: minar, sabotear y hundir al partido desde dentro. Usando una antigua colaboradora contra Moreno, logró ungirla presidenta del PP provincial, pero al precio fue que el Presidente de la Junta y del PP andaluz no fuera a la toma de posesión. Imposible olvidar ese antecedente al producirse la filtración de la grabación ilegal de Marín, cuya condición delictiva no se ha subrayado, a mi juicio, suficientemente. ¿Cómo va a respetar el Estado de Derecho un partido que utiliza técnicas de delincuencia común para sus querellas internas? Y como la Junta odia a Génova, al entrar Ayuso al recinto congresual fue recibida con una ovación delirante, que era también a favor de Moreno Bonilla… y contra Teodoro.

Las ideas de Jaimito Díaz Egea

La reacción de Teodoro al día siguiente fue la de costumbre: utilizar a sus periodistas habituales para amenazar a los críticos y reivindicar esta idea: "hay que parecerse a la gente, al entorno, para ganar elecciones". En su día, los barones respaldaron contra Cayetana y Ayuso ese argumento de mercenarios y que supone la negación de cualquier partido político decente, que no debe aplaudir lo que haya sino para mejorarlo, convenciendo a la gente para apoyarlo. Pero el oportunismo ambiental retrata bien al político tripero, que busca llenar la andorga como sea, donde sea y con lo que pille.

La segunda recomendación de Teodoro a los liberales del PP, o sea, a los que hace un año representaba y desde hace un año combate Casado era continuación de la majadería anterior e involuntariamente autocrítica: "nos quieren devolver a un partido pequeño, el de los 66 escaños". Que yo sepa, esos escaños los ganó Casado, con Cayetana, Ayuso, Lasquetty y otros que lo apoyaron frente a Soraya, que hubiera cosechado entre 6 y 16. Cayetana afrontó esas elecciones con ningún escaño en perspectiva por Barcelona, consiguió uno, y, unos meses después, dos y por muy poco no llegó a tres.

De hecho, la suya fue la circunscripción en que más creció el partido, como cuenta en ese libro que nadie iba a leer y al que escupen los criados de Teo, que dice que Cayetana y Ayuso quieren "un partido pequeño". El "gran partido", el "que se parece a la gente", debe de ser el que Casado, tras echar a Cayetana y romper zafiamente con Vox, condujo a la victoria en el País Vasco y Cataluña. Allí demostraron la diferencia del PP con un partido pequeño llamado Vox: Casado, pasó de 4 a 3 escaños; y Abascal, de 0 a 11.

Allí, en Cataluña, sin Cayetana, Casado dio a luz el racunismo, hijo de esa teoría de que un partido debe parecerse a la gente y al entorno, en vez de tratar de cambiarlos. En RAC1, el líder visionario del PP, asistido por esa teoría infalible, pidió que le hicieran preguntas en catalán, dijo que no quería imponer la bandera nacional a nadie, que quería recuperar la senyera frente a la estelada, pidió perdón por la actuación policial del 1-O y añadió que por eso no quiso defenderla la noche triste de la democracia. El radiosicario separatista, feliz con la humillación del jefe de Cayetana, pudo demostrarle que mentía, y que sí la defendió, pero el racunismo, ideología de rendición, consigue a veces que le perdonen la vida al suicida. El saldo: de cuatro a tres escaños, y si dura una semana más la campaña, ninguno. De ser con Cayetana como figura catalana el primero de los tres partidos nacionales -PP, Cs, Vox- al último. Así se agranda un partido, sí señor.

La obsesión contra Ayuso

Para que no encogiera más, Casado y Teodoro se empeñaron en que Ayuso no convocase elecciones anticipadas tras la moción de Murcia. No les hizo caso y su extraordinaria victoria tras una campaña electrizante, de la que echó a Génova y sólo quiso aparecer con Almeida, las expectativas electorales del PP se dispararon hasta extremos nunca soñados por Casado, que tras la campaña catalana dejó al PP a punto de entierro. Ahora sabemos que la Infeliz Pareja prefería perder Madrid a que ganara Ayuso. De hecho, en vez de aprovechar el enorme eco nacional e internacional de su victoria, con el aplastamiento de la Izquierda y la jubilación forzada de Iglesias, se han dedicado a agredirla y a negarle la presidencia del partido en Madrid. Nunca gentecilla tan mediocre despreció más a quien tanto le engrandecía.

Pero el envilecimiento de la dirección, su comportamiento mafioso y el enrarecimiento de la atmósfera política en la derecha, no sólo degrada a los activos, el trío La, La, La de Casado, Teodoro y Almeida, sino a los pasivos, al conjunto del PP, que no entiende que la figura que más aplauden en sus congresos sea la más atacada por los que nunca han ganado nada. Y aunque en Madrid se mantiene la popularidad de Ayuso mientras se hunde la de Casado y la de Almeida, en el congreso de Granada se ha visto al PP en su conjunto dando una imagen nerviosa, desnortada. Nadie, ni Ayuso, ni Feijoo ("Juanma no es del PP, es andaluz cien por cien", le regaló como lema) ni Moreno, ha quedado bien. Ningún partido se salvaría del funesto destino que provoca una dirección en abierta guerra civil contra sus bases.

Rendición general, acomodación personal

Pero el destino de Teodoro, al que absurdamente ha unido el suyo Casado, sí es compatible con un partido pequeño que se dice grande: caber cómodamente en el regazo del Gobierno socialcomunista, al que entregan la Justicia y las posiciones culturales. Los teoperiodistas dicen que "a nadie le interesa la guerra cultural" y que "hay que hablar de lo que realmente le interesa a la gente", o sea, la economía y que Casado viva en la Moncloa.

Ni la Inseguridad, ni la Educación, ni la persecución del español, ni los ataques a la Transición, ni la financiación venezolana de Podemos y el PSOE, ni la subida de impuestos, ni el precio de no tener energía nuclear, ni las leyes anticonstitucionales de violencia de género, ni la caída de las exportaciones, ni la falta de competitividad, ni la rendición ante la ETA, ni el sometimiento al separatismo catalán y vasco, ni la manipulación de la historia de España, ni la degradación de los medios de comunicación, ni la falta de expectativas de la juventud, ni la ruina de las pensiones… Nada. Lo único que preocupa a la Infeliz Pareja es que no gane nadie del PP, y que si gana sea a su servicio particular, no al del interés general. Mal, muy mal está el PP, según lo que hemos visto en Granada. Y peor que se va a poner.

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