Mujeres que cuentan crímenes: Patricia Cornwell

Scarpetta vuelve a Tara

Federico Jiménez Losantos
En sólo una década, la última del siglo XX, Patricia Cornwell se convirtió en una de las autoras de novela negra con más éxito en todo el mundo. Desde “Postmortem” (1990) a “The Last Precint” (2000), bastaron diez novelas con la forense y detective Scarpetta como protagonista para hacer de ella la más popular y en algunos aspectos la más brillante de las jóvenes autoras del género. Del género literario de la novela criminal, obviamente, no del género femenino, inconfundible cuando todavía le llamaban sexo.
 
(Por cierto, debo aclarar que en la primera entrega de esta serie sobre Mary Higgins Clark, me referí a esa última novela de Cornwell como “El último refugio”, inducido acaso por una versión mejicana o argentina, muy posiblemente pirata. En la versión de bolsillo española que acaba de recuperar para los kioscos y librerías los títulos de esa decena mágica la traducción es “El último reducto”. Literalidad imposible. Es una buena noticia que se haya reeditado también la primera de todas sus novelas, “Postmortem”, que sólo pude conseguir en Miami y en una traducción mexicana.)
 
Cornwell interrumpió la serie de Sacarpetta, o la completó desde 1997 con una trilogía virginiana que tenía como protagonistas a una pareja de policías y que fue puntualmente traducida al español: “La Cruz del Sur”, “El Avispero” y “La Isla de los Perros”. El resultado fue mediocre, por no decir lamentable. Luego se embarcó en una carísima y curiosa investigación sobre la identidad real de Jack “El Destripador” que plasmó en “Caso Cerrado”, un libro generalmente despreciado por la crítica y que si bien prueba sus convicciones detectivescas no añadía nada a su fama.
 
Debo decir que a mí me convenció la identificación del pintor Sickert como “Jack The Ripper” y el trabajo de Cornwell me parece muy meritorio. El problema es que a nadie le interesa sacar de la niebla a un personaje cuyo encanto reside en su enigma. Error de juicio fundamental. Sólo a una americana del Bible Belt se le ocurre redimir de su niebla a los ingleses.
 
 
Mucho debieron tambalearse sus finanzas y su prestigio en esa quijotesca aventura londinense para que en el año 2004 Cornwell retomara a su heroína Kay Scarpetta como protagonista  de la que sin duda es su peor novela: “La Mosca de la muerte” (Blow fly) (2004). La decadencia del personaje y de su creadora eran verdaderamente dramáticas. Sobre todo para el lector español joven que se iniciaba en el género y que tuvo acceso al mismo tiempo a la edición de bolsillo de “Post mortem”, ausente de las librerías desde años atrás pero donde aparecen ya con toda su fuerza los tres personajes esenciales de la saga: Scarpetta, Marino y, al fondo, Benson.
 
Era en 2004 tan desesperada la situación de la creadora y de su heroína que recurrió al grosero milagro de resucitar al difunto Benson, amante de Scarpetta, muerto en acto de servicio y abundosamente llorado en “El último reducto”.  Sin embargo, Cornwell publicó apenas un año después “Trace” (2004), recién traducida al español en Ediciones B como “La Huella”. Y, en pleno acelerón, acaba de salir en Norteamérica otra más, titulada “Predator”.
 
Pues bien, si en “La mosca” Scarpetta era prácticamente un cadáver literario, en “La Huella” empieza a dar señales de vida. Irregulares, descabaladas, arrítmicas, pero de vida al fin. Está lejos de “La granja de cuerpos” o “Jota de corazones”, mis favoritas, pero ya no chapotea en la nulidad de la mosca maldita. Y esta es una buena noticia para los amantes del género.
 
Y es que Patricia Cornwell, pese a sus altibajos, es una de las verdaderamente grandes de la novela negra. ¿Qué añade a PD James o Ruth Rendell, en cuya estela se sitúa? Pues si hubiera que resumirlo en sola una palabra sería ésta: intensidad. Todo lo que en PD James son matices y en Rendell complejidades se transforma en manos de Cornwell en un ritmo casi frenético, en una sucesión de delectaciones y acelerones que llevan al lector no ya de la mano sino de la brida. El gran hallazgo de Cornwell, el que le catapultó a la fama desde la primera novela, fue meter al lector en la sala de autopsias, ponerlo al tanto del repertorio de sierras y otros troceadores ultramodernos, informarle al detalle de los protocolos médicos y los certificados de defunción, contarle al detalle, al límite del detalle para ser exactos, cómo la víctima se convierte en casi nada. Pero, y ahí está la clave fundamental, ese casi es el que redime al lector del morbo a lo Stephen King mediante un rescate moral de la dignidad de la víctima, que se convierte en la fuerza motriz de la investigación de la forense y detective Kay Scarpetta.
 
En las descripciones de esas víctimas tendidas en la mesa del forense y privadas de la vida en la niñez o en la juventud pero también en la ancianidad más desvalida, sin el recuerdo siquiera de la belleza arrebatada por el crimen, están las mejores páginas de Cromwell. Es una piedad explícita y que mueve a una justicia no exenta de venganza, es decir, muy norteamericana. El vigor con que retoma esa meditación triste y sutil de las grandes escritoras británicas a partir del cuerpo yerto de las víctimas transforma un género que parece obligado a la morosidad en un western, en una trepidante película de buenos y malos, donde nunca se pierde de vista el principio del género criminal, que es o debería ser precisamente ése: que el bien acaba triunfando sobre el mal. Es lo que, según PD James, nos hace adeptos del género: zambullirse en el horror del mal hasta ver triunfar el bien, aunque sea en la última línea de la última página.
 

Las mejores páginas de “La huella” son las de la sala de autopsias. Ahí la técnica de Cromwell parece resucitada del todo. También sigue funcionando muy bien Marino, cada vez más explícitamente enamorado de Scarpetta aunque sin la menor esperanza ¡y lleva así desde “Postmortem”, la primera novela! Más impreciso, aunque poderoso, está el personaje de Benson, resucitado y enriquecido pero no revivido del todo. Eso nos evita encontrarlo como en algunas páginas de “El último reducto”, convertido en un héroe de Danielle Steel, una especie de inductor apocalíptico de orgasmos, al menos tal como los cuenta Cromwell, tan, tan a la americana. 

Esta vez sólo se encuentra con Scarpetta al final, quizás porque Cromwell ha entendido que en “La Mosca” se pasó de milagrería. Pero ese trío funciona. Lo que no acaba de funcionar, no lo ha hecho nunca, es el personaje de Lucy, la sobrina de Scarpetta, que es una superwoman de la policía, de la informática y de los negocios, pero que pierde siempre la cabeza por unas faldas. En esta ocasión, el personaje de Henri está peor dibujado que aquellas compañeras de la academia de Quantico que la iniciaron en los placeres lésbicos. Tanta metedura de pata en una mujer tan lista resulta inverosímil y, sobre todo, le roba demasiado plano a Kay Scarpetta, que es nuestra heroína.

¿Qué es lo que funciona en ella que no funcionó en la novela anterior? Pues un recurso sencillo pero poderosísimo, con el que podía haber reiniciado la serie ahorrándonos moscas y resucitados: la vuelta a casa. Lo de menos es el malo, con un nombre, por decirlo suavemente, excesivo: Edgar Allan Pogue. Lo de más es Virginia, los rencores, las envidias, las puñaladas burocráticas, los celos, la política rastrera en clave mediática. Aunque no saca todo el partido posible a su infame sucesor, Scarpetta renace, se yergue, se indigna, lucha, rabia y se venga cuando, como Scarlett O´Hara, vuelve a Tara. Una morgue en ruinas, sí, pero, al fin y al cabo, un hogar.

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