Debate parlamentario

Rubatero y Zapacaba

Federico Jiménez Losantos
Entre todas las paradojas desastrosas del debate en el Congreso sobre el Plan Ibarreche no es la menor el trueque de papeles entre Zapatero y Rubalcaba, con el Presidente del Gobierno del Reino de España haciendo de candidato electoral del PSE-PSOE y con el portavoz del grupo parlamentario socialista fungiendo de presidente o, al menos, tomando las precauciones lógicas en quien ostenta tan alta magistratura y asume tan grave responsabilidad. Pero como, al final, el Presidente, aunque no ejerza, sigue siéndolo, y el Portavoz parlamentario nunca puede ejercer del todo como Presidente, hete aquí que el bestiario político ha alumbrado dos extrañas criaturas: Rubatero y Zapacaba, cada cabeza en la cola que no le corresponde, ambos gárgolas mutantes.
 
Si nos abonásemos al “optimismo antropológico” del inquilino monclovita podríamos decir que este intercambio de papeles tiene algo bueno y es que, si el candidato se pega el tortazo, el partido rectificará su política y pondrá otra locomotora que descarrile menos a tirar de los vagones. Pero por desgracia, Zapatero ha ido ya demasiado lejos y no hay en el PSOE nada ni nadie que pueda uncirlo a la moderación. No hay que olvidar que esta política antiespañola a fuer de Anti-PP fue decretada por Cebrián al día siguiente de las elecciones vascas y que Zapatero puso inmediatamente a Redondo Terreros de patitas en la calle, previa campaña de difamación personal y familiar en el clásico estilo de la Escuela de Chicago que tan bien domina Casa Polanco. Ahora, Polancán y Cebrianco, Rubatero y Zapacaba, vuelven, confundidos y confusos, al lugar del crimen. Pero aunque Alfaguara reedite el cuento de La Lechera, no hay texto más adecuado para este tiempo de calvarios que el “España, aparta de mí este cáliz”, de César Vallejo. En especial el verso: “pero el cadáver, ay, siguió muriendo”. El cadáver es el de nuestra libertad.
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