Rubalcaba se lleva a todos al huerto

Federico Jiménez Losantos
Soberbios gatillazos y resbalones majestuosos está dando el flamante Gobierno Zapatero. Unos porque nunca han sido nada y otras porque no dan más de sí, el recital de incompetencias está alcanzando niveles artísticos de indigencia política. Es el “arte povera” instalado en el BOE, con pocas cuanto honrosas excepciones. Dos o tres.
 
Pero en lo que no se sabe muy bien si es Partido, Gobierno o Parlamento (probablemente las tres cosas), ya destaca Alfredo Pérez Rubalcaba. Era uno de los más malos en el malvadísimo núcleo duro del felipismo y empieza a acreditar que en este poder que a algunos parece que les ha tocado en una rifa es también el elemento más de cuidado. O de más cuidado, porque ojito con él. Los guerristas hicieron popular dentro del PSOE aquello de “Rubalcaba, si te vuelves, te la clava”, seguramente porque como muchos otros pasó por  guerrista antes de declararse felipista y, por ende, polanquista. Pero Rubalcaba, cuyo comportamiento en la Jornada de Reflexión del 13-M debería haberlo invalidado para la acción política, o al menos que la Oposición le pusiera la cruz (son durísimas, por ejemplo, las referencias en el último libro de Aznar; y son inolvidables para los votantes del PP sus arengas de aquel infausto día del golpe izquierdista, llamando al Gobierno “mentiroso”), acaba de perpetrar a cuenta del 11-M su primera gran operación de amedrentamiento institucional, arte nada democrático pero que funciona muy bien  con la izquierda lampante y la derecha acomplejada.
 
Primero, hizo que IU y ERC retiraran su anunciada petición de una comisión de investigación del 11-M, llevándoselos a la Moncloa y diciéndoles no sabemos qué aunque sí sabemos con qué efectos. Y ahora acaba de convencer a Mari Complejines, la derecha tontuela, de que no pida una comisión de investigación hasta que los jueces hagan no se sabe qué y a propósito de no se sabe quién. Es el triunfo de la doctrina felipista sobre responsabilidades políticas, que se remitía siempre para sustanciar la responsabilidad moral a los tribunales de Justicia, como si una persona no pudiera ser indecente y políticamente abyecta sin vulnerar el Código Penal y sin condena en firme. Nunca hubiera dimitido Willy Brandt, por ejemplo. Pues bien, hete aquí que ocho años después de la dulce derrota de Tigrekán, la extrema izquierda y la derecha centristona asumen como propia esa doctrina, que no esgrimiría Rubalcaba si, hoy como ayer, no le conviniera. Es decir, si no tuviera mucho, demasiado que ocultar. Tuerto en el país de los ciegos, astuto en el del los zotes, desvergonzado en el de los vergonzosetes, a las primeras de cambio, Rubalcaba se los ha llevado a todos al huerto. Tiemble después de haber reído, porque así se construyen las mayorías absolutas y así se burla la letra y el espíritu de la Ley. Esta sí que es buena: lo único que funciona en el PSOE es lo malo. Temible.
 
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