Rivera y la eterna reinvención del Centro

Federico Jiménez Losantos

Albert Rivera ha redescubierto la fórmula tradicional de la derecha española para ganarle a la izquierda sin cuestionar su superioridad moral: situarse en el centro político. Rivera lo actualiza de una forma que resulta nueva de tan antigua: "No queremos una España de rojos y azules". O sea, la misma fórmula de Suárez, que no podía ser más azul –secretario general del Movimiento, último presidente de Gobierno de la Dictadura franquista– para ganarles a los rojos que, como el PSOE y el PCE, querían la ruptura y no la reforma legal del Régimen, diseñada por el azul Fernández Miranda.

¿Por qué ganó Suárez las elecciones de 1977, las primeras que cabe llamar democráticas en España? Porque no lo fueron del todo –Suárez tenía el control de la única televisión y del aparato del partido único franquista, el Movimiento Nacional, travestido de asociación política: UDPE– en lo que se refiere a igualdad de oportunidades de los diferentes partidos pero, sobre todo, porque apelaba a la superación de la Guerra Civil, la división de rojos y azules, impulsada por la Izquierda del PSOE desde 1933, desde la posición de fuerza de la Derecha que en 1939, ganó la Guerra Civil. Y porque, aunque modernizado y relativamente moderado, seguía teniendo el Poder militar, policial y administrativo en toda España.

La Derecha franquista renunció a su legitimidad contando con que la Izquierda la imitase; y lo hizo desde un Centro político que, en lo esencial, proclamaba el fin de la Guerra Civil. La Ley de Reforma Política, sometida a referéndum por Suárez y para la que todos los partidos de oposición pidieron la abstención, obtuvo el 80% de los votos. Fue la gran derrota de la Ruptura frente a la Reforma, un plebiscito a favor del fin de la Guerra, el triunfo del golpe de Casado y Besteiro contra Negrín en favor de Franco. Con la diferencia de que Franco no tuvo piedad y el franquismo la ofrecía. Naturalmente, como antifranquistas éramos cuatro gatos, la gente la aceptó.

Zapatero, Podemos, Mas y el fantasma del 36

El centro es la posición favorita del Poder. La más cómoda cuando hay tiempo para la comodidad. La Izquierda, sobre todo el PSOE, antes de la Guerra Civil y después de la llegada de la democracia, siempre ha dudado entre luchar por el centro contra la derecha o destruir la derecha para no tener que buscar el centro. Si gana se proclama centrista. Si pierde dice que la Derecha no tiene legitimidad para gobernar. Que la Derecha sigue siendo franquista y que la Transición fue mentira porque no volvieron los rojos. En realidad, la primera mesa de las Cortes democráticas –de Edad– estuvo presidida por La Pasionaria, bicha criminal para media España, y Rafael Alberti, el que mandaba "¡A paseo!" a los que eran "paseados", es decir, asesinados, en la checa de Fomento-Bellas Artes (Ministerio del Interior).

El harakiri de las Cortes franquistas para dar paso a la democracia, la llegada de los comunistas del exilio y la amnistía general para delitos de sangre con motivos políticos, de la masacre de Paracuellos a los crímenes etarras, fueron la prueba de veracidad del centrismo de la UCD de Suárez, que con la Alianza Popular de Fraga eran las dos fuerzas políticas, nacidas del franquismo pero decididas a implantar un régimen constitucional en el que, mediante el voto, los partidos pudieran alternarse pacíficamente en el Poder. Y fue esa idea de la paz civil, sin rojos ni azules, sin rencores ni revanchas, lo que fue masivamente aceptado por la sociedad española. El Centro en 1977 podía apelar al testamento de Franco y al último discurso de Azaña, el de "Paz, Piedad, Perdón". El PCE, recordar la "reconciliación nacional" que fue su táctica desde la invasión de Checoslovaquia en 1968. Y el PSOE, al "socialismo en libertad", o sea, la negación del comunismo. Las dos fuerzas políticas realmente existentes, el Movimiento asegurando la democracia sin sustos y el PCE con la bandera nacional y la monarquía, garantizaban el anhelo aplastante mayoritario en la España de 1977: la Paz.

Hizo falta que llegara Zapatero para resucitar en 2004, en su discurso de investidura como Presidente del Gobierno y tras dos años de violencia callejera –Prestige, Guerra de Irak, 11M–, la división entre rojos y azules. Ha hecho falta una reedición aún más radical del zapaterismo, la comunista de Podemos, para que en toda España calase la idea de que era posible volver a la división entre rojos y azules. Y, finalmente, ha hecho falta el "golpe de Estado a cámara lenta" como ha llamado Guerra a la sedición de Mas en Cataluña, para que hasta la opinión pública más refractaria a la realidad barruntara que España podía volver al enfrentamiento civil, puesto que las dos razones del 36 –la revolución y el separatismo– habían resucitado.

Y como ha resucitado el peligro, ha resucitado la solución. Y como no estamos ante el golpismo del PSOE y ERC de 1934-1936 sino que un mes antes de las elecciones se cumplen cuarenta años de la muerte de Franco, vuelve un Suárez sonriente, ahora llamado Albert, para recordarnos que en el centro está la virtud, que el centro es él, y que él nos salvará del inmovilismo de la Derecha y del radicalismo de la Izquierda. Un falangista nos trajo la democracia y un catalán nos salvará del separatismo. Para qué matices: la Izquierda ha apostado por el sectarismo y la Derecha por ser la única y agónica alternativa al sectarismo, el que nos asegure que desde el Centro vamos a ahorrarnos todos estos líos, a cambiar pero sensatamente, que todos somos hermanos y que dentro de cuatro días es Navidad, ganará las elecciones. Si Rivera no gana con el juguete del Centro bajo el brazo, es que España ha dejado de creer definitivamente en los Reyes Magos.

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