Repensar la fiscalidad europea

Federico Jiménez Losantos
La clase política europea está absolutamente estupefacta ante el desafío de orden público que supone el bloqueo de gasolineras por parte de los camioneros, en algunos sitios aliados a los agricultores. A la estupefacción corresponde una incapacidad total para tomar decisiones, que no puede tardar demasiado. La semana pasada, en Londres, el ministro del ramo presumía de que eso de bloquear las gasolineras era un mecanismo bárbaro propio de los franceses pero nunca de la civilización británica; ahora están pensando en sacar el ejército a la calle para garantizar el libre acceso de los ciudadanos a las estaciones de servicio.

Sería igualmente estúpido pensar que en España o en cualquier otro país no puede suceder otro tanto. Los grupos de presión que bloquean las calles suelen ocupar también fácilmente los telediarios y la costumbre de los gobiernos es rendirse ante el conflicto o ante la noticia del conflicto. Pero en este caso el desafío es de tal magnitud que la rendición no es siquiera una mala solución. Ningún gobierno puede rendirse todos los meses. Ningún gobierno europeo puede ya rendirse solo.

Los países de la UE tienen que llegar a corto plazo a un acuerdo político que permita a cada gobierno afrontar a su manera el conflicto de orden público que pueda surgir, en la seguridad de que las bajadas de impuestos se mantendrán en un límite acordado. Eso, con carácter inmediato. Pero a medio plazo la clase política debe sacudirse la modorra y empezar a pensar en un cambio de fondo de la estructura fiscal europea, que reposa en buena parte sobre los desorbitados impuestos que gravan los hidrocarburos. La economía europea no puede pensar en un crecimiento sostenido y sin sobresaltos si no limita su dependencia energética, especialmente la del petróleo, pero, sobre todo, si el precio de esa energía esencial está disparatadamente distorsionado por unos impuestos que sólo se explican en tiempos de una energía barata y segura. El petróleo no es ni una cosa ni la otra. Y resulta insostenible que en un mundo cada vez más globalizado y competitivo los Estados europeos se sostengan encareciendo disparatadamente el coste de la energía que debe mover toda la producción. Ese cambio debe hacerse más o menos rápidamente pero debe hacerse ya. Si la UE es incapaz de poner a los gobiernos de acuerdo en sobrevivir conjuntamente a la emergencia, cada país se aplicará la doctrina, por lo demás tan europea, del sálvese quien pueda. Cuanto antes se sobrepongan a su estupor, mejor para los políticos. Y cuanto antes actúen, mejor para todos.
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