Rendiciones de Europa: de Munich 38 a Montse Riefenstahl

Federico Jiménez Losantos

Un fotógrafo belga ha pasado este aniversario del desembarco aliado en Normandía recorriendo con su cámara en días de tormenta los restos del Muro del Atlántico, la gigantesca construcción defensiva nazi que cubría todo el norte y el oeste de Francia, hasta la frontera con España, pero sobre todo las dos regiones en que podía realizarse el desembarco de británicos y norteamericanos: Bretaña y Normandía. El resultado es estremecedor. Nunca nadie ha blindado un océano como Hitler y Rommel. Y aunque el arrojo de británicos y americanos consiguieran acabar con el ejército que había detrás, la inacabable sucesión de murallas grises sigue ahí, desafiando al invierno atlántico desde hace setenta años. Los bunkers aparentemente solitarios, alineados como lápidas semiocultas en la arena o en la hierba rala de los montes que dominan la costa, exhiben en medio de las tormentas, incansablemente batidos por el oleaje y también inhumanamente en pie, su arquitectura sombría y épica, que se hace lírica una vez abandonada por los hombres a las fuerzas del mar. Es como si el hombre hubiera desaparecido de la faz de la Tierra tras el triunfo del Mal.

Sin embargo, el Muro erigido desde el Berlín nazi no tenía sólo por objeto impedir que los aliados entraran en la Europa conquistada por el III Reich sino impedir que los que estaban dentro pudieran salir. Por las macabras paradojas de la Historia y la lógica interna de los totalitarismos, el Muro Atlántico nazi tuvo una continuación natural en el Muro de Berlín alzado por los comunistas con el mismo propósito: que los aliados no pudieran entrar en el resto de Alemania y Europa Oriental y, sobre todo, que los países entregados a Stalin en Yalta no pudieran escapar del yugo de la URSS, como heroicamente intentaron en alzamientos populares la propia Alemania Oriental, Hungría y Checoslovaquia; o como en solitario siguieron intentándolo desde que el renovado pacto germano-soviético de Honecker y Kruschev erigió el Muro de la Vergüenza en el centro mismo de Berlín.

Nadie ha superado la eficacia de la propaganda nazi que desembocó en el suicidio colectivo de la nación más culta, más desarrollada de Europa, con una excepción: la propaganda comunista, de la que bebió la nazi y que sigue manando hasta nuestros días. Pero el humus del totalitarismo que las iguala fructificó, especialmente en el fulgurante imperio nazi, gracias al nacionalismo. ¿Pensaban los jóvenes alemanes de trece o catorce años que murieron o fueron apresados defendiendo el Berlín bunquerizado de Hitler que tenían derecho a dominar Europa y el mundo, porque pertenecían a una raza superior? Seguramente no lo pensaban siquiera: obedientemente iban a defender su Estado, su Nación, su Jefe: ein Reich, ein Volk, ein Führer. Y la clave de su heroico, siniestro e inútil sacrificio no estaba en el Führer sino en el Ein. Uno, sólo Uno, nada más que Uno, todos a una, todos unos, todos tribu, nadie suelto, todos en la imagen y la imagen de todos en todos.

Para explicar el Muro Atlántico, la inmolación de jóvenes y niños siempre bien uniformados en el Berlín de 1945 hay que acudir a las películas de Leni Riefenstahl, especialmente a El triunfo de la Voluntad, en ese Hitler que va camino de su apoteosis de masas en Nüremberg y que contempla desde el avión a toda Alemania a sus pies, dispuesta a seguirle hasta la muerte en el asalto a los cielos de Wotan, al lebensraum de la raza aria, pasando por la martirizada Polonia o por el Plat pays de Jacques Brel.

Sin verse como una masa interminable, una tribu invencible, una suerte de número incalculable, en el que la disciplina multiplica el valor, los alemanes no se hubieran lanzado a matar y, en consecuencia, a morir. E hizo falta que decenas de miles de jóvenes británicos y norteamericanos, que nunca habían pisado la hermosa tierra de Francia, murieran antes de conocerla para acabar del único modo posible, por la fuerza, con una fuerza monstruosa que superaba todos los modos conocidos de dominio y poder.

La I Guerra Mundial fue el fruto del nacionalismo y la II Guerra Mundial de la estupidez de Wilson favoreciendo el retoñar del nacionalismo y de la estúpida rapacidad de Inglaterra y Francia en el Tratado de Versalles. Para evitar ambos errores se creó la Unión Europea: para que jamás Alemania volviera tomar Bretaña y encerrara en su Muro a Europa y para que los demás países no tuvieran que alinearse a uno de los dos lados del Rin.

Este proyecto saltó moralmente por los aires al permitir la sórdida destrucción de Yugoslavia y la atroz carnicería de los Balcanes. Y está a punto de contemplar la disolución física del Reino Unido esta semana en Escocia y, después, de España en Cataluña. Si Leni Riefenstahl se repusiera en la pantalla de los vivos, con sólo rebautizarse Montse encontraría trabajo de inmediato en la televisión separatista catalana, que sigue paso a paso sus enseñanzas: Nació, Estat, Indepèndencia son el Reich, Volk, Führer que ella convirtió en arma de guerra gracias al narcisismo y la omnipotencia infantil de toda masa que se contempla en la misma fila y del mismo color.

Es verdad que el Führer Pujol está enclaustrado por sus delitos, pero también lo estuvo Hitler tras el putsch de Baviera y, urnas mediante, llegó al Poder. La V de Barcelona, que parece una falta de ortografía histórica, es la V de Voluntad, triunfante en toda fantasía tribal. La V de Nüremberg, que creímos derrotada en Omaha Beach y que nos devuelve a Munich 1938, cuando en Europa se aceptó que el de los sudetes era un "asunto interno" de los checoslovacos, creados políticamente por la misma Europa. Como bien ha recordado Cayetana Alvarez de Toledo en el acto de Libres e Iguales, declarar "asunto interno" la destrucción de un Estado europeo, en nuestro caso España, significa la renuncia al proyecto de la Unión Europea. En rigor, es lo mismo que declarar a Europa "asunto externo". Pero ningún americano volverá ya a morir por nuestra libertad en las playas de Bretaña.

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