Rato contra Cascos o El Túnel del Tiempo

Federico Jiménez Losantos
Atando cabos sobre las historias entrelazadas y fuerzas contrapuestas que se cruzaron en la noche del jueves 12 de Julio del 2001 para propiciar el mayor esperpento de la historia de la aviación comercial, se van perfilando dos actores políticos esenciales: Rato y Cascos, los dos vicepresidentes de la primera legislatura de Aznar, los grandes marginados antes y después de la Mayoría Absoluta, los que involuntariamente prueban hasta qué punto la segunda legislatura está siendo una parodia insípida y grotesca de la primera, un teatro de incomparecencias, complejos y deserciones que, al año largo de representación, arroja un balance administrativamente yermo y políticamente nulo.

La clave del enfrentamiento entre dos alas del Gobierno --pero con lo esencial del ave ausente-- la dio el propio SEPLA en vísperas del trueno gordo: al tiempo que instaban al Gobierno a no intervenir, pedían que se considerase la postura de Cascos y Aparicio, favorables a una negociación, es decir, a lo que el SEPLA entiende por negociación, que es el triunfo de sus chantajes. ¿Cómo se pedía la abstención del Gobierno y la observación de la línea Cascos? Porque era la suya. Pero ¿cuál era la de la empresa?

La clave la dio en esta ocasión Xavier de Irala, cuando acudió a reunirse con Rodrigo Rato tras tomar la decisión de suspender los vuelos y posiblemente tras haber mentido al Consejo de Administración sobre la posición de Cascos al anunciarle esa posibilidad. Además de su propia relación con Rato, al que le debe el cargo cuando Iberia era aún empresa pública, Irala tiene en Pablo Isla (Altadis, Logista, “núcleo duro” de los “accionistas institucionales”) al embajador del Vicepresidente Económico y también el enlace con ese “núcleo duro” del accionariado. Y ahí encontramos otra clave: los dueños de Iberia pretenden una “compensación” de 150.000 millones por haber sido llamados a participar en el gran negocio de la Iberia privatizada y haberse tropezado con que Iberia tenía un cáncer llamado SEPLA.

Dolidos en su bolsillo, los dueños de Iberia no han querido mojarse y sanear la compañía como si fuera realmente suya. Los pobres, engañados por Rato, desconocían la situación interior, imposible de advertir. Total, sólo van diecisiete huelgas del SEPLA en los últimos diez años de Iberia. ¿Quién iba a pensar que se cargaran hasta la salida a Bolsa? Rato no está dispuesto a darles ese dinero, claro, pero a cambio ha derrochado con la dirección de la compañía mucha comprensión. Demasiada, quizás. Tal vez por eso mismo, en la noche decisiva, se negó a recibir a Irala. Normal en él. Y tal vez también por eso, Cascos apareció en escena con José María García, ojo al dato, llevando a los españoles el aguinaldo de una intervención a la que él se venía negando y haciendo declaraciones contra la compañía y, de hecho, a favor del SEPLA. Normal también.

Lo peor es que los dos bandos siguen ahí, cada uno ocupando el puesto del otro, como buenos centristas ambidextros que son. Cascos hace el trabajo que Irala le pedía a Rato. Rato disimula que por su culpa se ha atrevido a tanto el “irresponsable” Irala. Aznar se asombra de que, mientras él arregla el Mundo, nadie se preocupe de arreglar Iberia. Y lo peor: después del arbitraje, las cosas seguirán como están, hasta la próxima huelga del SEPLA. Y hasta el próximo alarde de descoordinación gubernamental. La ventaja es que ahora los actores son ya populares, conocidísimos, de toda la vida. Como Iberia.

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