¿Quiere el espía desenmascarar al que le espía?

Federico Jiménez Losantos

El sexto hombre de Charles Cumming es, aparentemente, sólo una buena novela negra sobre la investigación, a cargo de un profesor universitario, de uno de los secretos menos secretos del espionaje británico en el siglo XX: ¿hubo un sexto hombre tras los Cinco de Cambridge? A lo que se añade otro enigma no menos popular y que imagino que le dará a Cummings para otra novela: ¿hubo una célula soviética en Oxford como la de Cambridge?

La traición a su país y a Occidente de la élite de la inteligencia británica tras la I Guerra Mundial y su devoción criminal a la URSS -incluso tras la muerte de Stalin y el XX Congreso del PCUS en el que Krustchev desenmascaró las masacres más atroces del comunismo- muestran que lo de Cambridge es algo que va mucho más allá de una "orquesta roja" organizada por la NKVD de Sudoplatov, Eitingon y Orlov en los años 30. En un momento de la novela –cuya intriga no destriparé- el Sexto Hombre dice que, en Oxford como en Cambridge, "todos éramos comunistas". Es decir, que la URSS se ahorró el reclutamiento: sólo tuvo que seleccionar. Y lo hizo utilizando los demonios particulares de cada cual (del alcoholismo a la homosexualidad pasando por el dinero) pero simplemente dejándolos alimentarse de sí mismos, de la voluntad de asesinar a un país que les había dado todo y a una civilización, la occidental, incomparablemente superior a la soviética, salvo en una cosa: la voluntad de aniquilación del enemigo.

Esa forma de aniquilarse a sí mismo aniquilando a su propia gente, en favor de otro país que no conocían y de otra gente a la que ignoraban, es lo que caracteriza a los cinco grandes traidores del Círculo de Cambridge. Pero, en realidad, una parte sustancial de la casta intelectual europea se pasó a la URSS en 1917 y no ha salido de la izquierda desde entonces. Tal vez, la única diferencia de Gran Bretaña con Francia, Italia o Alemania es que, al no haber un poderoso partido comunista en que disolverse, fueron francotiradores los que actuaron para la URSS, mientras Marty o Togliatti lo hacían en parlamentos, sindicatos y medios de comunicación. Hasta hoy.

El caso británico es especial por la misma razón que lo inglés nos lo parece: extravagancia, brillantez, tradicionalismo, iconoclastia y perversión. Pero hay también una suerte de rebelión de la aristocracia intelectual y funcionarial inglesa contra las masas que, desde 1918, ocupan la escena política. En el fondo, lo más parecido al elitismo aristocrático es el elitismo comunista, que lo es de modo absoluto, sin concesiones y sin explicaciones. Philby, Burgess o Blunt se sentían parte de la élite que iba a dominar el mundo. Lo sórdido de su traición no impide el placer demoníaco de su convicción. La fuerza extraordinaria del marxismo-leninismo es que convierte a cualquier servidor del partido en iniciado al gran misterio del destino humano. Y esa fuerza, que reemplaza a la religión y al patriotismo a lo largo del siglo XX, era, en parte sigue siendo, invencible en ciertas personalidades frágiles pero soberbias. La Teología de la liberación está ya en El Poder y la gloria de Graham Geene. John Le Carré, cuando pasa de El Honorable colegial a La chica del tambor es otro Philby. Yo creo que la raíz más profunda del agente doble inglés, además de la enfermedad moral y la perversión social de vivir en la mentira, es la de no soportar la soledad de la responsabilidad.

La trama de la novela de Cummings, que quizás hace demasiadas concesiones al ritmo casi televisivo del relato -aunque ese pero no se lo pondrá el lector-, plantea al final una cuestión que, por otro lado, explica la impunidad casi total de algunos de los cinco o seis de Cambridge. Además de una protección de clase alta, evidente en el caso de Blunt, ¿quieren los espías descubrir realmente a los que les espían? Dicho de otro modo: ¿hay alguna posibilidad de que un servicio secreto prefiera liquidar al peor agente doble si existe alguna posibilidad de convertirlo en agente triple? Esa es la historia de los que no pudieron huir a la URSS a tiempo y se convirtieron en espías británicos dentro del contraespionaje soviético. ¿Pero se convirtieron realmente en agentes triples o se reconvirtieron en agentes cuádruples? ¿Hay un sindicalismo o una masonería de la traición compartida en todos los servicios secretos? En la novela de Cummings parece que sí. En la historia del siglo XX quedó claro hace mucho tiempo.

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