¿Qué le pasa a Rajoy con la Corona?

Federico Jiménez Losantos

De domingo a domingo

Este jueves 26 y al día siguiente, viernes 27 de Febrero, dos comparecencias públicas, las de Rita Barberá e Iñaki Urdangarin, una en rueda de prensa y la otra en el banquillo del caso Noos, han mostrado de forma diversa pero inequívoca, porque están conectadas por la actuación de la Fiscalía, jerárquicamente dependiente del Gobierno, la gravedad del pulso que Rajoy, a su manera oscura y tortuosa, está echándole a la Corona.

El asunto es tan feo y con tantas aristas que, siguiendo esa horrenda costumbre española, archidemostrada en el 11M, de fingir no ver lo que, sin embargo, está a la vista de todos, muchos medios -casi todos- prefieren mirar a otro lado. Y si no fuera vicio antiguo parecería prudencia nueva, porque hablamos de las decisiones que Felipe VI ha de tomar en los próximos días, meses y tal vez años, hasta que, tras la votación de investidura de Sánchez esta semana, se estabilice, si se estabiliza, un nuevo mapa político español.

Todo apunta a que entramos en un período inédito de nuestra historia constitucional en que el Rey, sin borbonear al siniestro modo de su bisabuelo Alfonso XIII con Maura, deberá encargar la formación de Gobierno a candidatos con más capacidad de buscar acuerdos parlamentarios aunque tengan menos votos en las urnas y eso, al margen de los casos concretos que se produzcan en los próximos dos años –tiempo mínimo para redibujar un nuevo mapa parlamentario y de partidos en España- nos aboca fatalmente al debate entre legalidad y legitimidad, según la interpretación, obviamente personal y forzosamente discutible, que el Rey haga de cada situación política.

La fiscalía apoya a Barberá

Vayamos a los hechos. A las doce del mediodía del jueves 26, Rita Barberá se presentaba en una rueda de prensa anunciada por sorpresa pocas horas antes. En ella, Barberá negó cualquier responsabilidad personal en la imputación –ahora investigación- a varias docenas de miembros del PP valenciano por los presuntos delitos de blanqueo, prevaricación y cohecho. Días antes, para vadear la crisis, Génova 13, nombró una gestora con Isabel Bonig al frente. Pero Bonig, como todo el PP, topó con el hosco silencio de Barberá, que se negaba a dimitir y a renunciar al aforamiento en el Senado.

¿Y por qué habló de pronto Barberá, pero no para dimitir ni asumir sus responsabilidades sino para injuriar a Ciudadanos y retar a Bonig y a cuantos en el PP regional y nacional pedían su dimisión? La razón de tan súbita y estrepitosa locuacidad pasó inadvertida tras el triste espectáculo de degradación de una de las figuras más notables en la vida política local y nacional de los últimos treinta años. Fue a la hora de la siesta, cuando aún pesaba en los estómagos más fuertes la rueda de prensa de la que ha sido alcaldesa de Valencia durante un cuarto de siglo, y revistió la forma de una nota de la Fiscalía Central de Valencia, cuyas frases esenciales, reseñadas por Xabier Borrás en El Mundo, se referían al llamado Caso Ritaleaks, que en teoría estaba listo para enviar a la Fiscalía del Supremo y así afrontar el aforamiento en el Senado de Barberá que frene o aplaza su procesamiento.

Pues bien, lo que sólo podía referirse a Barberá, porque, en relación con este caso, no hay otro político aforado en el Senado, quedaba matizado y embrollado así: "Es incierto que se haya hecho afirmación alguna en esta Fiscalía acerca de que se vaya a presentar querella contra Rita Barberá"; (el caso) "está pendiente de la práctica de las diligencias acordadas" (y) "será al término de estas diligencias cuando se tome la decisión oportuna". Si Rita dio la cara después de dos semanas escondiéndose fue porque conocía la nota de marras, que es un monumento a la mendacidad: no hacía falta decir que era Barberá la persona afectada por las pesquisas porque sólo ella está en circunstancias de aforamiento; y es obvio que las diligencias acaban cuando acaban, lo raro es anunciar que, por tiempo indeterminado, no van a terminar. Es decir, que Rita tiene por delante tiempo para tratar de mejorar su comprometida situación. Dos desvergüenzas fiscales al servicio del PP.

Por si había duda de que hablaba para mostrar el apoyo del Gobierno que a continuación evidenció la Fiscalía, Rita culminó su rueda de Prensa agradeciendo su apoyo a varios dirigentes del PP nacional: su "amigo" Rajoy, el primero; luego, Cospedal, Villalobos, dos "sorayos" (Alonso, Oyarzábal) y Catalá, el ministro de Justicia, que, dijo, "no ha podido hacer más". Ni ella, al agradecérselo, acusarle más claramente de prevaricación.

Esto quiere decir que, mientras siga al frente del PP y estemos en trance electoral –que va para largo- Rajoy va a utilizar descaradamente la fiscalía para frenar o retrasar todos los procesos de corrupción que afecten a sus fieles, sean tierras o personas. Y, efectivamente, al día siguiente la fiscalía de Málaga pidió el procesamiento de Ignacio González y Enrique Cerezo que en la instrucción se había descartado por falta de pruebas. O sea, que para el PP de Madrid se corre lo que para el de Valencia se frena.

El alarde rajoyano de Horrach

Muchas fueron las falsedades de Rita Barberá en su rueda de prensa, pero de todas las cosas que dijo desconocer, ninguna menos creíble que su ignorancia sobre dinero entregado a Urdangarin por su vicealcalde Grau en nombre de la alcaldía, malversación por la que se sienta en el banquillo del Caso Nóos. Pero precisamente en Palma y coincidiendo con el alarde de Rita en Valencia, Grau protagonizaba uno de los volatines más inesperados del caso, jurando que Barberá no sabía nada de la entrega del dinero, tres millones de euros entre la Alcaldía y la Comunidad, cuando llevaba meses diciendo que se vengaría de su abandono contando como ella se lo ordenó. ¿Qué ha pasado para que el despechado Grau vuelva a observar la omertá? Pues, evidentemente, que Rita puede ahora ofrecerle la protección que a ella misma le faltaba. O sea, que Rajoy va a echar el resto para salvarlos.

No ha sido el único alarde palmesano de Rajoy, Catalá y la Fiscalía. El tristemente célebre Horrach ha batido todas las marcas de obediencia -y desvergüenza- al salir en defensa de Cristina de Borbón cuando le tocaba atacar a Urdangarín. La jueza, que va curtiéndose en materia de descaros, tuvo que llamarle la atención varias veces y toda la prensa, sin excepción, destacó la escandalosa parcialidad de la Fiscalía, es decir, del Gobierno, en defensa de unos sujetos, Cristina y su cónyuge, que han mostrado su cara más lamentable, en lo moral y lo intelectual, en especial Urdangarín, que de pronto ha olvidado todas las fechorías que antes reconoció. Se dirá que una persona en su situación tiene derecho a hacer lo que pueda para defenderse, empezando por mentir. Lo inaceptable es que en un caso como éste el fiscal se convierta en abogado defensor de un personaje que paga los privilegios disfrutados ofendiendo a la ciudadanía con una zafia exhibición de trolas.

Y aún es más chocante que, como en el caso del vicealcalde Grau, el hasta ahora máximo enemigo de Urdangarín, su socio Diego Torres, al que debemos la constancia escrita de la indescriptible patanería urdangarinesca, pierda a medias la memoria al tercer día de declarar, pero no tanto que no recuerde, ahora, que Juan Carlos I y Corinna patroneaban la trama delictiva y suscriba lo que Horrach viene defendiendo: que Cristina de Borbón, la cabeza de Nóos y Aizoón, no sabía absolutamente nada de lo que robaba.

Atacar al Padre para asustar al hijo

Pero quiero abordar lo más grave, a mi entender, en la actuación de la fiscalía, dejando que una persona de familia de jueces y que pasa por ponderada Victoria Prego, explique cómo ha quedado el Caso Nóos tras los últimos tejemanejes de Horrach y las ágiles volteretas de Torres y demás:

Diego Torres se esforzó en transmitir a la opinión pública, más que al Tribunal, la información de que el Rey Juan Carlos, junto a los miembros de su Casa, no sólo estaban al tanto de las "impecables" actividades del Instituto Nóos, sino que prácticamente el anterior jefe del Estado era el CEO de la empresa." (…) "De seguir así las cosas, nos vamos a encontrar con un relato que describe las andanzas del Instituto Nóos como un proyecto tutelado, ¡qué digo tutelado!, conducido y dirigido por la Casa Real, cuyas instrucciones seguían obedientemente un profesor de alto nivel y un yerno bobo que no se enteraba de nada, y que ponía en práctica un administrador que ideaba todas las fechorías. A ver quién se cree este cuento.

Pensemos, más bien, a quién beneficia y perjudica el cuento y que no sólo lo cuente Diego Torres sino que, en la práctica, lo respalde el fiscal. Al tiempo que Barberá exhibía el apoyo del Gobierno, en Moncloa se filtraba la frase –famosa en Valencia- con la que Rita le habría explicado a Rajoy por qué ella y Camps le dieron 3,2 millones de euros a Urdangarin: "Si te lo hubiera pedido la misma persona que a mí, tú se los habrías dado igual".

¿Pero trata sólo Rajoy de defender a Barberá, Horrach mediante, a cambio de su silencio en eventuales escándalos de financiación ilegal del PP a punto de salir? ¿No es demasiado arroz para tan poco pollo mostrar no sólo en un testimonio sino en la estrategia del Ministerio Público a Juan Carlos I y su amante como los diseñadores, controladores y responsables últimos de los grandes latrocinios de los beatos inocentes Iñaki y Cristina? ¿Tanto vale el silencio de Rita? ¿O tanto vale poner contra la pared al Rey?

Me refiero, naturalmente, a Felipe VI, contra el que Rajoy ha llegado a teledirigir un editorial en La Razón –donde se ha inaugurado la era de los periodistas que aplauden a los líderes del PP, sórdido privilegio reservado hasta ahora a los líderes totalitarios de izquierdas- criticándole duramente por encargar a Sánchez la formación de Gobierno que él había rechazado. Desde entonces, la hostilidad contra la Zarzuela ha crecido hasta convertir el Pacto del Cortafuegos de Campechano I, Spottorno, Rajoy, Gallardón y Torres Dulce, que buscaba salvar a la Infanta condenando a Urdangarin, en una condena moral a la Corona para salvar a la pareja. A Juan Carlos I ya no puede hacerle demasiado daño esta estrategia, pero a Felipe VI, sí. En un momento en que la Corona se ha relegitimado extraordinariamente ante la opinión pública, pero en el que deberá tomar decisiones controvertidas, y tal vez contrarias a la conveniencia de Rajoy, morder los zancajos al Padre es una forma de mostrarle los dientes al Hijo. Aunque tiemble el Misterio.

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