Congreso del PP

Primero, los votantes; luego, los militantes; y después, los dirigentes

Federico Jiménez Losantos
Para hacer una valoración responsable del XV Congreso del PP, en un momento especialmente grave para España y, por tanto, para la única fuerza realmente nacional que tenemos, hay que esperar a que termine, a que se perfile el discurso político de la nueva dirección, y, lo más importante, a ver la sensación que cala en la ciudadanía, las impresiones que toman cuerpo en la opinión pública y que, al final, se convierten en el hecho político en sí, porque vivimos o queremos vivir en una democracia y nada se debe hacer de espaldas a la ciudadanía.
 
Desde el comienzo mismo del Congreso se han perfilado dos discursos políticos de letra similar pero de música muy distinta. Gallardón y Esperanza Aguirre, e incluso Gallardón y Zaplana, han escenificado dos formas de entender el futuro de España y, por ende, del PP. En principio, no deberían ser excluyentes, ya que aparentemente los rasgos esenciales de su propuesta política son mucho más parecidos de los que tienen las distintas facciones de Izquierda Unida o los dos partidos socialistas, el PSC y el PSOE, en torno a los que se articula hoy la mayoría gobernante de izquierdas. Sin embargo, las dramáticas circunstancias en que el PP perdió las pasadas elecciones, por la torpeza propia y la abyección ajena, obligan a una claridad por parte de Rajoy y el nuevo equipo dirigente que ni es costumbre en el PP ni resultará fácil de entender por todos.
 
Cualquiera que haya vivido la crisis de los 80 en la derecha española, en UCD, AP y el CDS, que son los tres ríos que confluyeron en el PP, reconocerá muchos síntomas en la situación actual. Y probablemente reconocerá más en el futuro inmediato, porque la naturaleza humana no varía desde Atapuerca, porque la naturaleza del Poder suscita siempre las mismas apetencias y comportamientos, casi nunca buenos, y porque dentro del PP ni se ha producido una mutación genética ni puede producirse una inversión de las conductas. Los liberales, que desconfiamos por principio del Poder y de la tendencia a abusar de él que tienen los humanos, por buenos que sean o parezcan, no podemos caer en el angelismo, porque en política no hay ángeles, salvo quizás las víctimas del terrorismo como Miguel Ángel Blanco, que deberían ser los ángeles de la guarda del PP pero a los que no se encomiendan las ambiciones naturales del político y de la política.
 
Personalmente, si algo tengo claro a la luz de la terrible experiencia de los 80 y de los 90, incluso hasta marzo de este 2004, es que hay que preservar lo que más vale de la derecha española, que es su base social en un sentido amplio, ese formidable bloque que se ha ido forjando lentamente y que mantiene unidas a tres generaciones en torno a unos valores muy claros: España y la libertad individual, que es inseparable de la propiedad privada, la libre empresa y la defensa de la igualdad de los ciudadanos ante la ley, que constituye la base de nuestra nación y es el único norte de la civilización occidental, a la que pertenecemos y nos pertenece. Ahí, en la tradición respetable y la innovación deseable, en el respeto a nuestro mejor ayer como base del mañana está la fuerza del PP, expresión política de media España, pero, cuidado, expresión no imperecedera ni indestructible.
 
Lo primero para encauzar el futuro inmediato del PP es, pues, respetar a sus votantes, algo que no es costumbre en los políticos de la Derecha, más acomplejados y oportunistas que los de la Izquierda, más predispuestos a avergonzarse de su base social que a valorarla, protegerla, comprenderla y mejorarla. Lo segundo, respetar a los militantes, esas 700.000 personas, ciudadanos españoles por propia voluntad, que forman la mayor fuerza política democrática que haya existido nunca en España, pero que están clamorosamente desaprovechados por sus líderes, incapaces de hacer valer en la calle la inmensa fuerza que atesora. Sí, en la calle, porque mientras la Derecha no sea capaz de salir a la calle a defender lo que cree y piensa, a demostrar que es tan fuerte como pueda serlo la Izquierda e incluso más, vivirá instalada en ese estúpido complejo de legitimidad que envalentona a la peor izquierda y a todos los enemigos de España.
 
Y en tercer y último lugar, merecen un respeto los dirigentes, sobre todo los que lo merezcan. Pero como las crisis de dirección afectan a todo el partido y repercuten en los votantes, los medios que tenemos más influencia en el ámbito político de la derecha deberemos abordar el futuro inmediato con humildad, con sentido nacional y con el escarmiento de la experiencia. Al día siguiente del Congreso empieza realmente un proceso de transición interno dentro del PP cuyo fin podemos desear pero no adivinar. Y en él, los valores y las ideas son o deben ser más importantes que las tácticas electorales y las estrategias políticas, no digamos ya que los dirigentes, por naturaleza fungibles y perecederos (salvo la posible excepción mutante de Don Manuel Fraga). En los próximos meses, acaso años, los medios liberales y conservadores vamos a tener la tentación de jugar a aprendices de brujo, a electores de los elegibles, a fabricantes de líderes. Esperemos resistir esas tentaciones que, con toda seguridad, se producirán. Será más fácil si tenemos en cuenta los valores que nos forman, las ideas que nos mueven y la nación a la que servimos. Y que, insisto, primero son los votantes; luego, los militantes; y después, sólo después, los dirigentes. La Derecha, esta derecha democrática, liberal y conservadora que no hay que inventar porque ya existe, es más importante que sus líderes, que todos ellos, sin excepción. No podemos destruir un instrumento hoy por hoy imprescindible para la acción política como es el PP. Pero se anuncian tiempos de dificultad y, por ende, de responsabilidad. Debemos estar preparados para afrontarlos
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