PP Gotera y Tony Otilio, chapuzas submarinas a domicilio

Federico Jiménez Losantos
A propósito de la visita de los técnicos nucleares españoles al submarino "Tireless" en Gibraltar, recordaba este viernes Alberto Míguez a los descacharrantes "Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio", que durante muchos años han acompañado el éxito de "Mortadelo y Filemón". Sabíamos, por confesión del ilustrado ex-presidente, que las criaturas de Ibáñez eran la lectura favorita de Felipe González, pero, la verdad, no sospechábamos que sus vecinos de página fueran los inspiradores de la estrategia de imagen de José María Aznar y Tony Blair, o viceversa. Así que, siguiendo la sátira de Míguez y adaptándola a esta hispanobritánica dependencia del tebeo como filosofía psicopolítica, podemos bautizar la hazaña informativa gibraltareña como "PP Gotera y Tony Otilio, chapuzas submarinas a domicilio". Y como subtítulo, "Resbalón en el Peñón".

Los técnicos españoles que visitaron el submarino confesaron poco después de su incursión en el "Tireless" que, aunque pasara algo grave en el submarino averiado, ellos serían incapaces de detectarlo, porque no tienen ni idea de submarinos nucleares; lo suyo son las centrales. Nada más natural: España tiene varias centrales nucleares de producción de energía y ni un solo submarino nuclear. Lo raro sería que los técnicos españoles supieran mucho de submarinos y nada de centrales. Pero, siendo legos en esa materia, ¿por qué se prestaron al paripé de la visita? Y, sobre todo, ¿por qué dos tíos tan listos como Aznar y Blair montaron semejante mascarada? ¿A quién creían que iban a engañar? Bueno, a quien querían engañar es evidente: a todo el mundo. Pero, ¿cómo pudieron pensar que no se iba a descubrir semejante chapuza?

La respuesta, como diría Valle-Inclán, "viene en la Historia". Está archidemostrado que por muy listo que sea el que llega al Poder, al final acaba idiotizado por la combinación de dos factores: el ensoberbecimiento del líder y el envilecimiento informativo del entorno, porque no hay nadie capaz de hacer bajar de la nube al mandamás sin hacérsele antipático y perder el cargo. Tony Blair debe de tener también una portavocía del Gobierno como la que disfruta Aznar y padecemos los ciudadanos españoles. Pero aunque las hazañas de Pío Cabanillas Alonso, sus disputas con el Zarzalejos monclovita, sus desencuentros mundiales con Piqué y sus desavenencias e incompatibilidades con la información política -la última, clamorosa, a propósito del documento interno del PNV desvelado por la COPE- son el pan nuestro de cada día, al final, el responsable de que estén ahí todos ellos, Cabanillas , Zarzalejos y Piqué, y el que decide que los técnicos nucleares españoles protagonicen la fantasmada de Gibraltar es el Presidente del Gobierno. A lo mejor no es el culpable directo del fiasco, pero el responsable no puede ser otro. En esta ocasión, otros: dos por el precio de uno.

Los que crean y fomentan ese círculo de opacidad y ese circo de truhanería informativa son los propios presidentes. Y, en el caso español, no se puede decir que sea por ignorancia del medio, porque Aznar nació sobre una linotipia y debajo de un micrófono. Sucede que una de las características del Poder en las democracias, aunque son regímenes de opinión pública, es tomar a los ciudadanos por tontos. El resultado es que, más pronto que tarde, los políticos acaban pareciendo imbéciles. Lo de Gibraltar es una payasada siniestra que también se lo hubiera parecido a Blair y Aznar recién llegados al Poder. Ahora habrán creído que era una ocurrencia genial. Y tan genial. Sólo ha faltado Mortadelo.
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