Olímpicas ambiciones y vaticanos consuelos

Federico Jiménez Losantos
Cuentan que cuando Javier Arenas le dijo a Gallardón que Aznar había concebido la feliz idea de que renunciase a la Comunidad de Madrid y se presentase a la alcaldía, el todavía presidente autonómico le contestó que tanta felicidad le parecía excesiva. Vamos, que no tragaba. Y que si Aznar quería algo que se lo dijera en persona. Lo hizo. Y se dice que ante la inicial negativa de Gallardón, la disyuntiva faraónica se concretó amenazadora como nube oscura sobre el Bajo Nilo: o la Alcaldía o nada; que se lo pensara.

Y por los mentideros de la Villa y Corte corre también la especie de que Gallardón no quiso pensárselo solo y que reunió para aconsejarse a dos amigos que las malas lenguas reputan socios: Florentino y Fefé. Que ambos le desaconsejaron la desobediencia y, por el contrario, le incitaron a aceptar con entusiasmo la Alcaldía porque Madrid bien podría ser sede olímpica de aquí al 2012 y no hay sino recordar a Maragall en Barcelona 92 para saber lo que es una ambición casi colmada. Siempre sólo casi. Y entonces Gallardón dijo que sí y empezó a imaginar estampas de su sólida faz ornada con pentagafas de colores: cinco cristales redondos a modo de los cinco aros olímpicos.

Con el que aparentemente se ha portado Aznar como un cochero, evitando la metáfora porcina, es con Álvarez del Manzano. Pero también se da por hecho en los Madriles que el edil sevillano colmará sus ambiciones de jubilación con la embajada en el Vaticano. O en la de Roma, mientras se retira de la umbría luminosa de San Pedro el impecable Carlos Abella o lo retira su
estupenda esposa, la pintora Pilar de Arístegui. Para Manzano, democristiano al fin y al cabo, no cabe mayor consuelo ni jubilación más jubilosa. Y más vale que se consuele, porque esto es lo que hay. Qué cosa, la política.
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