O Arriolas o Simeones

Federico Jiménez Losantos

En sólo dos días, la opinión pública ha podido asistir a dos grandes espectáculos de masas que resumen las dos formas de entender las cosas en la España actual. El jueves, en la 1 de TVE, cadena pública en quiebra cuyo director parece un sobrino de Mario Conde en los 90 y cuya plantilla supera en número -no en resultados económicos, artísticos o de otro tipo- a las cuatro grandes cadenas privadas juntas, el eurocandidato del partido en el Poder, Miguel Arias Cañete, perdió, según opinión general, incluida la del propio Arias, el amañado debate frente a la candidata del PSOE, Elena Valenciano, a quien denominar mediocre sería hacerle demasiado favor.

En dos semanas de carrera electoral, Cañete le sacó cuatro puntos a su rival. En una hora de debate, siguiendo la táctica clásica del gurú del PP Pedro Arriola, Cañete se pegó una bofetada que él mismo convirtió en trompazo al día siguiente, diciendo a una de las telepresentadoras sociatas que siempre triunfan con el PP –es otra de las caras del arriolismo- que no había querido abusar de su superioridad intelectual frente a Valenciano para que no le tacharan de machista. O sea, que prefirió perder para que no le criticaran si ganaba. Esto parece una sandez, pero, en realidad, responde al pensamiento profundo de la derecha que se sustancia en el arriolismo: se gana sólo si la Izquierda quiere perder; se pierde si se juega a ganar.

Con Arriola, está prohibido el riesgo, la improvisación, la individualidad, la sinceridad, la naturalidad, el compromiso, la brillantez, el rigor intelectual. Y no es cosa de Cañete. Lo hemos visto en los debates de Aznar, Rajoy, Pizarro, Mayor Oreja y otras víctimas del hombre que mejor sabe explotar los complejos de la derecha. Porque Arriola no es sólo un mercachifle que provoca vergüenza ajena cuando explica su táctica electoral: es el maletín de los complejos de Maricomplejines. Es la incapacidad de la derecha para convivir consigo misma sin disfrazarse. Es el sexo del eunuco. Es la razón de que media España, la más valiosa, crea que no vale absolutamente nada.

Simeone o la negación de la derrota

El sábado, casi toda España –sin duda más de la que quiso ver el debate- asistió al triunfo liguero más merecido en los últimos años: el del Atlético de Madrid entrenado, dirigido, acaudillado, sugestionado, embrujado o, en una palabra, convencido, por Diego Pablo Simeone. De los tres grandes que han podido ganar la Liga este año –Real, Barça y Atlético- sólo ha habido uno que ha luchado hasta el último aliento por ganar. Lo ha hecho en un partido que ha exigido el estilo, el valor, el esfuerzo que a lo largo de esta temporada lo ha caracterizado. Debió sobreponerse a la lesión de sus dos estrellas, Diego Costa y Arda Turan, y a un gol del Barcelona que no volverá a marcar Alexis ni en su trigésimo novena reencarnación. Lo hizo en el campo del Barça, casi más ancho que largo y con una afición entusiasta, aunque yo creo que convencida de que su equipo no iba a ganar.

Podía haberlo hecho, porque el fútbol tiene mucho de suerte, pero sobre la suerte está el convencimiento de que se la puede vencer. Y así, se vence. No siempre, pero es la única manera de vencer. En un partido dificilísimo, nunca dio el equipo por perdido un balón. Courtois, el mejor portero de Europa, apenas actuó. Su defensa fue de granito. Y su centro del campo, no peor que el mejor del mundo -Koke, Gabi, Thiago- hizo casi innecesaria la delantera. Pero, sobre todo, el Atlético de Madrid ha sido el equipo que ha creído en sí mismo y en que era capaz de ganar siempre. Y en la Liga, el campeonato de la regularidad, de los nervios y los músculos, del talento y el sacrificio, lo ha conseguido. Antes, lo había merecido. Al final, lo ha logrado. Y aunque caiga en Lisboa (todos los grandes pierden) hay que felicitarlo. Porque en la vida se puede ir de arriola o de simeone. Y aunque los simeones no siempre ganan, los arriolas merecen perder siempre.

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