¿No era delito el racismo?

Federico Jiménez Losantos
Cuando la clase política española, en uno de sus habituales ejercicios parlamentarios de funambulismo ideológico y tartufismo histórico, decidió incluir en el Código Penal el delito de racismo, comentamos el absurdo que suponía tipificar lo que no es o no tiene por qué ser una conducta, sino más bien una idea o una disposición ideológica, en muchos casos imposible de evaluar con precisión y, en consecuencia, de sancionar adecuadamente. Sin embargo, el precedente español de la condena a León Degrelle por su negación del Holocausto judío a manos de los nazis hacía legalmente posible –aunque fuera discutible– esa manera de concretar la lucha cívica contra uno de los elementos más letales para la libertad, la convivencia y la siempre relativa paz social.

Ahora bien, que el racismo sea delito –como lo es en España– y que al mismo tiempo la clase política que crea esa figura en el Código Penal promueva oficialmente el culto o aprecio civil de los más redomados racistas venidos al mundo en nuestro suelo es algo más que una incoherencia. Es una tomadura de pelo y una demostración de que buena parte de nuestra clase política considera que el racismo es una simple arma arrojadiza en el debate entre partidos, un agravio siempre achacable a los demás, jamás una responsabilidad que debe empezar por uno mismo antes de exigirla a los otros. Por eso es plausible, oportuna y de más eco del que ha tenido en los medios de comunicación, la creación de la plataforma “Fuera Sabino Arana” y el acto cívico de repulsa que una serie de asociaciones y partidos, de muy distinta tendencia pero con el denominador común del antirracismo, llevaron a cabo en Barcelona, en la calle que el Ayuntamiento del PSC e IC ha dedicado al delirante y siniestro fundador del PNV.

Se entiende que para los nacionalistas catalanes –y la izquierda catalana ya es poco más que eso–, cualquier nacionalista en bueno. Incluso cuando, como en Sabino Arana, no hay una sola palabra suya que no revele el racismo más abyecto y la xenofobia más atroz. Añadamos que en el terrorismo etarra uno de los elementos ideológicos esenciales es el racismo sabiniano, más o menos confesado. Y que la presencia del PNV en la vida vasca incluye una continua exaltación de ese orate criminoso que en mala hora para la libertad fundó el bizkaitarrismo, origen directo del partido de Arzallus e Ibarreche. La lucha contra el terrorismo tiene un aspecto esencial, que es el ideológico, y por eso los partidos españoles democráticos en el País Vasco y Navarra –PP, PSOE, UA y UPN– deberían seguir esta iniciativa barcelonesa llena de valor cívico y sentido común.

También en eso debe notarse el 11 de Septiembre: que los intelectuales y políticos “distinguidos” con el premio Sabino Arana por el PNV tengan que justificar su filiación moral con este antecedente rural de Hitler. Y que desaparezca de las calles, plazas y parques de nuestro país el nombre del padre espiritual de lo más negro y abyecto de la España actual. Si el racismo es delito, Sabino Arana, sinónimo de racismo, es perseguible de oficio. Y execrar el culto a su nombre es un deber de todos los amigos de la libertad. No se debe tolerar pasivamente la idolatría a ese energúmeno. Hay que actuar contra ella.


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