Manuel Fraga "Adenauer" pone a todos en su sitio

Federico Jiménez Losantos
Ni los más optimistas del PP habían supuesto unos resultados como, a expensas del recuento final de los votos y de las reclamaciones técnicas subsiguientes, arrojan ya las elecciones gallegas. Es sencillamente espectacular la fortaleza demostrada por el Partido Popular y más en concreto por su líder, Manuel Fraga, que ha sido el blanco de todos los ataques en esta campaña electoral. Lo menos que se le ha dicho es que estaba mayor, gagá, anciano, moribundo o para la jubilación forzosa. Curiosamente, incluso los que, como el BNG, llevan doce años identificando a Fraga con Franco y apelando al supuesto antifranquismo gallego para echarlo del Palacio de Raxoi, han dejado esta vez de hacer impugnaciones políticas y se han limitado a las estéticas, centrándose obsesivamente en unos carteles electorales bastante chuscos que presentaban una especie de Fraga virtual, hijo del ordenador más que de la fotografía. Pero lo significativo políticamente es que ni PSOE ni BNG han puesto en cuestión los méritos de Fraga en sus tres legislaturas de Gobierno. Se han limitado a pedir su jubilación.

Y parece que, puestos a jubilar a alguien, lo que el electorado gallego considera más urgente es jubilar a la Oposición. Y, desde luego, a convertir a D. Manuel Fraga Iribarne en D. Manuel Fraga “Adenauer”, a imagen y semejanza de aquel estadista alemán que hasta bien pasados los noventa años no dejó que la biología interrumpiera una vocación y una eficacia políticas en la que los votantes confiaban una y otra vez. En la política, las reglas de la mercadotecnia tienen sus límites. En la democracia, los resultados valen más que los desperfectos estéticos. E incluso en cuanto al carné de identidad, no se sabe que revela más deterioro vital, si Fraga ganando por cuarta vez por mayoría absoluta a sus 79 años o Beiras perdiendo por quinta vez consecutiva a sus 65.

Pero el BNG tal vez pueda consolarse al repetir resultados, aunque esto sea dudoso después del enorme gasto en la campaña que les ha permitido el poder financiero-municipal de su alianza con los socialistas. Y hasta podría dejar a Beiras por una temporada al frente de la coalición porque, pese a los síntomas de agotamiento de su liderazgo, tampoco parece haber en la malgama de nacionalistas de toda laya y opotunistas de todo pelaje una alternativa clara al barbudo y jupiterino líder del BNG. El que puede consolarse con poco es el Partido Socialista de Galicia, PSG-PSOE, que podría conseguir el dudoso milagro de empatar en votos y hasta en escaños con el BNG. Pero lo que puede consolar en Santiago no es suficiente en Madrid. En vez de comenzar por Galicia la Reconquista de España o al menos la erosión de los bastiones de poder del PP de Aznar, lo único que ha demostrado Zapatero es que la renovación que él supone o representa, en sí, no significa nada. No es que Pérez Touriño haya sido un mal candidato: simplemente, ha puesto de manifiesto la endeblez del proyecto de Rodríguez Zapatero para toda España. Y lo mismo que si Touriño hubiera conseguido la Presidencia de la Junta de Galicia, aún de la mano de Beiras, el triunfo se lo habría apuntado Zapatero, la derrota de Touriño y que el PSOE empate en su derrota con el BNG también se anotará en el debe del líder socialista, que sale de Galicia como entró, es decir, con una debilidad alarmante. La crisis socialista en el País Vasco y el frívolo patinazo de Maragall en la moción de censura contra Pujol han sido los episodios más destacados de su partido durante esta campaña electoral. Esta derrota , porque derrota es, supone el tercer resbalón en pocos días para un candidato que sigue sin proyecto nacional y también para un partido, el socialista, cuyo poder sigue residiendo más en los poderes fácticos del ayer –González y Prisa- que en las posibilidades del mañana. O Zapatero endereza mucho el rumbo de la nave o, a este paso, no llegará nunca a puerto. En cuanto al PP, el “Patrón” le brinda a Aznar la posibilidad de consolarse de los muchos disgustos y sofocones recientes, en especial del Caso Gescartera, pero sobre todo de proceder a la renovación de un Gobierno en estado comatoso, desde el área de Economía hasta la de Sanidad de humanos y animales, sin olvidar ese área de Presidencia donde no se sabe qué sorprende más si la abundancia de efectivos o la falta de eficacia. Como Zapatero, tampoco Aznar tiene mucho tiempo, si es que de verdad quiere irse. Pero Fraga –que lo ha dicho públicamente- y sobre todo su victorioso ejemplo constituyen más bien argumentos sólidos para quedarse o procurar seguir en La Moncloa. Probablemente los vamos a oir mucho después del triunfo del PP en Galicia.
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