Los polanquitos de Aznar

Federico Jiménez Losantos
Faltan pocas horas para que se consume una de las decisiones políticas más serias y de más consecuencias para el futuro de las que ha tomado hasta la fecha el Gobierno Aznar. Sin duda la más seria y la más grave en materia de medios de comunicación, que al cabo son decisivos en la formación de la opinión pública, alma y nervio de la democracia. Falta poco para que José Manuel Lara y Nemesio Fernández Cuesta sean investidos, por obra y gracia de las concesiones de televisión digital terrestre, caballeros de la Orden de Polanco, que traducido al aznarí significa algo así como "Caballeros polancos, a mis órdenes". Enhorabuena a los caballeros. Elegía por los caballos. Adiós a los burros.

Lo significativo en la elección de Aznar -que no de Piqué, aunque se le adjudique al catalán- no es tanto lo que toma como lo que deja. Lo importante no es que se refuerce aún más el papel de Lara o que se insista en reforzar el de Nemesio, sino que ni "El Mundo" ni la COPE reciban lo que, con muchos más méritos que los agraciados, podían aspirar a recibir. Méritos profesionales y méritos políticos, porque sin la COPE de los náufragos del antenicidio y sin la tenaz política antifelipista de Pedro Jota difícilmente Aznar habría llegado a la Moncloa. Precisamente por eso los castiga Aznar. Para mostrar su generosidad personal y para evitar que por razones de principio, de defensa de la ética ciudadana y la democracia institucional pueda pasarle a él lo que, según el felipismo, le pasó a González: que "el sindicato del crimen" cometió el "crimen" de echarlo de la Moncloa .

Tras Antonio Asensio, Juan Villalonga y Pearson-Recoletos, esta es la cuarta apuesta mediática, doble como en las quinielas, de José María Aznar. En vez de un Polanco, dos, que para eso tenemos mayoría absoluta. Pero, además de frenar la expansión de "El Mundo" y tratar de que la COPE se rinda a Prensa Española, Aznar hace otra cosa terrorífica: dejar a cualquiera de sus herederos y sucesores naturales sin medios naturales por los que respirar y con los que aspirar a lo que legítimamente tienen derecho. Ni pluralidad, ni legítima ambición. Aquí no hay más ambición legítima que la de Aznar ni más pluralidad que la de Polanco frente a otro Polanco. O dos polanquitos, porque tampoco conviene que uno solo se crea demasiado poderoso. También ahí rige la teoría de la dispersión. En fin, el que tenga vista para ver, que vea y el que tenga oídos para oir, que oiga.
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