Los españoles quieren intervenir en Ucrania, pero no en España

Federico Jiménez Losantos

Entre el 8 y el 11 de marzo, en seis países de la UE -Alemania, Italia, España, Francia, Países Bajos y Grecia: unos 300 millones de habitantes y una de las rentas per cápita más altas del mundo, por encima de los USA- se hizo una encuesta sobre la invasión de Ucrania por Rusia y las medidas que se estaban tomando o pudieran tomarse para impedirla. De todos ellos, el país más indignado y más dispuesto a intervenir es España. La media que considera "inaceptable" la invasión es del 80%, con Países Bajos y España al frente: 88% y 85´8%, pero los españoles somos los que más refugiados aceptarían acoger: un 85%, un 11% por encima de la media europea. La mitad de esos españoles incluso acogería a más de los que le corresponden por su peso económico en la UE. España es también el país de los seis que más apoya su incorporación a la UE, 53% de inmediato; 23% en dos años.

Sanciones económicas, Ejército Europeo y más OTAN

Aunque creen que las sanciones económicas contra Rusia no serán eficaces o lo serán limitadamente, los españoles las apoyan sin reservas. Pero lo más llamativo es su apoyo al rearme europeo: un 51% (la media es el 42%) cree que la OTAN no es suficiente y la UE debería crear su propio ejército, y un 28% (la media es un 30%) cree que la OTAN es suficiente.

¿Convicción moral? ¿Reflexión ética? Ojalá, aunque fuera fruto de una indignación de sofá viendo la tele, que informa detalladamente sobre la masacre de Putin en un hospital, una maternidad o un canal de evacuación de civiles que sus tanques convierten en trampa mortal. Pero estoy seguro de que hay encuestas en las que los españoles son los más favorables de la UE a la solución diplomática de los conflictos y a evitar cualquier acción militar. De hecho, somos el país que menos destina a Defensa, pero nunca se ha protestado en la calle, ni siquiera tras el asalto a la valla en Melilla.

La desafección ante la naturaleza de los ejércitos, que siempre fue la de matar y morir en defensa de un país y de una serie de valores, alcanza a la misma cúpula militar, convertida en una oenegé pacifista para siniestros varios, adobada con un centro de estudios del desistimiento. Un almirante ha defendido en la radio que es inútil la resistencia de Ucrania a la invasión porque tiene de antemano perdida la guerra con Rusia. El oficial habrá estudiado nuestra Guerra de la Independencia, pero es evidente que está con los que se humillaron ante Napoleón, no con los patriotas españoles que lo combatieron. Ha llegado a JEMAD "Julio el Rojo", cuya máxima hazaña fue la de ordenar a un comando enviado a África para rescatar un barco secuestrado por los piratas que no lo asaltara y se volviera a casa. Los generales españoles tienen mejor formación que el Consejo de Ministros de Sánchez, pero los que ascienden y hablan perecen monjes hortofrutícolas, como llamó Trillo a las zonas de los nuestros en una guerra casi olvidada. Desde Narcís Serra, además de los profesionales que prefieren no opinar, los que más rápidamente ascienden son los que condenan la guerra. "Yo prefiero morir a matar", dijo Bono. Y de camino, hacerse rico, intentando vender fragatas al régimen chavista, genocida y narcotraficante. Mitad pícaros, mitad pacifistas, los generales que salen en la tele actualizan sin querer los geniales esperpentos de Valle Inclán en Martes de Carnaval.

Las fronteras sucesivas de España

Desde la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, España debía defender las fronteras del Marruecos español, el Sahara y Sidi Ifni en África noroccidental, y Guinea y Fernando Póo en el África Ecuatorial. Tras la entrega de Sidi Ifni y la independencia de Guinea, la presencia española en África, aparte de Ceuta, Melilla y las Canarias, españolas desde hace siglos, se limitó al Sahara, que quedó bajo una doble presión: la de Marruecos, en el bloque occidental, y la de Argelia, en el soviético. En 1975, tras la revolución de los Claveles en Portugal y con Franco en las últimas, Marruecos invadió el Sahara con la Marcha Verde, sin que nuestro Ejército recibiera órdenes de impedirlo. Fue una retirada poco honrosa que se explica por nuestra situación interna y por la preocupación occidental ante el avance soviético en África, que se hizo con el imperio portugués, en especial Angola y Mozambique, donde mantenía guerrillas comunistas.

El Sahara español era la ventana al Atlántico que soñaban Argelia y la URSS. Para ello crearon el Frente para la Liberación del Sahara y Río Muni, POLISARIO. Y para desestabilizar el otro lado de esa ventana, las Canarias, el MPAIAC de Antonio Cubillo, con una radio separatista que propugnaba desde Argel la secesión de las islas y la unión con el Polisario en un nuevo Estado. Era un plan soviético que apoyó la izquierda española, salvo en Canarias, donde, tras el atentado contra Cubillo, sólo el comunista Sagaseta lo defendió en las Cortes. Felipe González se presentó en Tinduf, capital polisaria, y apoyó la independencia saharaui a través del referéndum de autodeterminación, salida diplomática para la ONU, con España como potencia administradora. Con una población nómada, cuyos jefes compró Marruecos, y tras décadas de onerosa guerra, nunca se hizo y ya no se hará.

La solución diplomática ha sido un hábil eufemismo mediante el que España se ha quitado de en medio y ha dejado que Marruecos y Argelia se maten por un desierto del que también el Polisario nos echaba por el terror. Los que defienden el deber moral de España con el Polisario olvidan los salvajes atentados de Ghali contra nuestros soldados y marineros canarios. Pero, sobre todo, olvidan que, tras nuestra salida militar del Sahara, el eje de defensa es el Baleares-Estrecho-Canarias, y los problemas esenciales son el acceso al gas de Argelia y la inmigración ilegal por Marruecos. Todo lo sucedido en estos últimos años se reduce al forcejeo de las dos potencias del Magreb, embarcadas en un rearme militar espectacular, preludio de una guerra feroz que no se ha desatado por el actual equilibrio de fuerzas.

El inexplicable vaivén de Sánchez

Pero Marruecos la cree segura, de ahí el reconocimiento de Israel a cambio de su mejor material, bien explicado por Enrique Navarro en LD, el apoyo USA a la absorción del Sahara, junto a Francia y Alemania. Putin también ha recuperado las alianzas soviéticas. De ahí el rearme de Argelia y la utilización del gas como herramienta militar de presión contra España.

Marruecos ha sabido resistir -treinta años gastando sumas enormes en el Muro del Desierto contra las incursiones del Polisario desde Argelia- y con el reconocimiento de Israel se ha colocado abiertamente en el bando occidental, que, a cambio, le ha apoyado diplomáticamente con el Sahara. Mientras, España, desde Zapatero, merodea los arrabales antioccidentales y juega a asegurarse el gas de Argelia sin dejar de pagar a Marruecos para que frene la inmigración ilegal.

Esto es lo normal. Pero Sánchez ha hecho dos cosas inexplicables, propias de un necio: indignar a Marruecos al acoger al cabecilla polisario Ghali, e indignar a Argelia al reconocer en una carta obscenamente obsequiosa la soberanía marroquí sobre el Sahara. Albares, el almuecín de Sánchez, quiere que creamos que Marruecos y Argelia nos comprenden y respetan. Es justo al revés. Pero ¿cuántos años hace que no hay un debate serio sobre nuestra política de defensa? Feijóo, con ese brío inédito que despliega en los mítines, dice que Sánchez ha roto todos los consensos de Estado en política exterior. Cierto. Pero ¿cómo va a respetar los consensos en política exterior alguien que los ha roto todos en política interior? Nos situamos en un vacío que con Sánchez en el Poder se ha hecho tenebroso. Pero la oposición tiene casi la misma culpa, por camuflar como consenso la falta de ideas originales en materia de defensa. Y la opinión pública, igual.

La defensa de Ucrania y de España

Volvamos al comienzo. ¿Es creíble que los españoles, como dice esa encuesta, quieren defender la soberanía de Ucrania, cuando no defienden la de España, atropellada a diario por socialistas, comunistas y separatistas? No se puede estudiar en español en un tercio de España. La educación "con perspectiva de género" es un atentado a la razón y a la misma civilización. No cabe pedir el cumplimiento de la Ley cuando el Ministerio Público es un garabato delictivo. La voracidad fiscal es feroz, mientras las empresas se hunden, y el Gobierno no hace nada, esperando que haga algo Europa.

No hay manifestación contra el Gobierno que no sea zafiamente deslegitimada, ni socio de Sánchez que, por serlo, no sea automáticamente legítimo, de la ETA a los golpistas catalanes y los comunistas putinejos. El déficit estructural y la deuda disparada arruinan ya a tres generaciones, pero nadie en el Parlamento lo discute ni los medios lo critican en serio. De hecho, el control de los medios por el Gobierno es típicamente dictatorial. Y eso pasa con todo lo que define si una sociedad está defendida de sus enemigos. Nuestro peor enemigo es el Gobierno que debería defendernos.

Defendamos, sí, la soberanía de Ucrania. Y empecemos practicando con la de España.

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