Las siete vidas de Rodrigo Rato

Federico Jiménez Losantos
Hace seis meses era un proyecto de pasado. Hace quince días era un cadáver político. Dentro de un mes puede haber recuperado todo el poder de sus mejores días. Dentro de un año puede ser el único candidato real a la sucesión de Aznar. Sólo un político puro, es decir, íntimamente impuro, carente de escrúpulos y capaz de luchar por el poder hasta durmiendo puede pasar del todo a la nada y de la nada al todo en menos tiempo del que se tarda en contarlo. Sólo un buen estratega –y con suerte– puede convertir las victorias en derrotas y el jaque contra él en jaque mate al rival. Rato ha sido dado por muerto en muchas ocasiones, casi todas ellas por indicación de Aznar. Pero, gracias al caso Gescartera, que se abrió como una tumba para su carrera política y puede cerrarse como una peana de mármol presidencial, puede asegurarse, dentro de lo que cabe en política, que hay mucho Rato por delante.

Hasta estas Navidades, cuando de forma harto sorprendente a través de la página dominical de Pedro J. Ramírez, anunció que tiraba la toalla de la sucesión de Aznar, harto del continuo deterioro de su poder en el área económica y del despego político y personal del presidente, había sido el único favorito para la sucesión. Pretérito pluscuamperfecto, pero pretérito al fin, porque Rato, desde la formación del nuevo Gobierno tenía, como Vittorio Gassman en sus memorias, todo el futuro a las espaldas. Sin embargo, en pleno verano, estalla el caso Gescartera, en el que sus responsabilidades personales y políticas en el nombramiento de Giménez-Reyna como Director General de Tributos, para fortuna de la ONCE, y en su ratificación como Secretario de Estado de Hacienda, para fortuna de Camacho, la ONCE y demás familia, son evidentes; más aún en el nombramiento de Pilar Valiente al frente de la CNMV. ¿Cómo es posible que de la tumba política donde yacía Rato, haya salido un Sleepy Hollow dispuesto a cortar en Economía y Hacienda cuantas cabezas sean necesarias para que del escándalo de Gescartera no sobreviva nada del Área Económica actual salvo un Rato vacunado y reforzado que se perfilaría como el único poder fáctico capaz de enderezar a su favor la sucesión de Aznar?

Probablemente, la explicación de esta resurrección política, como de la defunción anterior, resida única y exclusivamente en Aznar. Él lo encumbró, él lo dejó caer y él lo está dejando levantarse. En esa extraña mezcla de prepotencia y hastío, de control exterior e inhibición interior que exhibe el presidente del Gobierno desde hace tiempo, tal vez el caso Gescartera haya sido la primera batalla de desgaste en la que no ha comparecido el presidente todopoderoso sino el político que no se presentará a las elecciones pero tampoco quiere irse a su casa. Evidentemente, la asombrosa debilidad de la actual dirección del PSOE, presa de pánico en cuanto el PP amenazó a Chaves, así como la amostazada inhibición de Aznar, están dejando maniobrar a Rato con absoluta libertad. Y en las áreas bien informadas del PP –pocas, en rigor– se considera extraordinariamente revelador que Aznar no haya impedido esta vez –lo había hecho siempre– el acceso de El Mundo –es decir, de su director, abierto partidario de Rato como sucesor– al control informativo de Onda Cero, con el “placet” de Telefónica. ¿Explica eso que sea Rajoy, y precisamente en El País, quien advierta de que Rato puede salir más fuerte de lo que entró en el caso Gescartera? En todo caso, ha permitido poner en claro que hay políticos con siete vidas, entre los que se cuenta el vicepresidente económico. Y que sólo Aznar es capaz de ponerle el cascabel a Rato. ¿Es o era?

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