Venezuela

La vileza de las democracias

Federico Jiménez Losantos
Ni uno solo de los burocratejos de la OEA, de los burocratitas del Centro Carter o de los burocratazos de cualquier ministerio europeo o americano apostaría el sueldo de un mes, e incluso de quince días, a que Chávez ha tenido un comportamiento irreprochable en el referéndum y que no ha habido pucherazo manual ni electrónico. El Gorila Rojo se caracteriza por dos cosas: su violencia y su capacidad de engaño, que otros llamarán fabuladora. Lo normal es dudar sobre las garantías de juego limpio en una consulta en la que se jugaba nada menos que el Poder. Sin embargo, todos los países, empezando por los vecinos y enemigos de Chávez como la Colombia de Uribe, se han apresurado a dar por buenos los soberbios resultados del protodictador, aunque, insisto, nadie apostaría su sueldo a que realmente lo sean. ¿Por qué esta prisa en abandonar a la Oposición venezolana? ¿Por qué tanta velocidad en constatar lo inconstatable, certificar lo incertificable y verificar lo inverificable? ¿Por qué no pedir, simple y llanamente, que se recuenten manualmente todos los votos, todos, como suele hacerse en las democracias? ¿Por qué no partir de la duda y no de la certeza, cuando se tiene la certeza de que toda duda está justificada?

Hay que releer el análisis de Revel en "Porqué mueren las democracias" y recordar que el Muro no cayó por el empuje de las convicciones liberales ni por la voluntad de lucha de las democracias occidentales, sino a pesar de ellas. Es cierto que Reagan, Thatcher y el Papa hicieron lo contrario que sus predecesores (entre ellos, Carter) y plantaron cara al monstruo pero también lo contrario de sus sucesores, porque tras la implosión de la URSS por causas internas los regímenes democráticos han vuelto a sus complacencias con la izquierda dictatorial siempre al hilo de las necesidades de imagen de los políticos, que a su vez dependen de los medios de comunicación, en su gran mayoría tomados por la Izquierda e inveterada y crecientemente enemigos de las libertades y de Occidente. Las democracias están enfermas de falta de legitimidad porque sus líderes no creen en los fundamentos del sistema que les da el Poder, y si creen, no se atreven a defenderlos, con lo que el resultado es el mismo.

La izquierda es hoy, fundamentalmente, un poder mediático, con todo lo que eso implica en las sociedades modernas y con todo lo que eso impone a los políticos profesionales. Pero como ha contado Mario Noya en sus artículos desde Caracas para Libertad Digital, los medios de comunicación venezolanos se baten en primera línea contra la dictadura chavista en ciernes y algo más que en ciernes. No sería difícil apoyarse en ellos, en la Iglesia, en Cisneros para compensar el creciente poder de Chávez. Pero ni los USA, ni la UE, ni, por supuesto, Iberoamérica, siempre liberticida, lo han intentado. Sucidio, vileza, estupidez, miseria moral... sobran sustantivos y calificativos para tantos traidores a la causa de la libertad, que es y sigue siendo, hoy más que nunca, la de Venezuela. Se repite la Historia de Fidel Castro y sus eternas impunidades según la fórmula marxista de "El 18 Brumario de Luis Bonaparte", pero en este caso la tragedia no se repite como farsa, porque aplaudir a tan abyecto farsante es, si cabe, una tragedia mayor.

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