Opinión

¿La víctima 193 del 11-M?

Federico Jiménez Losantos
“A las cuatro de la tarde, después de casi una hora de permanencia en el agua, la joven era tragada definitivamente por una ola. En todo ese tiempo, los agentes no entraron en ningún momento en el agua. Al contrario, se llegaron a apoyar en la barandilla dando la espalda al mar.” Así cuentan Marco Menéndez y Rosa Lanero en su minuciosa crónica gijonesa la muerte de la mujer de Lavandero, el hombre cuyo testimonio ha dado un giro radical a la investigación de la masacre del 11-M, el que alertó al agente Campillo ya en 2001, días  antes de la masacre de Manhattan, que unos traficantes de explosivos llamados Toro y Trashorras, buscaban a alguien que supiese hacer estallar bombas con teléfonos móviles. Esa cinta, publicada en “El Mundo” y escuchada en la COPE, sumió a la Policía en un silencio blindado y obligó a la Guardia Civil a una serie de maniobras desesperadas para amedrentar a todos los que durante tres años habían denunciado las andanzas de la Banda de Avilés, aunque sólo consiguieron demostrar que los más altos responsables de la Benemérita en Asturias habían mentido (es decir, cometido perjurio) en la Comisión Parlamentaria sobre el 11-M. También supimos que el confidente Lavandero había sido delatado por la propia policía a los traficantes de explosivos, por lo que éste temía por su vida. Ahora, cuatro policías contemplaron durante una hora cómo se ahogaba la mujer de Lavandero.
 
La historia va, irá inevitablemente, más allá de la negligencia. Sigue el relato: “Entre tanto, cientos de gijoneses habían presenciado desde el paseo de San Lorenzo toda la escena. Desde primeras horas de la tarde, contemplaron las evoluciones de los agentes policiales y de los equipos de rescate. Incluso, varias personas mostraron en aquel momento su intención de denunciar en la Comisaría de Gijón la pasividad con que los funcionarios habían actuado durante la media hora en la que la joven estuvo en el agua y nadie se decidió a acudir en su rescate.” ¿Alguien creerá que esos cuatro policías que no quisieron mojarse los bajos del uniforme sacando del mar a la muchacha brasileña desconocían que era la mujer de Lavandero, delatado —insistimos en ello— por la propia policía a los criminales vendedores de la dinamita del 11-M? Alguien lo hará, sin duda. Pero muchos más creerán que la dejaron morir. Y muchos se negarán a creer que lo hicieron por simple negligencia y pensarán que las cloacas del Estado, que parecen haber convencido ya a Zouhier de que colabore con el PSOE, empiezan a engullir ya a los testigos incómodos que podrían serlo de cargo ante el juez.
 
Es tal el cúmulo de irregularidades, corruptelas, mentiras, delitos apenas camuflados y descaradas estafas informativas que tienen su raíz en las Fuerzas del Orden asturianas y su relación con parte de la trama del 11-M que nadie puede ya fingir inocencia, salvo los que, ahora que han llegado al Poder, ya no “quieren saber”. Pero la gran mayoría de los españoles sí queremos saber. Queremos saber quién era el jefe real de los hermanos Toro y de Trashorras. Y queremos saber si tiene algo que ver con esa negligencia que, según los testigos, observó la policía mientras se ahogaba la mujer de Lavandero. A éste ya le dejaron una vez en la puerta de su casa una serpiente muerta. Ahora tiene ante sí el cadáver de la madre de su hijo. ¿Y todavía dicen Zapatero, Conde Pumpido, Alonso y Arruche que no hay nada que investigar? Muchos pensarán, al leer hoy la prensa asturiana y —dato muy importante— el ABC de Madrid, que las víctimas del 11-M no son ya 192, sino 193. El Gobierno debe disipar tanta tiniebla y tantísima sospecha. ¿Pero alguien confía aún en el Gobierno para aclarar el 11-M? ¿Y se da cuenta el Gobierno de lo que, en términos de legitimidad, significa esa desconfianza? 
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