De domingo a domingo

La semana de la vergüenza y la Logia del Puente Aéreo

Federico Jiménez Losantos

Hoy se cumplen siete días del más descarado alarde golpista y la mayor humillación estética infligida a España desde el Golpe del 23 de Febrero de 1981. Con algunas diferencias importantes: la primera, que en 1981 el zafio Tejero, el adusto Milans y el viscoso Armada querían imponer un gobierno de concentración nacional –AP, UCD, PSOE y PCE- para cambiar la poco eficaz política antiterrorista de Suárez y embridar las Autonomías, pero manteniendo la Monarquía Constitucional como forma del Estado Español. El golpe de 2014 busca explícitamente la destrucción del Estado Español, de la soberanía nacional como base del sistema constitucional y de todos los lazos legales, históricos y morales que unen a España desde hace siglos.

La segunda diferencia es que en 1981, pese a estar secuestrados el Poder Ejecutivo y el Legislativo en el Congreso de los Diputados, se improvisó de inmediato en el Hotel Palace un gobierno de emergencia dirigido por Laína y otros representantes de UCD que, en contacto con los demás partidos y la Zarzuela, cuya situación física y posición política con respecto al golpe fue motivo de discusión o intoxicación hasta el mensaje del Rey por TVE, trató de proteger la vida de los diputados y defender el orden constitucional. En 2014, el Gobierno de España no estaba detenido ni secuestrado, pero nada hizo para impedir el desarrollo de la consulta, pese a haberlo anunciado en incontables ocasiones durante las semanas anteriores y pese a recibir por dos veces el refrendo explícito del Tribunal Constitucional para hacerlo.

En realidad –tercera diferencia- mientras requería públicamente al Consejo de Estado y al Tribunal Constitucional para defender la legalidad, Rajoy negociaba en secreto con Mas, si no para impedir la consulta, para reducir su impacto mediático. Mientras decía defender la Ley, logrando que UPyD quedara convencida de su voluntad de luchar contra Mas, Rajoy arrastraba al diálogo con la Generalidad al PSOE, segunda fuerza del Poder Legislativo, cuyo secretario general, Pedro Sánchez, designó al cloaquero felipista Serrano para acompañar al representante de Rajoy, Pedro Arriola, en sus tratos con la Generalidad, representada por Joan Rigol. Resumiendo: en 1981 los dos grandes partidos, aun descabezados, se unieron contra los golpistas; en 2014, juntos y por separado, siguen y piensan seguir negociando con ellos.

El golpe depende de Madrid

Para que el golpe de 1981 triunfara hacían falta dos cosas: que el Jefe del Estado y los partidos políticos lo aceptaran como lo que era o pretendía ser: un Estado de Excepción temporal con un Gobierno multipartidista de unidad nacional para luchar contra el terrorismo y el separatismo. Sin el respaldo explícito del Rey y sin que los partidos políticos -que salvo los separatistas ligados al terrorismo seguirían siendo legales- aceptaran formar parte del gobierno presidido por un militar, Alfonso Armada, los golpistas sólo podían desatar un baño de sangre o rendirse, que es lo que hicieron. Si el Golpe de Estado de 1981 fracasó fue porque no era un Golpe de Estado sino de Gobierno, contra el Gobierno de Suárez que, aunque dimitió antes de que lo echaran, era el legítimo, y contra esa legitimidad se estrellaron.

Esa es la enseñanza del golpe de 1981 que los golpistas de 2014, de Barcelona y de Madrid han olvidado: para conseguir su propósito han de romper no sólo la legalidad sino la legitimidad que, en su raíz, representa la soberanía nacional. ¿Por qué no triunfaron los golpistas del 81? Porque la nación había votado y nunca podría aceptar que sus representantes fueran secuestrados por un tiparraco que enfangó el uniforme de la Benemérita. Se le podría haber impuesto, con mayor o menor apoyo popular, pero al cabo eso suponía destruir el sistema constitucional votado masivamente en1978. Y los golpistas, movidos indudablemente por un sentimiento nacional, no querían enmendarle la plana a la nación. Ni nacer políticamente muertos. Lo zafio del atropello de Tejero ha ocultado lo noble que, por comparación, resultó desde ese mismo instante la soberanía nacional, sita en las Cortes.

Y eso es lo que han olvidado los golpistas catalanes y sus cómplices de Madrid: que no se puede reconducir, releer o reescribir el acta fundacional de la nación, que es la Constitución, sin enajenarse para siempre a la nación misma. Este golpe de Estado de 2014, perpetrado por la Generalidad con la activa complicidad del Gobierno y casi todos los partidos de la oposición se enfrenta al mismo problema: es posible que mediante la fuerza, el miedo y la manipulación mediática se acepte que la permanencia de Cataluña en el Estado suponga la liquidación de la nación española como sujeto político, pero más temprano que tarde, la propia necesidad de respirar de la nación chocará con esa mordaza a sus libertades, a la igualdad de los ciudadanos ante la Ley que es el precio que la Logia del Puente Aéreo ha puesto a la continuidad de sus negocios.

La Logia del Puente Aéreo o el gobierno oculto

Hace una semana que Rajoy se rindió a los golpistas. Hace ya una semana que arrastra por el fango al Legislativo y al Judicial, porque ha convertido a los jueces y a la Fiscalía -que ha sido incapaz de poner una denuncia- en el trapo de fregar las deyecciones del Gobierno. Hace una semana, pues, que Rajoy debería haber dejado el Gobierno en las manos de los que realmente mandan, esa Logia del Puente Aéreo que tiene en Soraya su mascarón, en Cebrián su guionista, en la prensa de Barcelona su espejo, en las grandes empresas su pesebre, en la justicia sus caifases, y en la izquierda vilmente antiespañola, sus judas, herodes, pilatos y sayones. Como el golpe de Estado catalán va para largo, no en balde exige que lo apruebe y lo perpetre también Madrid, la Semana de Pasión ha empezado antes de Navidad. Será que ésta de España es mucha cruz. Y que muchos habrán de llevarla acuestas.

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