La Resistencia vasca

Federico Jiménez Losantos
No hay imágenes más elocuentes sobre lo que realmente está pasando en el País Vasco que las que muestran a la Ertzantza, la policía particular de Xabier Arzallus, atacando a unos manifestantes contra la barbarie terrorista porque impedían el paso a una manifestación de los proetarras. Cuando en el futuro alguien pregunte cómo era la situación de las libertades en el País Vasco en este verano sangriento del año 2000 bastará indicarle que al día siguiente del atentado contra Recalde, la policía del Gobierno en el que él fue Consejero de Justicia atacaba a la manifestación encabezada por su esposa y sus hijas; esa misma policía agredía al hijo de Enrique Casas, senador del PSOE asesinado por ETA, que tenía que ser defendido por su propia madre, la europarlamentaria Bárbara Durkhop, y el filósofo Fernando Savater en esa misma manifestación por la libertad instaba inútilmente a los policías autonómicos a que dispersaran a los que se paseaban jaleando el asesinato y pidiendo la libertad de los terroristas presos.

Pero la miseria moral de esos que los propios etarras y etarritas a los que protegen y cuidan llaman insultantemente "cipayos", la miseria moral y política de Arzallus, Ibarretxe y demás jerarcas del PNV y el presunto Gobierno Vasco, la miseria moral e ideológica de los "sociolistos" como Benegas y Odón Elorza que no vacilan en desautorizar a sus compañeros que se juegan la vida culpando por igual de los atentados al Gobierno del PP y al del PNV (el que detiene al jefe de ETA y el que defiende a los que jalean al detenido) no puede hacernos olvidar lo que sin duda tiene más valor en este apocalipsis de la decencia política: la extraordinaria página de valor cívico, de honradez intelectual y de ejemplo ético que está escribiendo cada día la Resistencia vasca, esa heroica fuerza desarmada que después de cada atentado, por la noche, bajo la lluvia, sale a la calle a denunciar en silencio a los que callan como muertos, como los muertos de miedo que son, ante la matonería etarra y la fanfarronería siniestra del PNV; ese ejército de paisano que también grita frente a los esbirros de la parabellum y el club de fans del tiro en la nuca y lo hace como en la noche del viernes, durante horas, con esas palabras -Justicia, Libertad- que en ellos suenan siempre nuevas, siempre dignas, siempre admirables.

Esta Resistencia tan vasca y tan española, pero, por encima de las banderas y las patrias, de personas que se niegan a dejar de serlo, de ciudadanos que se empeñan en ejercer sus derechos, de intelectuales que no quieren dejar de pensar, y de actuar en consecuencia, es el fenómeno, casi el milagro político más importante de la historia reciente de nuestro país. Tienen nuestro reconocimiento y nuestra admiración, pero deben tener también nuestro apoyo en lo que más precisan: contundencia implacable contra sus verdugos, persecución legal y policial de los vicehumanos que los han dejado huérfanos o viudas, respaldo diario, continuo, incondicional, a su abnegada brega cotidiana. Su lucha es nuestra lucha. Su dignidad nos dignifica a todos. Su libertad es nuestra libertad.
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