La primera semana de Feijoó: entre las Ventas y el Bernabéu

Federico Jiménez Losantos

Hace cuatro años, Feijóo no dio el paso de presentarse al Congreso del PP para presidirlo y aspirar a la Moncloa, único cargo en el Reino que le queda por ocupar. Hay dos versiones de por qué no lo hizo, aunque se daba por seguro que hubiera ganado a su gran enemiga, Soraya Sáenz de Santamaría, ya que Dolores de Cospedal no se hubiera presentado de hacerlo Feijóo. La primera versión es que Rajoy no se lo pidió, y aunque éste dijo después que nunca le dijo que quería presentarse y pedía su ayuda, lo cierto es que nada permitía asegurarlo. Y el presidente de Galicia temía, con razón, caer en la trampa de presentarse, ser derrotado por Soraya y volver a Galicia con las orejas gachas y cara de estafado. Así que, por orgullo o por cautela, esperó.

Por qué no vino hace cuatro años

La segunda versión, la más popular, es la vieja foto con Marcial Dorado, luego juzgado por narcotráfico, que Soraya agitaba cada vez que Feijóo tenía un éxito nacional o daba señales de preocupación por el futuro del PP. Era infalible: éxito de Feijóo, foto al canto. Y como Soraya era la candidata de la Izquierda y del imperio mediático que ella creó con ese fin, no hacía falta que PRISA o la Sexta recibieran órdenes: lo hacían automáticamente. Como Soraya dominaba el CNI, cabía temer cualquier dato incriminatorio que abundase en la foto de marras, y como nadie dudaba de su ilimitada ambición, era aburridamente necesario esperar a otra ocasión. Si se daba.

Y se dio. Si Casado no se hubiera convertido en Eduardo Manostijeras, con el Monstruo del Paparajote al lado, y si ambos no hubieran embarcado al PP en el asesinato civil y político de Ayuso, es decir, si Casado hubiera actuado como persona y como adulto, no como múrido y mamoncillo, es seguro que Feijóo sólo hubiera abandonado Galicia como vicepresidente primero de un Gobierno del PP y Vox, símbolo de tiento y moderación. Eso, si no dejaba pasar la ocasión, por demasiado tardía o poco atractiva.

Pero las cosas han rodado como él hubiera querido hace cuatro años; único candidato y recibido en loor de multitud. El desastre producido por la cacería de la infeliz pareja contra Ayuso ha sido tal que el PP en pleno se encomendó a San Alberto, Patrono de la Nómina. Y en un mes pasó de lamentar no haber dado el paso entonces a tener que darlo ahora sin ser diputado, con Vox crecido y el PP tiritando. Y elegido, léase ovacionado, en el Congreso de Sevilla, Feijóo ya ha cubierto su primera semana como líder de la Oposición.

Primeros días, desafortunados

¿Y cómo lo ha hecho? Pues bien y mal; o mal y bien. En las Ventas se hubiera dicho que no pudo con su primero pero que en el segundo mostró hechuras de torero caro y que el exigente público esperará otra tarde. En el Bernabéu dirían que en su visita a la Moncloa cosechó una goleada como el Madrid ante el Barça, pero que, al tercer día, en la SER resucitó, como ante el PSG y el Chelsea, San Karim sea loado. Así que Feijóo está vivo en las dos competiciones: Liga y Europa, o PP y Moncloa.

Conviene detenerse en los dos momentos o visitas, a Sánchez y a la SER, para entender la doble sensación que se observa en los comentaristas. La visita a Moncloa era más un acto de presidente gallego que de jefe de la Oposición. Peor: transmitía la imagen de un provinciano que, por observar educadamente los ritos de la capital, está condenado a que lo time Sánchez. Y así pasó: el Psicópata no hizo ningún caso a sus propuestas desvaídas en materia fiscal y, como punto casi único del encuentro, insistió en el reparto de jueces del CGPJ, que Feijóo pareció aceptar, y en que sólo tendrá carné de demócrata si rompe con Vox. Así que lo que quedó fue el retrato gris de un Feijóo demasiado rural, incapaz de triunfar en Las Ventas y de superar la magnificencia del Bernabéu. El presidente del PP, con todo el mundo mirándolo, apareció como alguien que no iba a ganarle a Sánchez porque, al estilo de Rajoy, no pensaba arriesgar y jugársela, sino heredar. Sensación agudizada en la entrevista de Onda Cero, con una defensa del "bilingüismo cordial" que no había quien la tragase y una imagen de demasiados nervios.

Le perjudicaba su imagen de Supermán en las últimas semanas, y el éxito barato del Congreso, que la Derecha mediática vio como prueba de falta de ideas, un canto a la gestión inútil en la Oposición. Sin guion ni ponencia política, Feijóo traía un mapa del Madrid del siglo pasado, cuando términos como "moderado" y "centrado" significaban algo positivo. Ahora sólo ridiculizan a quien los exhibe, y refuerzan, inapelablemente, a Vox. El posterior viaje de Sánchez a Marruecos también perjudicó a Feijóo, porque frente a un necio satisfecho con cuatro zalemas, incapaz de ver en nuestra bandera el escudo con las Columnas de Hércules boca abajo, símbolo de la toma del Estrecho por Marruecos, nos había dejado la imagen en Moncloa de un jefe de la Oposición encantado de posar y condenado a pasar pronto.

Debo decir que, habiendo tenido cerca a Feijóo hablando de política despacio, no entendía esa imagen de provinciano despistado en la Corte. Lo malo es que, como sucede con muchos toreros que triunfaron lejos de Las Ventas y con muchos futbolistas de postín sin pasar por el Bernabéu, nadie es nada si no puede con Madrid. Y la primera semana de Feijóo como líder de la Oposición y candidato a presidente se ha seguido con enorme interés.

La crueldad del público

Los que tienen experiencia en los estrenos de líderes en la política nacional observarían que los editoriales de prensa favorables a Feijóo no eran entusiastas. Había que apoyarlo, tras el desastre de Casado, para no dejar la alternativa a Sánchez exclusivamente en manos de Vox. Pero no había ilusión en un líder, sino confianza en su oficio; no se respaldaba un proyecto nuevo; se firmaba una prórroga del viejo, antes de caducar. La gravedad de la situación política en España obliga a una cierta prudencia, pero también a un mínimo de esperanza. Y Feijóo no la transmitió.

Se dirá que no hace falta más: unas expectativas razonables y dar tiempo a que se asienten el líder y el partido y a que cuajen sus ideas de futuro. Pero eso es no conocer Madrid, donde, salvo a los novilleros y a los toreros pobres en las Ventas, no se perdonan novatadas. Y menos a los que traen nombre en los carteles y ganas de mandar en el escalafón, como es el caso de Feijóo. El Bernabéu es peor: el grito de "¡al Castilla!" ha terminado con muchos debutantes y los ha devuelto al archivo de los que prometían, y corrieron demasiado para llegar: "se atracó de toro", "se atracó de balón".

No se trata de marcar goles o de cortar orejas, del triunfo aritmético, sino del artístico. Cuando nos dejan con ganas de más. Y eso sucedió con Feijóo el viernes en la SER ante Ángels Barceló, cuya última hazaña en las elecciones de Madrid recordaba ayer Javier Somalo.

El milagro de San Alberto

Tras la campaña de las balas falsas y la navajita plateá quisieron que Rocío Monasterio pidiera perdón y ella se rio. El gallito rojo dijo entonces que o se iba ella o se iba él. "¡Pues váyase!", -dijo la de Vox. -¡"No, no!" -gimió Ángels-, "¡Pablo, no, por favor!". Y Rocío: "¡mira, mira, cómo le coge la manita". "¡Señora Monasterio!"- bramaba Ángels-. Pablo se largó y ese domingo cayó. Pero Barceló no ha aprendido nada. Con la insoportable fatuidad del progre, reprochó a Feijóo el pacto con Vox en Castilla y León.

-Se habló primero con la segunda fuerza política, que fue el PSOE -le recordó Feijóo-, para contar con su abstención y la respuesta fue que no.

-No fue así tal cual. Se dijo: si rompen con la ultraderecha en los sitios en los que se apoyan en ella para gobernar.

-¡Pero qué me dice usted!

-Yo digo lo que dijo el Gobierno, el PSOE…

-Será una broma, ¿no? Entiendo que eso es una broma… Que el PSOE nos diga que hay que romper con Vox cuando está gobernando con Bildu en Navarra, con Podemos en el Gobierno de España y con los apoyos de ERC y Bildu para sacar presupuestos y leyes. Supongo que el manual de coaliciones del PSOE es el manual de lo que no se puede utilizar.

En ese instante se vio por primera vez al hombre adulto que es Feijóo frente al muchacho que siempre fue Casado. Llenaba el traje y estaba muy por encima de la entrevistadora. No le imponía la SER, al contrario, se veía dispuesto a demostrar su valía política. Y el efecto fue instantáneo: así, sí. Podía haber rematado defendiendo a Vox como partido constitucional, pero ya no hacía falta. ¡Pobre Ángels!

Pero, por favor, ahórrense más encuestas sobre el "efecto Feijóo". Si en una semana puede ganar veinte escaños, en un mes debería ganar treinta, cincuenta, o cien. Y dado que Vox no pierde, ¡todos de la izquierda! Ese sí que sería un milagro para canonizar a San Alberto, Patrono de las Nóminas.

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