La crisis del Real Madrid / 2

La peor defensa, el proteccionismo

Federico Jiménez Losantos
No es un secreto para nadie que el problema esencial del Real Madrid, el que ya le ha hecho perder dos de los tres títulos a los que aspiraba en la temporada 2003-2004 –Copa del Rey y Liga de Campeones– y le ha puesto muy difícil conquistar la Liga es su fragilidad defensiva. En realidad, la derrota en el Bernabéu ante el modesto Osasuna por 0-3 pocos días después de ser eliminado por el Mónaco de la copa europea no fue sólo una demostración de debilidad, que podría ser episódica, sino de la absoluta desconfianza que tiene casi todo el equipo en sus defensas, singularmente los dos centrales.
 
No es el único problema, porque el lateral izquierdo Roberto Carlos, a cambio de sus formidables prestaciones de ataque, convirtió su banda como suele en una autopista para el contraataque del rival (en su caso el madridista Valdo) y Michel Salgado, para no desguarnecer aún más los alrededores de Casillas optó por quedarse habitualmente atrás, privando así al equipo de las posibilidades ofensivas de la banda derecha.
 
El resultado no fue mejor, porque, en uno de sus briosos intentos de achicar balones, acabó tropezando con Raúl Bravo por despejar en el centro de la defensa y de ahí vino el primer gol. El segundo todavía fue más patético: Casillas, desquiciado y nervioso por la poca seguridad que le producen sus centrales, hizo una alocada salida más allá del punto de penalti, despejó mal y le sirvió en bandeja la vaselina a Pablo García para que esmalte sus mejores recuerdos cuando se retire: ahí es nada, marcar en el Bernabéu. Pero ambos, y en menor medida el tercero, fueron goles en propia meta. De los muchos que suele meterse el Real Madrid en alegre colaboración con sus rivales.
 
Es casi un lugar común que en realidad los defensas madridistas fallan porque los medios no defienden y que la salida de Makelele camino del Chelsea ha desnudado aún más las carencias defensivas del Madrid. Eso es y no es verdad. Que Makelele cortaba mucho el juego del contrario es evidente. Que por lo general era incapaz de dar salida al balón que cortaba no es menos cierto (“Robin Hood -decían antes de que se fuera-; todo lo que roba lo regala después”). La eliminación por la Juve o la humillación del 0-5 ante el Mallorca en la temporada anterior se produjeron con Makelele en el campo. Y el fichaje que lo sustituyó, David Beckham, además de ser la mejor imagen comercial de la galaxia madridista se ha revelado como un excelente medio de contención y seguramente el mejor pasador del mundo. Otra cosa es que su habitual compañero Guti sea más irregular en ambas funciones y que la delantera, con la excepción intermitente de Raúl y Figo, no defienda demasiado. Zidane, relativamente poco; y Ronaldo, absolutamente nada.
 
Pero como el Madrid hace a menudo un gran fútbol, el más brillante del mundo, y eso es imposible sin la colaboración de todas las líneas del equipo, parece claro que la descompensación no es sólo de posicionamiento, concentración y disposición defensiva, sino de falta de calidad en la defensa, mucho más necesaria en un equipo que juega resueltamente al ataque, como quieren los que pagan su entrada en el Bernabéu o en la televisión. Y ya en los años de la decadencia de Hierro y sobre todo en los dos últimos, los centrales del Madrid han sido y son éstos: Helguera, un medio reconvertido; Pavón, un defensa del Madrid B que pasó de símbolo a suplente en pocos meses; Raúl Bravo, un lateral que del Bosque envió a jugar a la Premier League para que no se agostara antes de florecer; Rubén, otro “pavón” que tras el desastre del 0-4 en Sevilla y su infame sustitución por Queiroz dicen que ha necesitado tratamiento psicológico (sería la repetición del caso de su predecesor Iván Campo, hoy en el Bolton); y Mejía, otro lateral estimable del Madrid B que tras unos partidos buenos en su inopinado debut como central se ha contagiado de la mediocridad y la propensión al pánico de los demás. En cuanto a los medios que pudieran reforzar el aspecto de contención, hemos visto que al lado de Beckam o de Guti se alineaban Cambiasso (carne de traspaso) y los jóvenes Juanfran, Borja y Núñez, ninguno con la necesaria continuidad para asentarse en un puesto o en una función. En cuanto a la delantera, se echó a Morientes para darle oportunidades a Portillo de sustituir a Ronaldo, pero ahora no se le saca ni cuando se lesiona el Búfalo y Queiroz prefiere a Guti, que ya jugó de improvisado delantero centro con Del Bosque antes de que llegara el brasileño y ascendieran a Portigol, pero que, evidentemente, no es ni un Milosevic, ni un Kovacevic, ni un Alfonso, ni siquiera un Aranda y, desde luego, tampoco un Morientes. ¡Y le han renovado siete años!
 
Si uno observa las lagunas, a veces abisales, en el centro de la defensa y en la línea medular, comprueba que en ellas no se ha ensayado siquiera la política de fichajes de Florentino, que se resume en traer al Madrid los mejores jugadores del Mundo. Por el contrario, se ha optado por un descarado proteccionismo para satisfacer la demagogia localista del hincha cazurro y del periodismo deportivo (generalmente antimadrididista) que siempre repite la misma monserga: “hay que dar oportunidades a la cantera”. Ya tienen oportunidades en el Madrid B y lo que deben demostrar si llegan al primer equipo es que pueden jugar junto a los grandes. Casillas la tuvo y de rebote; subió y lo bajaron, pero volvió a subir y ahí está, porque vale. Tampoco le han faltado oportunidades a Guti. ¿Hay alguien más de ese nivel? Hasta ahora no lo hemos visto, aunque varios medios y algún defensa prometen, y tal vez tras un par de años en otros equipos de la primera división podrían cuajar. De momento, nada. Una forma de ahorro que empieza a resultar onerosísima. La enésima demostración de que lo barato es caro.
 
Si lo que da dinero al club es la estrella ofensiva, la que mete goles, es lógico que Florentino haga lo que ha hecho en ese capítulo. En rigor, no ha podido hacerlo mejor. Pero ni tiene banquillo ni tiene defensa y para mejorar lo existente no hacía falta tirar la casa por la ventana: simplemente abandonar el dichoso concepto, erróneo y contradictorio, de los Zidanes y Pavones. Michel Salgado, Camacho, Gordillo, Benito, que no tienen nada de “pavones”, son pruebas presentes o recientes de que no hace falta contratar lo mejor del mundo para jugar atrás, aunque sea conveniente hacerlo con lo mejor de España. En todo caso, hay que contratarlo. Cuando el notable central argentino Milito fue descartado por el Madrid a principio de temporada, aparte del sórdido vodevil médico, se argumentaba que no estaba para jugar sesenta o setenta partidos al año. Es posible, pero ¿es que alguno lo está? Pensando en lesiones y sanciones, tener en el banquillo a alguien capaz de jugar cuarenta partidos al nivel de Milito en el Zaragoza le hubiera venido muy bien este año al Real Madrid. La clave es invertir bien y pescar en todas partes. Lendoiro ha convertido al Deportivo de la Coruña, que desde euq el Madrid le fichó a Amancio y Veloso se convirtió en un equipo “ascensor” entre Primera y Segunda y en una ciudad con muchísima menos población que Madrid, en el Superdepor, rival del Madrid y de los grandes de Europa en los últimos años, como el Valencia, pero no con productos de la cantera gallega (el único, Fran, es un descarte del Madrid, como Víctor) sino con una inteligente política de fichajes en todo el mundo y con un banquillo capaz de resistir las mismas tres competiciones del Madrid mediante rotaciones sistemáticas sin que s e note demasiado en el nivel de juego. Por cierto, que a Lendoiro no se le ocurrió fichar a su vecino Queiroz, el “pavón” de los entrenadores, por mucho que Irureta no parezca un “Zidane”. Tal vez menos preso de los conceptos rimbombantes y de la untuosa retórica valdanesca sólo ha tenido que fichar lo mejor al mejor precio donde lo ha podido encontrar. Viejo concepto del mercado libre que hasta ahora nadie ha podido superar, ni en defensa ni en ataque, que Florentino Pérez conoce perfectamente y que sin duda volverá a aplicar, con la humildad necesaria para recrear y sostener su soberbia idea: un Real Madrid que para los aficionados de todo el mundo y para la chiquillería que en los cinco continentes se afana detrás de una pelota, soñando con la fama y la fortuna, siga representando, simplemente, el fútbol.
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