Opinión

La escalofriante fragilidad de la civilización

Federico Jiménez Losantos
Aunque muchos respiren aliviados al constatar que el gigantesco apagón que ha afectado durante casi dos días al nordeste de los USA y al sur de Canadá no fue producido por un ataque terrorista, lo cierto es que el suceso es una invitación al pesimismo más que una ocasión de regocijo. Para empezar, los émulos de los terroristas del 11-S han tenido ocasión de constatar un campo de acción casi ilimitado para sus fechorías. Sin duda habrían evaluado ya sus posibilidades lesivas, pero ahora han podido comprobar en detalle las gigantescas consecuencias de este desastre, una especie de ensayo general de las Rebajas del Apocalipsis.

Sin embargo, mucho más terrible que lo que hayan podido aprender los terroristas sobre la vulnerabilidad de las grandes ciudades de Norteamérica resulta comprobar la escalofriante fragilidad de nuestra civilización, la indefensión en que viven decenas, centenares de millones de personas supuestamente protegidas por los medios tecnológicos más avanzados de toda la historia de la Humanidad. Si siempre la seguridad ha sido el bien más preciado de todas las estructuras sociales, podría decirse que ahora la sensación de inseguridad se multiplica por todas esas posibilidades materiales y también institucionales que supuestamente podrían protegernos de casi cualquier contingencia pero que, evidentemente, no lo hacen. Ni de los accidentes ni de las agresiones, ni de los fallos ni de los atentados.

Se dijo hace casi dos años, tras la masacre de las Torres Gemelas, que el mundo no volvería a ser igual. Por desgracia sigue siendo igual en muchos aspectos: igual de frágil y de inseguro, pero también igual de inconsciente, igualmente incapaz de aprender la lección. La de nuestra fragilidad y la de nuestra vulnerabilidad. La de nuestra falta de seguridad y la de nuestra falta de conciencia de que hay que trabajar por todos los medios –pacíficos y violentos– para mejorarla. Dentro de lo que cabe, claro está. Pero está claro que cabe. Y mucho.
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