Opinión

La difícil posición de Rajoy

Federico Jiménez Losantos
Los demoledores argumentos de Rajoy contra Zapatero y su zascandileo político-militar mundo adelante son, amén de brillantes, irrebatibles. Otra cosa es compartir totalmente las consecuencias de ese análisis implacable que con técnica doblemente forense, de foro y de autopsia, llevó a cabo en el Parlamento, pero desde el punto de vista ideológico y dialéctico no caben objeciones. A falta de miércoles, buenos son martes.
 
El eco, diríase que desmesurado, de las declaraciones de Aznar colocaban al líder del PP en una situación algo más delicada con respecto a sus bases, pero que debería convertirse simplemente en un mandato de exigencia y de comunicación, la eterna asignatura pendiente de la derecha española, que, como Aznar ayer, tampoco intenta aprobar Rajoy. La dureza del jefe de la oposición probablemente adquirió tonos particularmente acerados por esa expectativa generada en los medios y en el propio Parlamento. Rajoy, como siempre, estuvo bien, incluso muy bien, dialécticamente. Faltó, pero esto es discutible, un gesto de oposición, de veto, al envío de tropas. Al menos, a Haití. Mientras el PSOE no cambie el disco con respecto a Irak, el PP debe atenerse sólo a sus bases y éstas prefieren una posición de dureza con las espuelas, que es lo que además merece ese jinete del clavileño Moratinos.
 
Naturalmente, la cuestión del liderazgo de Rajoy será agitada permanentemente, como lo fue con Aznar hasta el año 1999, asentado ya en la Moncloa. En mi opinión, y al margen de las interpretaciones interesadas del PSOE, inevitables y lógicas viendo el cenagal ideológico en que chapotean desde hace tres meses, Rajoy debe instalarse con naturalidad en el centro de esa pluralidad natural e histórica de la derecha española (excesivamente aherrojada por Aznar), entendiendo que disentir en algunas cosas, tanto en lo nacional como en lo internacional, no supone una enmienda a la totalidad. La derecha está unida en torno a la idea de España, de la libertad económica, del respeto a la tradición histórica, tanto cristiana como laica, y, por supuesto, se siente parte esencial del legado de esta derecha democrática forjada por Aznar, que no ha sido sólo un gran Gobierno sino el mayor y mejor partido que la derecha haya tenido nunca, el PP. Su líder incontestado es Mariano Rajoy, elegido por Aznar. Eso está fuera de discusión y conviene no creerse todo lo que diga el PSOE. Bueno, ni todo ni nada. Distingamos las voces de los ecos. Nos gusta que Aznar diga lo que quiera y nos gusta que Rajoy haga lo que hace en el Parlamento. Y si no nos gusta, lo criticaremos. De ahí a la desafección, al fulanismo y el acoso y derribo del liderazgo legítimo hay un abismo. Al que, desde luego, los liberales no pensamos saltar.
 
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