La banda de Kakofi Annan

Federico Jiménez Losantos
El antisemita de Durban, el demagogo de Johannesburgo, el charlatán mundano, ese farsante elegante llamado Kofi Annan demostró en la apertura de temporada de su diplocirco cómo la vaciedad intelectual puede servir al tiempo a la indigencia moral y a la codicia material. Mientras peroraba sobre la necesidad del "multilateralismo" como única forma de que los más poderosos, o sea, los USA, resuelvan los conflictos de fuerza que otros les plantean, un contundente pero astutificado George W. Bush ponía en claro el precio para que esta pomposa banda de sacamantecas diga mañana lo que negaba ayer: que Sadam Husein debe ser derrocado por constituir una amenaza mundial. Kakofi cambiará de discurso sin abandonar su pomposa flatulencia, porque Estados Unidos volverá a la UNESCO, de la que se marchó con excelente criterio hace dieciocho años, durante la inolvidable presidencia de Ronald Reagan.

A cambio de pagar un sueldo de lujo a miles de estafadores intelectuales del planeta, los Estados Unidos recibirán el nihil obstat de una institución que sólo es hoy un escondite para los cobardes, un santuario para los corruptos y un burladero para los miserables. Eso sí, todo muy multilateral: la cobardía de los que prefieren que USA haga el trabajo duro de todos mientras ponen peros a su esfuerzo, los que cobran por no estorbar demasiado su tarea y los que aguardan el final de la guerra para acudir en auxilio del vencedor y pedirle que sea la última vez que actúa por su cuenta. Como no tuviera cuenta corriente, Bush haría lo que tiene que hacer, pero sin el aval mohíno del oneroso zascandil Kakofi. Eso que saldríamos ganando en claridad y pulcritud.

Pero, en fin, lo mismo que en la guerra se paga a los espías, en todas las que se emprenden contra el terrorismo internacional hay que pagar a estos traidores a todas las causas nobles, a estos profesionales de la estafa instalados en la ONU, la UNESCO y demás siglas para encandilar paletos, a esta banda de Kakofi Annan, a cuyo lado los falsificadores de bulas en la Edad Media eran cándidos, piadosos, austeros y desprendidos eremitas.
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