La administración de cabezas

Federico Jiménez Losantos
El arte político de cortar cabezas exige tanta decisión con el cuchillo como prudencia en el momento de la decapitación. No se puede cosechar de golpe ni tampoco dejar que se agoste la mies decapitable. Hasta para la Campana de Huesca hubo que cronometrar los tiempos de caza y captura de las víctimas, incluido el badajo. Rodrigo Rato tiene que conseguir el efecto de la campana y que el último decapitado haga resonar el conjunto, como todo badajo que se precie. Montoro se llama ese badajo, pero no lo van a pillar tan desprevenido como a los nobles aragoneses de la leyenda.

Sorprende que Pilar Valiente no aparezca en la lista de bajas que publica la Prensa presuntamente afín a Rato. Pero es una ausencia razonable que no significa más que cálculo por parte del Vicepresidente, nunca generosidad ni desprendimiento, mucho menos coherencia para defender a quien, al fin y al cabo, nombró el propio Rato para presidir la CNMV. La experiencia de los años de la corrupción felipista en materia de corte de cabezas y administración política de decapitados enseña que los previamente condenados deben durar en el tostadero cuanto más tiempo, mejor.

Pensemos en casos ejemplares, como los de Mariano Rubio o Pilar Miró, que en paz descansen ambos. En uno hubo sorpresa y en la otra no la hubo, pero el mecanismo que González puso en funcionamiento fue el mismo: no dejarles irse a su casa antes de purgar sus culpas y las que no eran suyas, hasta que no estuvieron quemados, requetequemados y socarrados. A Mariano Rubio hasta lo metió en la cárcel, no mucho, el tiempo de un telediario, pero sin vacilar ni un segundo. Pilar Valiente fue ya decapitada moralmente por Rato en vacaciones, cuando criticó su “inconsistencia” en el Parlamento. Si ahora no aparece en el censo de cabezas cortables es porque, como San Lamberto, la lleva bajo el brazo, pero a Rato le conviene que ande o ambule hasta llegar al Ebro. En este caso, el Jordán que lava las culpas políticas.

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