Balbín y aquellos inolvidables años

Federico Jiménez Losantos

Hubo una época en la que el periodismo era una actividad socialmente prestigiosa, y pertenecer a su élite, algo de lo que presumir. Fue la auténtica aristocracia social de la Transición, un privilegio que en Barcelona se vivía desde fuera y en Madrid se disfrutaba desde dentro. Y en ese olimpo de los elegidos para contar y comentar lo que pasaba, cuando pasaban tantas cosas y se podía comentarlo todo, reinaba José Luis Balbín.

Cuando murió Franco yo no tenía televisión. Me compré una portátil para ver el entierro en el Valle de los Caídos desde la cama en mi piso de la calle Aragón, esperando que con él se enterrase el miedo a la policía de los antifranquistas. Sin odio, con alivio, pero con la incertidumbre de la España por venir, no sabíamos cómo. Leíamos todos los periódicos de Barcelona, pero sólo comentábamos las crónicas de Madrid. Y unos meses después, en 1976, de pronto, todo empezó a fluir, cayó Arias, llegó Suárez y en vez de frenar, aceleró. Se empezaron a frecuentar más los kioskos que las iglesias.

1976, el año mágico de la Transición

Aquel año, aún sin historiar, fue el del Referéndum para la Reforma Política y, tras Cambio 16 y Destino llegaron en papel Diario 16 y El País; y en la radio, Hora 25, con Manuel Martín Ferrand, que ya dirigió el Diario de Barcelona, el Brusi. Pero para la gran masa que se asomaba a la política, en televisión, fue la época de La Clave. O sea, de Balbín. Nadie ha tenido tanto prestigio, nadie navegó con tanta astucia entre obstáculos, y nadie dio mejor la impresión, desde aquel sillón que era un trono, con la pipa como cetro, de que la convivencia entre españoles era perfectamente posible. Y lo fue.

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Programa La Clave

La fórmula era copiada, pero la situación en España era original, y Balbín, de una pieza. Cuando el atentado contra mí en Barcelona, dedicó un programa de la Clave, entre feroces insultos de la prensa catalana, abyecta ayer como hoy, al Manifiesto de los 2.300, y llevó a Amando de Miguel y Santiago Trancón, el primer firmante y el verdadero autor. Aún recuerdo leer en la cama, con regocijo, la columna de José Luis Gutiérrez sobre el programa, donde el nacionalismo catalán quedó retratado al aguafuerte. Yo no sabía que El Guti era amigo de Balbín, que ambos eran noctívagos y nocherniegos, ni sospechaba que unos meses después los conocería, nos haríamos amigos y acabaría trabajando con ellos en la élite de aquella profesión, la del periodismo, por entonces tan prestigiosa. Pero sucedió.

Una izquierda ya extinguida

Yo había dejado El País tras su venta al pujolismo y escribía en Diario 16, en Disidencias, por invitación de Dragó y Pedro J. El estigma de las víctimas del terrorismo de izquierdas –Paloma Chamorro nunca me volvió a invitar a sus programas– no rezaba en la derecha liberal ni en la izquierda nacional, a la que pertenecía Balbín, así que me encontré como jefe de Opinión en Diario 16 y, al empezar la Antena 3 de Radio de Martín Ferrand, en la Hora Cero de Balbín, al que ya habían echado de La Clave.

Luego llegó Antonio Herrero, El Primero de la mañana y tantas cosas, pero hay que recordar que si los perseguidos por el felipismo y el polanquismo tuvimos trabajo y eco fue gracias a la concesión de licencias de FM a medios de derechas por el último Gobierno de UCD, un gesto patriótico, porque, perdido el poder, ningún beneficio podía obtener. Pero así se pusieron en marcha muchos proyectos. Felipe tendría 202 diputados, pero con una licencia de radio y José María García, podíamos con lo que fuera. Muchos años después, esRadio repitió la hazaña de Antena 3, con una diferencia: como no éramos de Godó, nadie nos ha podido comprar.

De Balbín, a quien luego tuve muchos años en la Linterna y La mañana de la COPE, recuerdo muchas cosas. Sobre todo, en la primera época, recién llegado de una Barcelona muerta a un Madrid vivísimo, pero extraño para los que veníamos de una experiencia distinta. Al terminar la tertulia, íbamos a cenar a un restaurante italiano entre Oquendo y el VIPS, y allí se dejaban caer amigos de Balbín tan distintos como Chicho Sánchez Ferlosio, el del Gallo Rojo que le cantaba su padre el del FRAP a Pablo Iglesias, o Fernando Suárez, ministro de Franco, brillante defensor de la Reforma Política frente a un no menos brillante Blas Piñar, vicepresidente de Alianza Popular y persona de finísimo humor, como Chicho y otros amigos de nuestro anfitrión.

Balbín, sus mujeres, coches y secretos

Balbín era exactamente igual que en La Clave, y a veces me parecía que estaba en uno de aquellos programas de la Transición que no podíamos perdernos. Era el centro de todas las discusiones, que, con él, no llegaban a reyertas. Le encantaba escuchar, pero cuando debatía lo hacía con pasión. Y a la salida, solía haber una belleza que venía a descubrir la noche con él. Recuerdo cuando me presentó a la nieta de La Pasionaria: "Mira, Federico, el comunismo con rostro humano". "Casi divino", contesté. Pero nunca tuvo, en sus años de inmensa popularidad, ningún escándalo. Ellas iban y venían, y él, siempre caballeroso, con muy buen coche y excelente humor, las despedía. Sus últimos años, con Julia Mesonero, fueron los más gratos.

Porque José Luis Balbín era un hombre de discreciones blindadas. En lo político, era de izquierdas, y La Clave siempre pecó de eso, pero no era sectario, cosa hoy inimaginable en toda la Izquierda y buena parte de la Derecha. Le gustaba ganar, claro, pero seis a cuatro; a veces, siete a tres; no nueve a uno, o diez a cero. Eso lo hacía incompatible con la izquierda que llega al Poder en 1982, con González, Guerra y Balbín de príncipe de TVE. Campo Vidal, al que trajo de Barcelona, se encargó de defenestrarlo, y en los informativos de la televisión pública, la obsesión de José Luis, mandó su detestado Enric Sopena, sectario del Opus reciclado en la secta sociata.

Censurado por la corrupción del PSOE

Balbín cayó por negarse a silenciar las denuncias de corrupción del socialista Alonso Puerta en el ayuntamiento de Tierno Galván. En vez de investigarlas, el que Guerra llamó "víbora con cataratas" echó a Alonso Puerta mientras posaba de Santo de la Movida con bandos de guardarropía. Viví con él aquellos años del desengaño; episodios como el de su íntima Pilar Miró, despeñada desde el Gobierno con fría crueldad. A Balbín no le sorprendió. En una sonada entrevista en Época había dicho: "El malo es Felipe". Y al caer Guerra, se demostró: Polanco y Cebrián eran como él, pero sin tener que rendir cuentas al partido. Sánchez no ha inventado nada.

Recuerdo que me invitó al último programa de La clave, en la segunda temporada, de 1990 a 1993 en Antena 3 TV, la víspera de las elecciones. Era un ambiente triste, de despedida, casi de ex-combatientes, si no fuera por las ganas de pelea que teníamos los allí presentes, de Tamames al Guti. Pero ya Balbín estaba de retirada de las ilusiones profesionales y políticas. No de la vida, que bebía a grandes tragos y de la que no se perdía un plato. Era como un rentista de su talento, que exhibía generoso en las tertulias, pero que brillaba más en las sobremesas después del programa.

La última vez que lo saludé, tras su primer disgusto de salud, fue en Ponferrada, cuando los sicarios de la SER, Pablo Motos incluido, quisieron boicotear el Micrófono de Oro a La Mañana de la COPE. En el vestíbulo del hotel, lleno de periodistas, Balbín me abrazó con alegría y deliberada ostentación, advirtiéndome sobre el motor del coche de época de Luis del Olmo que se prestaba a los premiados. La penúltima fue mejor, en Asturias, en un restaurante de la parte oriental al que costaba mucho llegar, pero en el que aún podríamos seguir, comiendo y charlando. Fue como irnos a vivir para siempre a La Clave. A tiempos mejores y junto a personajes inolvidables, como José Luis Balbín.

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