Hay que dejar marcharse al que se va

Federico Jiménez Losantos
Las diferencias e incluso las pequeñas discrepancias entre Aznar y Rajoy, que fundamentalmente se reducen al tono del discurso electoral en uno y otro, además de lo que el Presidente del Gobierno y el candidato del PP subrayan en sus discursos, están alimentando una controversia que, al margen del interés objetivo para el gran público en época electoral, dos grupos político-mediáticos están muy interesados en mantener: los que quieren hacer olvidar sus ataques al PP durante la guerra de Irak como si hubieran sido simplemente diferencias con Aznar y los que quieren romper la imagen de solidez y coherencia que presenta el PP frente al caos absoluto y la incoherencia por parcelas que presenta el PSOE.
 
Son dos estrategias perfectamente previsibles, sobre todo la segunda, y el único problema que le plantean a Rajoy es que los titulares y los editoriales subrayando las diferencias acaben afectándole. A lo mejor ese es el origen de esa improvisación, el “yo sé cómo” del candidato entrante ante el apremio del Presidente saliente, que ha pedido algo no tan lógico como parece: ganar las elecciones repitiendo e incluso aumentando (si fuera posible, que con los cambios en las circunscripciones es aún más difícil) la mayoría absoluta conseguida por Aznar en el 2000... con Rajoy como jefe de campaña.
 
No es lógico porque si Aznar estuviera en plan Felipe, si no quisiera que el éxito de su sucesor lo borrara de la memoria popular, estaría predicando la comodidad y una cierta complacencia en el resultado, siempre que sea victorioso. Aunque parezca lo contrario, que Aznar pida más tensión al partido y que insista en el mensaje de “a por ellos” es la prueba inequívoca de lealtad al partido y a Rajoy. Porque cuanto mayor sea el éxito, mayor será el olvido.
 
Y es tan difícil esto de morirse, de enterrarse políticamente en vida (tan difícil que no lo ha hecho nadie antes de Aznar), que resulta inevitable tanto que el Presidente vaya por libre en el tono y el argumento de sus discursos como que el candidato se sienta interpelado, a veces incluso molesto, por esta o esotra frase pugnaz. Y el equipo, no digamos: se les harán los dedos huéspedes y las oraciones impertinencias. Por supuesto, si se quieren buscar las diferencias, se encuentran, cómo no se van a encontrar, pero lo importante sigue siendo el hecho sucesorio dentro del PP, verdaderamente ejemplar. Hay que dejar marcharse al que se va, con su agonía a cuestas, y a lo mejor la agonía resultaba menor si se colaborase más expresamente en la tarea del candidato. Pero, claro, entonces se estaría hablando de tutela y de intromisión y sería mucho peor. En fin, que las cosas son como son, no tienen remedio y menos mal que así son. Otros quisieran.
 
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