González, ni memoria ni vergüenza

Federico Jiménez Losantos
Como la escarlatina o el beri-beri, Felipe González aparece y reaparece en la vida política española, sin desaparecer nunca del todo, sin dejar ni dejarnos olvidar su papel clave en la deriva poco gloriosa de la Izquierda española de las dos últimas décadas. Sus trece años y medio en el Poder absoluto, con todas las gollerías y ventajas del cesarismo caribeño, no satisficieron su glotonería de mando. Y el desalojo monclovita dejó en el político sevillano un rencor inextinguible hacia Aznar y los que ocuparon un sitio que, evidentemente, considera de su exclusiva propiedad. No sólo el Gobierno: también el PSOE lo entiende como una finca en la que depone –Borrell, Bono– o dispone –Almunia, Zapatero– de caporales a su antojo, pero dejando claro siempre quién es el amo.

También está claro ya quién es el estratega de la radicalización de Zapatero, tras condenar como “irresponsable” a los que quieren que el Secretario General del PSOE consulte con Javier Solana, Mister PESC, uno de los hombres fuertes del socialismo español en todo el felipato y el cargo más importante de la UE para asuntos de seguridad y defensa. En el guión de González para su partido no hay lugar para las consultas, las matizaciones o los compromisos. Su política es la del “Maura no”, la de 1917, la de 1934, la de la “bolchevización” del PSOE que nos llevó a la Guerra Civil. Es una mezcla de sectarismo (por tanto, de desprecio a la nación, compuesta de grupos sociales con ideas y tendencias diferentes) y aventurerismo suicida (porque jugando a la ruleta rusa es más que probable que el jugador acabe volándose los sesos), con un toque sonámbulo que hace particularmente inquietante su discurso.

En materia de política exterior, González no conoce la vergüenza y practica la amnesia voluntaria. Ha decidido olvidar que estamos en la Guerra que él empezó junto a Bush I, con el respaldo de Aznar, entonces jefe de la oposición, y, por si Francia y Alemania acaban capitulando en su boicot a los USA y a la mayoría de Estados de la UE, ha decidido que el PSOE debe colocarse en la posición de Anguita ayer y Llamazares hoy: a favor de cualquier tirano que provoque la reacción y represalia de Washington. Mientras repite como un papagayo que Aznar se ha quedado solo junto a Bush, la realidad es que González y Zapatero están dejando al PSOE absolutamente solo, al margen de la posición mayoritaria de los países occidentales, identificado sólo con los extremistas de izquierda y de derecha, con los antisemitas y los antiliberales, con Le Pen y Batasuna.

Tienen o creen tener a su favor la batahola mediática y las encuestas. Pero, en realidad, lo único que puede favorecer esta aventura inmoral, hipócrita y liberticida es la incapacidad del PP para actuar conforme a unos principios y dar en los medios la batalla de las ideas, que no es lo mismo que la de los eslóganes y la propaganda. Aún así, en las carreras de ratas siempre hay una que llega la última. No será González, pero puede ser Zapatero. La última vez que fueron de la mano PSOE e IU fue en el 2000, y el PP tuvo mayoría absoluta. Aunque Polanco sea el futuro y la izquierda sea especialista en reescribir el pasado, González aún no es dueño del presente. La realidad da muchas sorpresas.
A continuación