Fuertes con los débiles, débiles con los fuertes

Federico Jiménez Losantos
Si recordamos los rayos y centellas arrojados por el socialista Solbes contra Irlanda (en realidad, flechas y venablos contra España) porque su espectacular crecimiento económico le hacía vulnerar ciertas normas comunitarias y comparamos aquel rudo comportamiento con la exquisitez adoptada por el mismo Solbes con el déficit alemán, o la asombrosa delicadeza mostrada ante el desastre de la economía francesa, se comprobará hasta qué punto la Comisión ha hecho suyo el dicho célebre que caracteriza a la perfección el despotismo de medio pelo: “fuerte con los débiles, débil con los fuertes”.
 
A diferencia del caso alemán, que al cabo lleva a cuestas los errores de la unificación –algo que podría asumirse como una prioridad política europea- y que al menos intenta poner en marcha reformas económicas sustanciales para remediar su estancamiento, los franceses no sólo lo hacen todo mal sino que además presumen de su mal comportamiento. Ni dolor de corazón, ni propósito de enmienda. Y la respuesta de la Comisión no ha podido ser más desoladora: ampliación en un año del tiempo que se concede a Francia para poner orden en sus cuentas. ¿Por qué se alarga el plazo previamente acordado para que controle su déficit? ¿Por qué se le trata de manera tan distinta a Irlanda en sus días buenos y a Portugal en sus días malos? ¿Cómo pretende convertirse en una autoridad europea respetada la que no se respeta a sí misma?
 
En política exterior, por ejemplo, el peso de Alemania y Francia puede volcar en un sentido u otro el equilibrio existente porque la realidad no puede nunca desconocerse, pero en materia económica, cuando se tiene una moneda común cuya solidez depende en última instancia del estado de las economías europeas, tener este trato de favor con los que deberían dar ejemplo de seriedad –Francia y Alemania crearon las normas que ahora incumplen– es malo para la política y para la economía; malo, en suma, para Europa. Es como negociar con un chantajista: se empieza a pagar y no se acaba nunca. Aunque el chantajista sea de la familia.
 
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