La crisis del Real Madrid / y 3

Fin de ciclo, no de proyecto

Federico Jiménez Losantos
La derrota ante el FC Barcelona en el Bernabéu, aventando casi todas las posibilidades de ganar la Liga tras haber perdido la Copa y la Liga de Campeones, supone algo más que una temporada en barbecho después de presumir, ay, demasiado de que podía conquistar el "trébol", los tres trofeos. Al margen de las injusticias del fútbol, y la derrota ante el Barça fue bastante injusta, no cabe esgrimir la injusticia como argumento exculpatorio para el fracaso de la temporada 2003-2004, la "galáctica" por excelencia, la que debía coronar el primer mandato de Florentino para abordar el segundo, acaso el último, con ánimo de institucionalizar la hegemonía mundial del Real Madrid.
 
Sin embargo, tan absurdo como no ver las terribles carencias de un equipo sin entrenador, sin defensa, sin banquillo y sin condición física para llegar en buenas condiciones al final de las competiciones que disputa y hacerlo con posibilidades reales de ganarlas, sería, a mi juicio, dar por concluída la Era Florentiniana o Galáctica del que sigue siendo el mejor club de la historia del fútbol y el que aún es capaz de hacer el mejor fútbol, aunque sólo a rachas y sin la continuidad precisa para ganar títulos, que es lo único que se le exige al Madrid y que el Madrid y su afición se exigen a sí mismos. Es evidente que un ciclo de una brillantez extraordinaria ha terminado. Sin embargo, el final de un ciclo no debería suponer el final de un proyecto, que es el de Florentino para devolver al Madrid, corregida y aumentada; es decir, globalizada la gloria de Bernabéu.
 
Hay quien piensa que la injusta derrota electoral del PP, la amarga salida de un madridista tan conspicuo como el ex-presidente del Gobierno José María Aznar, el hecho que su sucesor, Rodríguez Zapatero, sea hincha del Barça y que el club dirigido por Laporta sea el que apuntillase a los "galácticos" con la necesaria ayuda del árbitro son otras tantas causas de la caída del Madrid o signos de su crepúsculo. En mi opinión, y sin negar que los ciclos económicos, políticos y futbolísticos existen y que se rigen por leyes perceptibles aunque de funcionamiento impredecible e incognoscible para el común de los mortales, el proyecto florentiniano del Madrid puede naufragar con el PP o no. Pueden remontar ambos, uno o ninguno, dependerá de la suerte pero, sobre todo, de las ganas de buscarla y del acierto para adecuar los medios a los objetivos. "Ni está el mañana en el ayer escrito", como dijo el poeta, ni el cercano ayer gravita fatalmente sobre el inmediato mañana. Dependerá de la voluntad y del buen uso de la libertad.
 
Como ya apuntamos en los dos artículos precedentes, el fallo del Madrid ha sido la incoherencia de un proyecto universal y genuinamente liberal con un proteccionismo localista o "de cantera" francamente irrisorio. Pero peor aún que hacer lo que quizás no tenía más remedio que hacer Florentino en una primera etapa ha sido creérselo, asumir como verdad incontrovertible la evidente majadería del modelo de "Zidanes y Pavones", que sólo el halago al poderoso, futbolístico o político, puede haber hecho anidar en el natural desconfiado de Florentino. Ni más ni menos que en el de Aznar, otro derechista típico, ha producido la soberbia mecida y narcotizada por el incienso de los serviles.
 
En el luctuoso partido contra el Barça se pusieron de manifiesto varias cosas, todas ellas visibles desde la temporada pasada y clamorosamente evidentes en ésta. La primera, que el Madrid puede hacer el mejor fútbol de ataque del mundo, es decir, el mejor fútbol. La segunda, que es incapaz de defender lo que consigue atacando. A lo mejor repitiendo en la moviola el desastre defensivo en los dos goles del Barcelona se da cuenta Florentino de que eso de pedir centrales cuando no los hay no son ganas de molestar ni síntomas de incomprensión del proyecto galáctico, sino de tener los pies en el suelo y no en Babia. A lo mejor comprobando que Zidane no fue capaz de terminar una sola carrera en la segunda parte sin que Queiroz lo cambiase hasta haber asegurado el desastre se da cuenta el presidente del Madrid de que ha fichado como entrenador a una auténtica castaña. A lo mejor si se atreve a mirar la realidad y a comprobar que Raúl no existe y que los mitos no meten goles, mucho menos jugando donde no les corresponde, se da cuenta de que los equipos no pueden salir hechos del vestuario y que si echó a Del Bosque por ser una alfombra para Hierro y Raúl, la alfombra sigue puesta, para Raúl y seis o siete más. Y que como siga recurriendo a la cosmética cuando se necesita cirugía, al Madrid y al propio Florentino les aguarda un crepúsculo más amargo que el de "Sunset Boulevard".
 
Naturalmente, yo no le voy a decir a Florentino a quién tiene que echar y a quién fichar. Lo que como aficionado al fútbol que ha disfrutado y disfruta con el Madrid "galáctico" sí querría transmitirle es que debe ser lo suficientemente humilde como para aceptar que tan suyos han sido los aciertos como los errores, y que hoy predominan los segundos o no son suficientes los primeros, que tanto da. Y que para conservar lo esencial de su grandioso proyecto para el Real Madrid debe saber enterrar el ciclo ya difunto sin aspavientos pero sin contemplaciones. No renovar por renovar, no "pavonizar" por "pavonizar" y ni siquiera "zidanizar" por "zidanizar". Con la misma ambición, tenacidad y astucia con que empezó fichando a Figo, debe ahora reconstruir el equipo desde atrás, darle profundidad al banquillo y no creerse todo lo que dice la propaganda, sobre todo cuando la fabrica uno, que es achaque muy politiquero y capaz de liquidar cualquier imperio. Florentino ha creado el modelo de todo club que aspire a ser el número uno en el siglo XXI y ésa es una gloria que ya nadie puede discutirle. Seguir haciéndolo de la única forma posible, que es jugando el mejor fútbol y ganando títulos, es el reto que tiene por delante. No lo ganará mirando atrás. Sólo reconociendo las crisis es posible  llegar a resolverlas. Florentino aún puede hacerlo con la del Madrid. Ojalá lo consiga.
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