Esta guerra no se debe cerrar en falso

Federico Jiménez Losantos
A medida que se volatilizan los últimos restos materiales del régimen talibán, se perfila también con mayor nitidez la verdadera naturaleza del enemigo terrorista contra el que se ha desatado esta guerra. Aparentemente, ese enemigo en retirada se llama Ben Laden, su suegro el “mulá” Tuerto o las Brigadas Internacionales del terrorismo islámico. Pero al margen de que mientras no se haya capturado, vivo o muerto, al jefe de la red terrorista Al Qaeda, la guerra no puede terminar, los Estados Unidos se van a ver pronto abocados a una seria presión interior y, sobre todo, una agobiante presión exterior, para dar por concluida una guerra que distan mucho de haber ganado. Distamos, deberíamos decir, por asumir como españoles y europeos la parte que nos toca en su resultado, aunque nuestra participación en los hechos militares haya sido prácticamente nula.

La razón para que los europeos quieran que los USA terminen cuanto antes una pequeña guerra afgana y den carpetazo al 11 de Septiembre es la misma que explica su tradicional inhibición en los asuntos internacionales y, con la excepción de Gran Bretaña, la radical insolidaridad que demuestran siempre con respecto a los USA, que parecen existir sólo para dos cosas: para salvar militarmente a los europeos y para que los europeos no se lo agradezcan. No cabe esperar grandes novedades, ni muy positivas, por lo que a la Unión Europea se refiere. Si no estorba demasiado, ya será bastante.

Pero Estados Unidos debe resistir a la tentación de cerrar en falso esta guerra como hizo con la del Golfo. No hay motivos para pensar que ese es su propósito. Al contrario. Pero el mundo no ha cambiado desde que una combinación de miseria intelectual y comodidad política permitió el asombroso mantenimiento del régimen de Sadam Hussein a cambio de que las tropas de Colin Powell pudieran desfilar cuanto antes por la V Avenida. Aquella decisión o, para ser preciso, aquella dimisión de las responsabilidades militares por parte de los USA y sus aliados es una de las causas del 11 de Septiembre. Esperemos que se haya aprendido esa lección, por lo menos en la familia Bush.

Para ganar la guerra contra el terrorismo es necesario librarla. Y no puede limitarse a un episodio en Afganistán o a la captura de Ben Laden, si se produce. Hay que desmantelar y destruir todas las redes del terrorismo internacional, el islámico y el no islámico. Hay que cambiar de raíz la política suicida de los países occidentales ante la amenaza terrorista, hay que organizar una auténtica fuerza militar, política, legal policial e informativa que impida la reproducción, corregida y aumentada, de la masacre del 11 de Septiembre. Hay que poner en pie un auténtico Orden Internacional, digno de ese nombre, que persiga a los terroristas, a todos los terroristas, por todos los medios y sin límite de tiempo.

Terminar esta guerra casi sin haber empezado seria una catástrofe sin precedentes en la historia de la Humanidad, incomparablemente peor que la masacre del 11 de Septiembre. Esperemos que los Estados Unidos mantengan su análisis de entonces, se dispongan para una larga, dura y sucia contienda de alcance universal hasta liquidar las redes terroristas en todo el mundo y resistan la tentación de cantar victoria, que sería la auténtica prueba de su derrota. De nuestra derrota.

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