¡Es el Comunismo, estúpidos!

Federico Jiménez Losantos

Un tanque avanza lentamente, en una columna irregular, a orillas del Dnieper, en territorio ucraniano. Lleva un techo de camuflaje, desmentido por la clásica bandera comunista, roja, con la hoz y el martillo. No la de alguna de las repúblicas tras cuyo reconocimiento Putin ha invadido toda Ucrania. Ni la rusa, que izó el alcalde de San Petersburgo, aún Leningrado, frente a los tanques con esta bandera roja que en 1991 cercaron la ciudad para derrocar al presidente de Rusia, Yeltsin, y al de la URSS, Gorbachov. Es una imagen aislada que revela el conjunto. La intervención no parte del nacionalismo panruso sino del comunismo compartido. Lenin tomó Jarkov en 1921 y desató en Rusia la primera hambruna: cinco millones de muertos. Stalin lo copió en Ucrania con el Holodomor: seis millones de muertos. Un siglo de dictadura totalitaria y sólo diez años de democracia descompuesta.

En el documental de Loznitsa El último Imperio (The event) (Filmin) se ve al alcalde de Leningrado, tras izar la bandera rusa, entrando en su coche. Le abre las puertas el jefe de su escolta: se llama Vladimir Putin y será un hombre de confianza de Yeltsin, a quien heredará y desheredará en 1999. Su lección del fracaso comunista en 1991 es que, para restaurar el poder de la URSS, el camino no es el de los tanques, que se frenaron contra los coches, sino subirse al coche de los líderes políticos. Tras veinte años en el poder, sus tanques se pasean por el Dnieper o la carretera de Kiev. En la salida hacia Polonia se agolpan miles de coches. La entrada está cómodamente vacía.

Rusia, primera víctima del comunismo

Los propagandistas de la izquierda y de la derecha dizque nacional, que también se licúa con Putin, disculpan a medias o respaldan abiertamente la invasión de Ucrania, de la que Bardem y Garzón culpan al imperialismo zarista. Por distintas razones, la izquierda y parte de la derecha borran una diferencia no siempre clara pero siempre real entre el nacionalismo ruso y el comunismo soviético. El primero es de tradición y carácter particular y busca una hegemonía territorial sobre media Europa y parte de Asia. El segundo es universal, desborda los límites geográficos, y se basa en una idea de la Humanidad que abarca a todos los países y es para siempre.

El último zar Nicolás II quería tomar Constantinopla y proclamar a Moscú la "Tercera Roma" cristiana. El primer dictador soviético, Lenin, era ferozmente anticristiano y no admitía límites históricos -el Hombre Nuevo socialista no había existido nunca- ni culturales. Si el comunismo busca un dominio universal es por razones ideológicas que declara éticas: acabar con la propiedad y la libertad individual, que habrían impedido la realización plena del ser humano. Aunque Rusia albergó el primer Estado comunista y la URSS fue la armadura y el arma temible del nacionalismo ruso, el nacionalismo cupo en el comunismo y el comunismo lo desbordó. Durante cuarenta años, el comunismo chino y la URSS fueron inseparables. Desde la ruptura china con Kruschev, su modelo de sociedad y el afán de liderazgo del comunismo mundial los separó. Hoy su condición comunista los ha unido. Y lo más temible del Putin nacionalista es el Putin comunista. Por eso la invasión de Ucrania tiene el respaldo entusiasta de Venezuela, Cuba y de todos los comunistas del mundo, dentro o fuera del Gobierno. Y por eso es inmoral defender posiciones anticomunistas y disculpar a Putin.

En realidad, la primera víctima del comunismo fue Rusia, que hoy tiene la mitad de habitantes que la de 1917, con casi el mismo territorio. Las víctimas de Lenin, Stalin y sus sucesores son un tercio de la población. Pero la razón última de las masacres y la ruina de Rusia bajo Lenin y sus sucesores es la misma que la de China, Camboya, Cuba o Venezuela bajo Mao, Pol Pot, Castro o Maduro: el comunismo, una ideología a la que se ha subordinado siempre el bienestar y la propia vida de la gente. A excepción de los comunistas, claro, que al representar la ideología sagrada no están obligados a respetarla, sino que van interpretándola según les conviene.

Cuando Lenin vio que peligraba su poder, puso en marcha la NEP, Nueva Política Económica, que permitió la reapertura de los mercados y el restablecimiento de la propiedad rural para abastecer a las ciudades, pero con carácter temporal. Cuando se vio fuerte, la liquidó. Lo mismo hizo Stalin: abrió la mano cuando no tuvo más remedio y cerró el puño cuando mejoró su situación. El grado de supeditación de la economía a la política explica la sangrienta evolución de China hasta la dictadura de Xi Jinping. Tras la caída del Muro y la masacre de Tiananmén, cabe decir que todo régimen comunista se basa en la alianza de comisarios políticos y oligarcas económicos, unidos por la corrupción y protegidos por la violencia estatal. El modelo es el de Lenin: partido único, represión ideológica y brutalidad policial. Propaganda y represión, mentira y terror: eso es el comunismo.

Las invasiones militares comunistas

Por su naturaleza ideológica totalitaria, el comunismo debe intervenir en todos los países y de todas las formas. Pero la intervención militar, a diferencia del terrorismo y la guerrilla, exige, algo más que voluntad. Son necesarias capacidad militar y doctrina estratégica para utilizarla. Eso lo consiguió Lenin al crear el primer Estado comunista, y alcanzó con Stalin su teoría y modo de intervención. Moralmente, un ejército comunista debe estar siempre dispuesto a actuar por razones políticas, que marca el partido. De Lenin y Trotski a Mao y Zu De, la doctrina militar es siempre política.

La intervención de ejércitos regulares comunistas más allá de las fronteras de sus países se produce desde los primeros tiempos de Lenin y por la misma razón ideológica: el comunismo no reconoce fronteras. Tras firmar la renuncia a los territorios de Polonia, Lenin quiso recuperarlos. Pensó que con los restos imperiales y los partidos comunistas lo lograría. Ante los representantes de los partidos de la III Internacional, montó un gran escaparate para mostrar la toma de Varsovia. Pero Varsovia resistió. Invadió Finlandia, y Finlandia resistió. Sublevó Hungría, y la sublevación fracasó. Forzó el golpe espartaquista en Alemania y también fue derrotado. Entonces, Stalin creó la doctrina del "socialismo en un solo país", para que los partidos comunistas supeditaran sus intereses a los de Moscú. La guerra civil española fue el escaparate de ese sometimiento. Pero el "antifascismo" mutó de inmediato en defensa del pacto Hitler-Stalin. Y sólo cuando Hitler atacó la URSS y regiones sometidas, como Ucrania, se desempolvaron el antifascismo, la guerra de España y demás farfolla soviética. Hasta hoy.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Stalin rompió los acuerdos de Yalta y no permitió elecciones libres en la zona ocupada por el Ejército Rojo. El Telón de Acero o Cortina de Hierro, en frase de Churchill, partió Europa en dos. Y en la Oriental, los tanques soviéticos ahogaron en sangre todos los levantamientos populares y los intentos de reforma de los propios partidos y gobiernos comunistas. Alemania Oriental en 1953, Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968 y Polonia en dos ocasiones, la última en 1981, fueron escenarios para aplicar la "soberanía limitada" de Breznev, en rigor, una adaptación por Súslov del "socialismo en un solo país" de Stalin.

La forma de intervención militar fue de dos tipos, y ambos está ahora utilizando Putin con Ucrania. En la primera, Alemania oriental, Moscú dijo que no era invasión porque legalmente era territorio bajo control soviético, y que sólo ayudaban a derrotar la conspiración nazifascista. En la última, la de Polonia tras el alzamiento de Gdansk, dijeron que apoyaban al general Jaruzelski a restablecer el orden. En medio, en Budapest y Praga, no había excusa, y masacraron por igual a los gobiernos de Imre Nagy y Dubcek y a los anticomunistas en la calle. Lo mismo que en Afganistán: a petición de un camarada, había que intervenir. A favor o contra el camarada. La URSS emprendió todas las guerras contra el capitalismo: China, Corea, Vietnam. Y formó las guerrillas de Africa, Asia y América, en especial las de Cuba. La intervención que más recuerda la de Ucrania es la de Hungría, dirigida por Andropov, que provocó tres mil muertos y doscientos mil exiliados.

Invasiones después de la URSS

Tras la desaparición de la URSS, pronto rehecha en la CEI, Moscú ha intervenido militarmente fuera de la antigua URSS, en Siria, y dentro de las antiguas fronteras. Empezó en Georgia, con la táctica de Ucrania: creó dos repúblicas separatistas, Osetia del Sur y Abjasia, y al atacarlas Georgia para impedir la secesión, invadió Georgia para ayudarlas. Después de tres episodios bélicos, el balance fue de 20.000 muertos y 300.000 exiliados.

Putin recuperó directamente Chechenia, tras dos guerras. En 1991, al disolverse la URSS, se proclamó independiente, pero en 1994 Moscú envió tropas para recuperarla. Tras dos años de guerra se pactó la retirada en 1996. Pero en 1999, al llegar Putin al poder, invadió Chechenia y mantuvo durísimos enfrentamientos hasta 2009, cuando pudo proclamar su victoria. Kirguistán también pidió ayuda a Putin, tras sangrientos enfrentamientos con los uzbekos. Moscú intervino y ha pactado un protectorado de 15 años.

El primer ataque a Ucrania fue la invasión y conquista de Crimea, en 2015. Después vino la creación de dos repúblicas prorrusas y, por ahora, la invasión total del territorio ucraniano. Pero tiene tropas en la zona oriental de Moldavia y republiquitas prorrusas. Y amenaza a Suecia y Finlandia si se atreven a entrar en la OTAN. Como buen comunista, Putin se cree con derecho a actuar donde su fuerza se lo permita. Y el mundo debe obedecer.

Para ayudar a Ucrania, armas y nucleares

La paz entre Rusia y Ucrania sería posible si compartieran modelo político. Una dictadura hija del comunismo y una democracia semejante a las de Europa occidental son incompatibles. Putin tiene aliados políticos y militares de estirpe leninista, como Bielorrusia. Pero su aliado decisivo es el comercio con los países capitalistas, en especial Alemania. Berlín se dio el gustazo progre de cerrar las centrales nucleares y abonarse al gas ruso. Hoy no funcionaría sin esa fuente barata y que tragan verdes y ecologistas.

Rusia negociará si le arman guerrillas y le impiden exportar energía. Pero Putin puede forzar a los rusos a pasar hambre, Scholtz no puede forzar a los alemanes a pasar frío. Eso explica el truco de Biden, que veta a Moscú la compra de tecnología en dólares a través de bancos americanos, pero con una exención: la venta de energía rusa a bancos alemanes, que guardan esas cuentas en dólares hasta el fin de las sanciones. Alemania sigue comprando gas y Rusia gasta las reservas en dólares preparadas antes de la guerra y va llenando su hucha para atacar Moldavia, con dinero de sus enemigos. ¿Lo somos de verdad? ¿Estamos con Ucrania y la libertad? Demostrémoslo. Lo primero, urge un rearme general en torno a la OTAN. Lo segundo, liquidar la transición ecologista y crear centrales nucleares para tener una energía limpia y nuestra, sin depender de Putin ni del que lo inventó, un tal Lenin. Clinton ganó las elecciones a Bush I con un eslogan: "¡Es la economía, estúpido!". Lo de Ucrania es el comunismo. ¿Somos tan estúpidos como para no verlo?

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