Opinión

Elián ya es un muñeco de Castro

Federico Jiménez Losantos
Las jeremiadas iracundas de los izquierdistas y las bobadas gimoteantes de los derechistas acomplejados que durante meses soportamos a propósito del "Caso Elián", brillan por su ausencia. Y sin embargo, el niño rescatado por los delfines y algunos humanos de la Florida mientras su madre moría en el intento de conseguir la libertad para ambos, el mismo niño cuya custodia exigieron su padre biológico y el verdugo de su madre, Fidel Castro, sí, aquel mismo niño que tras una tremenda campaña de propaganda totalitaria y tras la más infecta y cobarde capitulación de ningún Gobierno norteamericano ante la dictadura cubana fue robado a punta de fusil por orden de Janet Reno a sus familiares en Miami y entregado a Castro, ya es una estrella de la propaganda comunista. Ya llama "abuelo" al Coma-andante, ya lleva orgulloso el uniforme de los pioneros del partido único, esos monigotitos con el pañuelo rojo al cuello que gritan "¡Seremos como el Che!", ya se prepara para ser un buen karateka y servir al régimen al que le debe todo. Empezando, naturalmente, por ser huérfano.

El padre biológico pero desnaturalizado (o de naturaleza tan fervientemente despótica que disfruta con la exhibición circense del niño) aparece poco en los noticieros propagandísticos de la Revolución. La figura principal, aparte de Elián, son los símbolos de la dictadura, empezando naturalmente por Fidel Castro, y destacando la maestra-propagandista que tanto éxito ha tenido lavándole el cerebro al chico. Guapo chico, por cierto. Muy fotogénico. En el futuro, si la dictadura durase hasta su mayoría de edad, puede ser comisario político o galán de playa, de los que acaban viviendo en Madrid junto a las ballenas varadas del espectáculo y vendiendo sus intimidades en la telebasura. Claro que siempre será menos basura que la televisión en la que se insulta a diario a los que, como la madre de Elián, perdieron la vida por buscar la libertad, a los que se fusila por intentar lo mismo que su madre, a los que se encarcela durante años y años por pedir simplemente, eso, más libertad, o a los que como el abuelo de verdad de Elián, tras pasar por la cárcel y el exilio, querrían un futuro de libertad para sus nietos. Al lado de esa telebasura de Castro, Jerry Springer resulta casi un reportero vaticano.

Pero lo que el abuelo miamense de Elián, no el fingido abuelastro habanero, alegaba ante la Justicia norteamericana cuando pedía la custodia legal de su nieto era la posibilidad de educarlo en unos valores de libertad, de pluralidad, de derecho a la vida y la dignidad de las personas que son los que dieron origen a la nación norteamericana y los que deben inspirar la educación de todo país respetable y de toda persona respetada. Lo que su abuelo no quería era que Elián se convirtiera en lo que, como era perfectamente previsible, se ha convertido: en un payasito propagandista del abyecto régimen que mandó a su abuelo a la cárcel y a su madre a la muerte, que fusila a quienes intentan huir y maltrata en la cárcel a quienes pretenden hablar, que injuria a quienes quieren ser personas y que acaba con las familias como referencia vital de los niños, para sustituirlas por el Estado Totalitario como única familia y con único pariente: Fidel Castro.

Sí: los Clinton y demás cuadrilla que arrebataron a Elián a su familia en Miami y se lo entregaron a la dictadura habanera (no existe la familia en Cuba, sólo el omnipresente régimen político, así que no se lo podían entregar a un padre que no puede ejercer como tal) no dicen nada ante el naciente estrellato comunista de Elián. Su padre biológico se comprometió expresamente a que no se le utilizara como herramienta de la propaganda del régimen. ¿Alguien del Departamento de Justicia reclamará ahora su custodia por haber quebrantado las condiciones en que se pactó? Por supuesto que no. Su abuelo, el que tanto luchó tratando de que no educaran a su nieto para ser un terrorista como el Che y en el desprecio a su pobre madre muerta, ha hecho unas declaraciones recordando todo esto, sin que nadie de los que tanto hablaron entonces y tanto callan ahora, le haya respondido.

Del silencio se ha defendido con el último recurso del exilio cubano: el humor. Al preguntarle qué sentía cuando veía a Castro proclamarse "abuelo" de Elián, dijo: "Después de mandarme años preso, después de botarme de la isla, después de robarme a mi nieto, ahora va a resultar que somos hermanos. ¡Qué descarado, chico! ¡Eso sí que no!"
A continuación