El silencio a la espera del ataque final

Federico Jiménez Losantos
Como suele suceder en las grandes batallas, reina un extraño silencio tras publicar “El Mundo” que los hermanos Rato recibieron para su empresa Muinmo un crédito de quinientos millones del HBSC, el banco de Gescartera. La salida del propio Rato a explicar en la radio que “él no tiene nada que ver” con ese crédito aún no ha provocado reacción alguna. Como dudando antes de lanzarse sobre una pieza de caza mayor, con muchas puntas y no pocas bajas en su haber, los cazadores aguardan con las armas amartilladas a que alguien dé un grito o haga el primer disparo para lanzarse en tromba tras él. Mientras, ventean el horizonte y calculan cómo hacer más daño sin recibir ninguno, cómo llegar a exhibir la cabeza del enemigo sin mancharse de sangre.

Rato, tocado pero desafiante, se ha negado a pedir disculpas al PSOE por haberle acusado de chantajear al Ejecutivo durante la negociación PP-PSOE sobre los cupos institucionales, para colocar a Jaime González, amigo de Zapatero y látigo de Aznar en tiempos vallisoletanos. Nadie puede dudar ya de que la provocación de Rato fue deliberada y que no suponía un reto a Zapatero sino al propio Aznar. No es la primera vez que el vicepresidente se siente solo y abandonado por su jefe y viejo amigo, si es que las amistades pudieran sobrevivir a la política. Pero ahora ya no se trata de la sucesión presidencial sino de la simple y llana supervivencia política. Aznar, una vez enterado del crédito del HSBC a los Rato, no ha dicho lo del “dos por el precio de uno” y cobra toda su dramática vigencia la frase de circunstancias: “caiga quien caiga”. El único que puede caer, que está cayendo ya, es Rodrigo Rato.

Que el Vicepresidente no supo nada del crédito de 500 millones a una empresa en la que tiene el 33% es técnicamente posible pero políticamente no resultará creíble para quien no tenga una voluntad expresa de confiar en Rato. Y si no lo hace Aznar, calcúlese el PSOE y el resto de partidos de la Oposición. Dos datos agravan aún más la situación del vicepresidente: que el director del HSBC mintió en la Comisión al negar que hubiera concedido créditos a cargos del Gobierno y que durante dos días, hasta su publicación en “El Mundo”, esos datos estaban en el Congreso y los grupos parlamentarios no los recibieron, lo cual permite a los socialistas sugerir su deliberada ocultación. Que la noticia haya salido entre algodones, aún siendo dinamita, avala esa sospecha que deberán aventar los responsables. Si es que pueden.

La semana que viene, si para entonces Rato sigue en el cargo, deberá pedir o afrontar su comparecencia ante la Comisión, con sus señorías decoradas con las pinturas de guerra y dispuestas al rito de la antropofagia política. Será el “calvario” que le augura “El Mundo” prometiéndole la resurrección y que no pasa de ser una hipótesis piadosa cuanto milagrera. Lo normal es que Rato no salga de ésta e incluso que, si su orgullo se lo permite, dimita antes de la ordalía parlamentaria para rebajar el tono de un juicio que sería verdaderamente terrible, en lo personal como en lo político. ¿Le pedirá que dimita el presidente? Hasta donde llegan nuestros rudimentos de aznarología, no. El silencio helado de la Pirámide, el hermetismo interior del Partido y del Gobierno serán su forma de presión, la más terrible, mientras en el exterior termina esta calma psicológica, este ominoso silencio cargado de presagios. Y suena el primer grito contra el otrora todopoderoso vicepresidente. Y ya todos –todos– se lanzan al ataque final.

Vae victis!

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