Zapatero

El sectarismo no tiene remedio

Federico Jiménez Losantos
Da exactamente igual que El País obligue a rectificar un poquito, sólo un poquito, a su candidato Zapatero por achacar los atentados de Casablanca al apoyo de Aznar a la coalición internacional liderada por Bush, que fue capaz de liquidar en tres semanas el régimen genocida de Sadam Husein y con la menor pérdida de vidas que se haya producido nunca en una guerra similar. En realidad, aunque exagerado y torpe, el argumento zapateril no es más que la adaptación de esa inmensa mentira repetida por la izquierda en general y cierta derecha en particular de que “el mundo es más inseguro después de la guerra de Irak”. En rigor, lo que ha hecho Zapatero no es distinto de lo que estos últimos meses, hasta la caída de Bagdad, ha hecho la secta polanquista, la tribu comunista y la compañía de tirititeros metidos a filósofos, que se han cansado de llamar “asesinos” a Aznar y Bush, de ningunear las instituciones representativas y parlamentarias, de deslegitimar al Gobierno democráticamente elegido y de justificar el terrorismo o el vandalismo desatado en toda España contra las sedes y candidatos del PP, justificación natural porque previamente esos medios y esos políticos de Izquierda habían inducido a la violencia manipulando los datos, hechos y razones de la guerra.

Zapatero ha manipulado de forma repugnante los atentados de Casablanca para arrojar cadáveres sobre la candidatura del PP, culpando a Aznar de ser el responsable político de esos crímenes en vez de respaldar la lucha de España, los USA y la mayoría de los países civilizados contra el terrorismo islámico que los produce, como correspondería a una oposición responsable y con títulos justificados para llegar al Gobierno. Pero no otra cosa han hecho con la niña mutilada de Irak ciertos medios de comunicación y ciertos políticos sin escrúpulos, o con las muertes de Couso y Anguita Parrado.

La condición del sectario irreprimible e incondicional se resume en que cualquier argumento le sirve para exterminar política e incluso físicamente al enemigo político. Si el argumento es real, como en el “Prestige” lo exagera al máximo, para negar al adversario electoral el derecho a respirar y hasta a vivir en la blanda atmósfera del Poder. Y si no es verdad, como en la guerra de Irak, segunda guerra del Golfo, se lo inventa. Sucede que el sectarismo perfecto sólo puede funcionar en el vacío, y por eso Zapatero disparata y levita, borracho de oxígeno sectario, en la burbuja de opinión que le ha creado el polanquismo. Pero cuando hay que contrastar argumentos, programas y sobre todo, resultados de la acción de Gobierno, demasiado sectarismo puede ser contraproducente. Esperemos que en este caso sea así y que la rectificación, por parcial e insincera, además llegue tarde. No merece otra cosa quien despreció la posibilidad de ser el Sagasta de Aznar a cambio de convertirse en un muñegote bien tratado en Canal+.
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