Fallo del Supremo

El régimen del 11-M y los escombros de la nación española

Federico Jiménez Losantos
Se acabó: ni justicia, ni decencia, ni ética, ni política, ni moral, ni patriotismo, ni aseo institucional, ni el más mínimo decoro intelectual. Tras la última sentencia pilatesca del Tribunal Supremo y el respaldo incondicional, granítico a la inmensa mentira policial, judicial, política y periodística del 11-M, el PP de Rajoy, que es el de Gallardón y el de la Izquierda, ha aceptado el régimen salido de la masacre del 11-M. Murió más gente esa mañana de 2004 que en las jornadas del 2 de Mayo a manos y fusiles de los franceses. Como hace doscientos años, la inmensa mayoría de los españoles ha preferido mirar hacia otro lado mientras asesinaban a los suyos en pleno centro de Madrid. La gran diferencia es que entonces los ciento cuarenta asesinados por Murat fueron a la muerte voluntariamente, por defender lo que creían más valioso que la vida. Esta vez, los casi doscientos asesinados, amén de los mil quinientos heridos y mutilados, lo han sido a ciegas, sin saber lo último que les pasaba, ni cómo ni por qué. La Inquisición entonces, la dictadura de lo políticamente correcto hoy, ha condenado severamente a los que se han empeñado en resistirse a la tiranía. Militares y civiles, clérigos y seglares se han mostrado de acuerdo con la condena dictada por los inquisidores. Y la mayor parte de los presuntos ciudadanos ha preferido mirar a cualquier sitio salvo a los muertos, que son la imagen terrible, humeante, sangrienta de la masacrada nación española. Ya puede decirse que el 17 de Julio de 2008 ha nacido un nuevo régimen, fundado sobre la sangre y la mentira, en el que sólo la sangre ha sido cierta y en el que sólo la mentira es verdad.
 
Por pasmosa coincidencia pedagógica, la imagen de este cambio de régimen la resumía ese mismo día el Rey, símbolo de los supervivientes, paseando con Adolfo Suárez, símbolo de los sobrevividos. El mismo Rey que lo echó del Poder fue a ver al presidente del Gobierno que, con la asistencia de casi todas las instituciones nacionales, fundó el régimen constitucional de 1978. Pero lo visitó a sabiendas de que, víctima del Alzheimer, no conoce a nadie. Suárez pasa así a la historia por segunda vez, pero ahora como símbolo de una España sin memoria, entendimiento ni voluntad. Es un cuerpo de aspecto saludable, como todo lo que vegeta en esta primavera tardía o verano clemente, un ayer definitivamente borrado y un mañana que depende en todo de los demás, de los que comprobarán a diario que sigue vivo sin saber quién es, quién  ha sido, quién podría ser. He ahí España, llevada del brazo, del hombro, viéndolo todo pero sin enterarse de nada. He ahí el cuerpo vivo pero intelectual y moralmente muerto de la nación española.
 
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