El PSOE nos lleva a otro 1934. ¿Son conscientes Casado y Abascal?

Federico Jiménez Losantos

El 22 de Junio de 2021 debería recordarse, según Rosa Díez, como El Día de la Infamia, porque en él se consumó la traición de Sánchez a su juramento como presidente del Gobierno al indultar ilegalmente a los golpistas catalanes, sus socios. Por desgracia, es sólo el primero de los delitos necesarios para la destrucción del régimen constitucional de 1978. Detrás, "no por valentía, sino por necesidad", como le recordó el monigote Rufián en su grotesco autobombo parlamentario, vendrán la amnistía y el referéndum de autodeterminación de Cataluña, remate del "reencuentro". Y como todo lo que piensa hacer en esta legislatura es ilegal, y como todavía no puede prescindir de las urnas, se la jugará en las Elecciones Generales.

Dos errores de apreciación en la Derecha

Este PSOE es el de Largo Caballero y Zapatero, de Negrín y Álvarez del Vayo, de Roldán y los GAL, y desde 2004 es siervo político del PSC de Montilla y Maragall, de Illa y del increíble Hulk Iceta ("no ha nacido el que pueda humillarme a mí ni a España", dijo, mientras nos humillaba a todos). Con Sánchez que, como los buitres, ha vuelto a Cuelgamuros buscando carroña para su Memoria Cacacrática, el partido exhibe el mismo rasgo diferencial que desde que Pablo Iglesias lo fundó y llegó a las Cortes ha mostrado: la convicción absoluta de ser el único que puede ejercer legítimamente el Poder.

Y como sucede que, donde hay elecciones, a veces se gana y a veces se pierde, lo que ha caracterizado siempre al PSOE es que, ya instalado en el Poder no lo quiere soltar y recurre a lo que sea para conservarlo; y si lo pierde, busca recobrarlo a toda costa mediante la violencia o la guerra civil.

Sin entrar en lo ideológico o lo patriótico, Casado ha cometido dos errores de cálculo, personal y de partido, que Sánchez le permite enmendar. El primero, creer que a Sánchez se le podría suceder como Gobierno, igual que Rajoy sucedió a Zapatero por la ruina en que se sumió su legislatura. Si algo ha quedado claro es que Sánchez encarna ya un cambio de régimen, de forma que sólo le puede suceder alguien dentro de ese cambio de régimen, lo que excluye a PP y a Vox. Lo único que puede reemplazar, no suceder, a Sánchez es la recuperación del asediado régimen constitucional de 1978. El PP no puede figurar en esa traición a España, aunque quisiera, porque no se le admite en el conjunto de fuerzas antiespañolas que lo llevan a cabo. Su papel sería, en todo caso, aceptar la confederación de repúblicas venideras. Y para ese momento ya no bastaría el PP sino un frente mucho más amplio.

El segundo error, nacido del primero -volver a la táctica de Rajoy de no desgastarse en la oposición al PSOE y esperar su desgaste en el Poder-, partía de creer que Sánchez no se atrevería a ir a un cambio de régimen. Y se ha atrevido. Los indultos no dejan lugar a dudas por algo que explicaba ayer muy bien Redondo Terreros: si quisiera simplemente negociar con los golpistas, habría organizado la mesa bilateral con los indultos como pieza básica de la negociación. Al indultar antes de dialogar, se ha quedado sin otra materia negociable que la amnistía y el referéndum de independencia.

La segunda oportunidad para Casado

El líder histórico del PSE -defenestrado por González y Cebrián, no se olvide, antes de llegar Zapatero y para volver a pactar con el PNV y los nacionalistas- achaca esa torpeza de poner los bueyes delante del carro a la improvisación típica de Sánchez, a sus zigzagueos tácticos y a su ejecución zarrapastrosa. Pero eso no afecta al hecho fundamental: el Gobierno quiere jugar dentro del terreno del golpismo, porque Sánchez siempre lo quiso así. A estas alturas, eso ya no ofrece lugar a dudas, y si Casado aún las tuviera, debería acudir a la ONCE, porque sería incapaz de ver lo que tiene delante.

Ayer explicó Javier Somalo en La soledad de Casado la situación en que el apoyo de empresarios corruptos y medios abyectos al golpe de Sánchez deja al PP, que paradójicamente es de obligada resurrección. O se rebela contra los que le ordenen que se haga un Garamendi o hace lo que debería haber hecho ya hace meses, pero para lo que la radicalización de Sánchez y la aceleración del proceso separatista dirigido desde Moncloa le brinda otra oportunidad: forjar un pacto estratégico con Vox y Cs, cuya dirección correspondería lógicamente al PP, pero con un programa común. Lo de Cs es requisito técnico. Está claro que no sólo la derecha sino la resistencia a la destrucción del orden constitucional y de la propia Nación tiene dos fuerzas, cuya asociación galvanizaría a esa parte de la sociedad no identificada con el PP o Vox pero que ve que Sánchez nos lleva al desastre.

¿Será capaz Casado de creer en sí mismo como líder de la resistencia contra el sanchismo, que empieza, véase Madrid, por defender a su único aliado, o seguirá jugando al centrismo anti-Vox como le ordena PRISA? Lo cierto es que la aceleración del proceso es tal que, incluso los que creyeron en la estrategia del caracol -lentitud, baba y paciencia-, se ven atropellados. Lo único que cabe recordar, aparte de que una vez hubo un Casado que fue capaz de ilusionar a los enemigos del socialismo y el comunismo, es lo que el PSOE ha hecho en otra ocasión demasiado parecida a ésta: 1933-1934.

La rebelión del PSOE contra la II República

En el excelente resumen de su ineludible trilogía sobre los orígenes de la Guerra Civil, La Segunda República Española (La Esfera, 2020), Pío Moa aborda el tránsito fatal de una república sólo para republicanos a una rebelión contra esa República porque las elecciones de final de 1933 las ganó la Derecha con dos grandes partidos: Partido Radical y la CEDA. El golpe de 1934, organizado en toda España por el PSOE y en Cataluña por la Esquerra Republicana de Companys, fue contra un régimen en el que era posible la alternancia. La excusa, que la CEDA era fascista, no resistía el más mínimo análisis, pero ¿cuándo se ha preocupado de decir la verdad la Izquierda? Y menos, si antes de las elecciones de Noviembre, en Agosto de 1933, el PSOE había decidido en su congreso que la única vía política aceptable ya para el PSOE era la dictadura del proletariado, o sea, la suya.

Alcalá Zamora, desde la presidencia, saboteó mediante toda clase de subterfugios "moderados" la formación del único gobierno lógico y sólido salido de las urnas, el de la CEDA y el Partido Radical. La CEDA, afligida por la prudencia vaticana, no reclamó aquello a lo que tenía derecho, que era entrar en el Gobierno, y como los radicales no sabían qué hacer, al final formaron un gobierno débil, sin la dirección que las dos fuerzas políticas debían darle. Naturalmente, llegó el golpe de Estado. Y fue derrotado. Pero en lugar de ilegalizar a los partidos golpistas y condenar a las máximas penas a los que con el Golpe habían provocado más de mil muertos, los jueces los medio indultaron en 1935 y, en 1936, se autoindultaron del todo, tras robar las elecciones y encaminarse, como habían anunciado detalladamente, a la guerra civil.

Es muy posible que dentro de dos años el PP y VOX puedan formar Gobierno. ¿Y qué que harán el PSOE y sus socios? Naturalmente, alzarse contra "una monarquía que no nos representa", "un régimen en el que no caben nuestras aspiraciones" y "el gobierno fascista del PP y VOX". ¿Han pensado en ese escenario Casado y Abascal? Pues deberían. Es el más verosímil, si no el único. Y sobran precedentes: comunistas y separatistas de la mano del PSOE. Como decía Valle Inclán, "¡Viene en la Historia!".

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