El Príncipe en Babia

Federico Jiménez Losantos

El carácter mágico de la Monarquía se manifiesta en que, al estar encarnada por una sola persona, los súbditos con ambición de ciudadanos, es decir, los descontentos, pueden atribuirle al Rey su misma opinión sobre los males que afligen al reino en general y a ellos en particular. La importancia de este mecanismo de proyección sobre esa persona cuya lejanía le impide compartir las penas sin dejar de sentirlas es sustancial, porque descarga de responsabilidad al rey y en vez de atribuirle una parte en el desgobierno o el propio descontento lo descarga de toda responsabilidad –cosa que no puede suceder con el presidente de una República, cuyos saberes y poderes están tasados– y, sobre todo, le adjudica un conocimiento profundo, una buena fe ilimitada y una voluntad de cambiar las cosas en cuanto la ocasión sea propicia, que no será cuando quiera, sino cuando buenamente pueda.

El gran teatro de nuestro Siglo de Oro abunda en ejemplos de esa unión simbólica del pueblo y el rey o, como se dirá luego, la nación y el trono. En El Alcalde de Zalamea o El mejor alcalde, el rey, sorprende la claridad de ese "contrato social institucional", de esa mutua lealtad cuyo origen está en los fueros medievales y las libertades castellanas, en las cartas pueblas, en los concejos y en las Cortes, formas todas de pacto entre la corona y los diversos estamentos sociales, entre el rey y los "labriegos honrados" o, "los que viven por sus manos", como acuñó en verso Jorge Manrique allá por el siglo XV.

Cuando el Rey respalda el atropello que al honor o a la hacienda de los humildes hacen los poderosos en nombre de la Corona, ese pacto queda roto y debe rehacerlo el rey en persona para recuperar su legitimidad. Así sucede en los dramas de honor de Lope y otros taumaturgos de la escena, que van más allá de los abusos sexuales a la belleza sujeta a la pobreza. Lo que está en juego es el respeto al honor de la gente del común, de los que pechan o pagan impuestos pero, sobre todo, de los que tienen la infinita dignidad de ser tan hijos de Dios como el mismísimo rey. Y es eso lo que legitima a la Corona: "Al rey, la hacienda y la vida / se han de dar, pero el honor / es patrimonio del alma / y el alma sólo es de Dios". En esos versos se encierra la dignidad de los humildes, el serio honor de la España antigua, incluso bajo la monarquía absoluta. Por encima del rey está el "Rey del Cielo", de Juana de Arco, hacedora de reinos pero bajo el Rey de reyes.

Viene todo esto a cuento de la visita a Barcelona del Príncipe de Asturias, que ha vuelto a demostrar hasta qué punto la Corona -el que la ostenta y el llamado a heredarla- ha perdido el respeto a los españoles, con el resultado previsible: que los españoles les pierdan el respeto a ellos y a la institución que los trasciende. El pueblo no suele ser perecedero; la Corona, sí. Pero es achaque común en reyes y en familias reales creerse por encima de "los que viben por sus manos", según la grafía original de las Coplas. De tanto encimarse vienen tantas caídas. De tan estúpida y vil presunción se ha alimentado siempre la revolución.

Por esa condición mágica de la Monarquía, desde que España empezó a dar muestras claras de irse a pique, exactamente desde el 11 de marzo de 2004, hemos mantenido la esperanza de que el Príncipe no sería como el Rey, sino como nosotros hubiéramos querido que fuera. Su forma de comportarse en público, los signos de educada atención que prodigaba, la forma seria en que leía sus discursos, alimentaba ese deseo de cambio dentro de la continuidad dinástica. Por regla general y aunque España se haya saltado alguna vez esa regla, las naciones quieren durar, de ahí que prefieran los cambios desde dentro, las reformas acordadas sobre las rupturas forzadas. Sin embargo, cuando la esperanza de cambio se pierde, cuando la reconsideración de comportamientos inaceptables se muestra imposible, el régimen político está condenado a una corrupción ilimitada o a una inseguridad irreversible. En España, es de temer que a ambas cosas.

Cabría decir que el Príncipe se ha limitado a hacer en Barcelona lo que habría hecho el rey, este año y los casi cuarenta que lleva en el trono: se ha reunido con los separatistas de CiU, que desde 1980 han construido un Estado catalán dentro y contra el Estado Español; ha sido afrentado por Mas como el Rey por Pujol en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1992; y ha cenado en casa del Conde de Godó, principal propagandista en su periódico del separatismo y en su cadena de radio del odio a España, además de dos docenas de empresarios que hacen negocios en Barcelona y Madrid y que como grupo de presión tienen el imaginativo título de Puente Aéreo. A los españoles de Cataluña, a los que allí defienden nuestra nación y nuestra dignidad como ciudadanos, no los ha querido ver ni en pintura.

Se nos dirá que es el Rey y no el Príncipe el que ha hecho Grande de España a Godó, en vez de desposeerle de títulos y honores, como hubiera hecho cualquier rey de Aragón y de España con un noble sedicioso. Pero sin caer en la añoranza de honores pretéritos, ha habido en este viaje del Príncipe aspectos que van más allá de su semejanza con cualquier viaje sonrojante del rey, por ejemplo el de la inauguración de la Torre Agbar mientras tenía lugar la OPA sobre Endesa de Gas Natural, tan de La Caixa como el fálico edificio. Y no me refiero sólo a su desafortunada reacción ante la ofensa del empresario, jocosamente bautizado empresicario, de Mas, al que éste, Puig y Xavier Trías saludaron alegres y su jefe de protocolo abrazó emocionado. A éstos es a los que debería haberse vuelto y a los que debería haber plantado.

Uno de esos aspectos poco reseñados en este viaje a ninguna parte del Príncipe es la forma en que se ha ocultado a la Princesa de Asturias, tan exagerada que ha recordado las ausencias de la Reina en tantos viajes del Rey a Barcelona, como si Letizia pudiera encontrarse con alguna querida del Príncipe en cualquier pasillo de hospital o en el tijeretazo a alguna cinta inaugural de algo. El plan de la Zarzuela para separar a los Príncipes como paso previo –en mi opinión, burdo señuelo- a la abdicación, parece, pues, más vivo que nunca, con la extrañísima anuencia de Felipe… y de Letizia.

Otro aspecto, el más publicitado, es el de la foto del Príncipe en casa de Godó, junto al sedicioso anfitrión -que lo mira torcidamente desde abajo, como esperando el rayo que lo parta o maquinando alguna forma de derribarlo- y también junto a algunos imputados en suntuosos delitos económicos de ayer y hoy, desde KIO a Bankia pasando por las preferentes y sin olvidar Antena 3. O sea, que de imagen de regeneración, nada y en Cataluña, menos. Y el tercer aspecto, apenas señalado por nadie y, en mi opinión, el más grave de todos, abunda en esa voluntad de apoltronamiento que demuestra la foto de famiglia. Y es que en Barcelona supimos que el Príncipe y Letizia seguirán tratando imputados de tronío en un próximo viaje a Grecia con la Reina y las infantas –el Rey, ni se molesta en ir- para un homenaje al Rey Pablo. En rigor, para un homenaje que la familia real se rinde a sí misma por vía materna, soporte incondicional de los Urdanga, aunque ahora prescindan del Duque de Empalma e incorporen al equipaje del Heredero a Su Imputadísima Alteza Doña Cristina de Nóos y Aizóon.

Si a estas alturas el Príncipe no ha entendido que el deterioro de la imagen de la Corona proviene de la evidencia del zafio latrocinio y del burdo empeño del Rey en una impunidad tan grosera como ofensiva para el honor de los españoles, es que no ha entendido nada. Y si cree que haciendo lo mismo que su padre, es decir, cohabitando con la corrupción y dando la espalda a la nación –por ejemplo, a esos padres que en Cataluña no pueden escolarizar a sus hijos en español- va a heredar pronto y va a tener algo que heredar, aviado va. Para "los que viven por sus manos" empieza a ser como aquellos reyes de León que "vivían en Babia", frase eufónica y arrojadiza cuyo significado resume así Iribarren:

"Ordoños, Ramiros, Alfonsos y Fernandos se encerraban en Babia muchas veces, huyendo de las intrigas de la Corte y de las ambiciones de nobles y prelados empeñados en instaurar la modalidad feudal. A veces los fieles súbditos leoneses echaban de menos a su monarca ausente, mientras las intrigas repetían: 'El rey está en Babia' y con esto daban a entender que Su Alteza no quería saber nada de nada. Desde entonces, 'estar en Babia' se dice de un estado psicológico que está entre el 'dolce far niente' y el 'no quiero saber nada'".

Temo que el Príncipe quiere saberlo todo pero no enterarse de nada. Y eso es tan difícil, por no decir imposible, como que la Nación corone a quien da la espalda a la Nación.

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