El Grito de Murcia

Federico Jiménez Losantos
Aunque pareciera abrumado por el unánime gemido del gentío en Murcia (“¡Tienes que seguir! ¡Tienes que seguir!”), Aznar estará satisfechísimo: aún no se ha ido y ya le echan de menos. Pero como su decisión —saludable para España, no para la democracia interna del PP— es fruto de un cálculo inteligente y frío, no creo que vaya a arrepentirse. Antes al contrario: ha visto y promovido los suficientes naufragios, eclipses y desapariciones en la política española como para saber que las cañas se tornan lanzas de un
día para otro y los amores eternos llegan con mucha dificultad a la semana. Como se va, le piden que se quede. Si se quedase, medio partido diría que tiene que irse. Es ley de vida, genéticamente programada en la especie humana cuando entra en política, que sólo pueden ignorar los incautos y los pánfilos. Y Aznar no es ninguna de las dos cosas.

Probablemente, lo que parodiando los pronunciamientos y “gritos” del XIX podríamos llamar “El grito de Murcia” será el estribillo de la campaña electoral en toda España. Al humano reconocimiento al líder se une la zozobra profesional del cargo público del PP, que la delicada coyuntura nacional y lo sombrío de las encuestas de intención de voto convierten en tembleque explicable y aprensión justificada. Sin embargo, la suerte está echada, y salvo catástrofe mayor, nada alterará el decurso normal de una campaña en la que nadie puede predecir los resultados. Hasta el último voto puede ser decisivo. Para el futuro de la nación y, sin duda, para el futuro de Aznar.

Ese abrazo de la militancia con su líder augura que la sucesión será todavía más personalista de lo previsto por Aznar, que ya es decir. Lo dramático de la guerra de Irak, o sea, la tremebunda dramatización guerracivilista que de ella ha hecho la Izquierda han puesto estos comicios tan caros que no caben medias tintas: si el PP salva los muebles, Aznar dirigirá la sucesión a su antojo, tanto la candidatura como el calendario; si el PP se hunde, la sucesión programada se irá también a pique y ese Aznar al que en Murcia todos le imploran que siga se convertirá en el lastre que a toda prisa debe arrojar por la borda el partido para sobrevivir en las
elecciones generales de marzo del 2003. En realidad, toda la carrera política de Aznar funciona bajo esa aparente contradicción entre un temperamento ferozmente conservador y unas circunstancias casi revolucionarias, en parte provocadas por el propio Aznar y en parte por el imprevisible decurso de los acontecimientos. Aznar no declaró él solo la guerra a Sadam Husein, pero sí se metió entre los que la declararon. Los réditos personales y nacionales de esa apuesta son, sin duda, extraordinarios, pero las consecuencias nacionales pueden ser catastróficas. Afán aventurero, pulsión suicida, prurito torero, empeño en retar al destino y probarse a sí mismo son constantes en la larga y fructífera carrera del presidente del Gobierno. Y Aznar va ser fiel a su estilo engañosamente calmado y sosegadamente convulso hasta el final. Que la salida prevista por él hace un par de años sea realmente punto final, punto y aparte, punto y seguido o puntos suspensivos dependerá casi exclusivamente del albur electoral el próximo 25 de mayo. ¡Qué difícil nos lo pone siempre este hombre!

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